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Barcelona

El Barça y los matices

No es el buen juego lo que está caracterizando al Barça este año: es la competitividad y la seriedad.

Nos encontramos en un momento de la vida y de la temporada en el que podríamos decir cualquier cosa sobre el FC Barcelona y tendríamos razón. Cabe afirmar que el equipo va bien y que no está bien al mismo tiempo, sin caer en el oxímoron. Es extraño. Hace falta profundizar algo y fijarse en los matices para decantarnos por una verdad u otra, pero suele dar pereza, así que acudimos a los titulares de los medios deportivos habituales para buscar el que nos dé la razón y nos haga sentir bien. Sin ánimo de contradecir o siquiera distraer el onanismo mental (todo es un arriba-abajo alternante) al que somos sometidos por los medios más sensacionalistas o extremistas, la pausa y pensar ALACONTRA nos puede ayudar a no ser tomados por superficiales.

Lo que le pasa al Barça no ha cambiado un ápice desde el inicio de la temporada, lo que ha mutado es el punto de vista desde el que evaluamos su rendimiento. Cuestión de matices.

Ante la dolorosa y trascendental marcha de Neymar, el equipo se entregó a su entrenador, que ha promovido algo ligeramente contracultural en tierra del Cruyffismo. Ha asegurado una base sólida, poco brillante en general, muy efectiva y entregada a los no solo chispazos, sino constantes rayos de luz de su genio: Messi. Nos ponemos de pie.

Un equipo falto de autoestima, débil mentalmente y vulnerable en el mes de agosto fue adquiriendo seguridad a base de resultados, no es mala manera, puesto que, con suerte incluso, ganó todo lo que había de ganar. Ocasionales empates en campos difíciles (Metropolitano, Mestalla) no manchaban la marcha del equipo, líder destacado en la Liga desde las primeras jornadas. El menguante desempeño del Real Madrid, ogro oficial, no hizo más que afianzar la confianza del equipo en su devenir.

Con la lesión del hasta entonces fichaje estrella, Dembelé, se decantó un once tipo muy similar al de los últimos años, con la inclusión del jugador sustituto de Neymar, un puesto que Paulinho hizo suyo con convincentes actuaciones, más por goles y presencia ofensiva que por buen pie y conocimiento táctico. El brasileño sólo sabe hacer una cosa y la hace muy bien: ser vertical, tanto para el desmarque y llegada, muy productivo (8 goles en liga) como para la presión adelantada fanática que ha recuperado el equipo. Este puesto de jugador número 11 fue bailando, en todo caso, con la inclusión de un Deulofeu más motivado que acertado y de un Aleix o André Gomes de los que lo mejor que se puede decir es que son sumamente desconcertantes.

En todo caso, el equipo era solvente, había ganado fondo de banquillo, se producían rotaciones que no afectaban al buen desempeño y, sobre todo, no necesariamente tenía que jugar con extremos y 1-4-3-3, sino que casi siempre se desplegaba en un algo flexible 1-4-4-2. Y no se cayó el estadio, como parecían augurar algunos profetas del cómo por encima del qué. Aquí el que lo tenía claro era el entrenador, mal que le pese a muchos.

El Barça ha sido siempre grande, pero ha tocado el cielo cuando más caso ha hecho a Johan. Primero Luis Enrique con su tridente y sus transiciones y ahora Valverde con su riqueza táctica lo han emancipado ligeramente de esa rigidez, que a veces ha sido contraproducente en Can Barça. Atender a las declaraciones habituales de Xavi nos confirma el integrismo en la fe del Juego de Posición. Sin negar su utilidad y preeminencia, es el idioma o ADN Barça y siempre será así, son los matices los que lo hacen mejorar. Siempre se debe (r)evolucionar, y sin esta evolución el Barça quedaría estancado en paraísos pasados y perdidos.

La última jornada del año pasado, con repaso triunfal en el Bernabéu, no hacía sino refrendar la idea del buen camino hallado, que llevaría al próximo triplete, sextete o nonete si lo hubiera.

Onanismo, de nuevo.

¿Qué ha pasado? En un enero cargado de partidos, muchos con un gran impacto emocional (Polémico derby barcelonés en Copa y Liga) o físico (Valencia, Celta) y contando el desgaste propio de las eliminatorias, el equipo ha parecido ser reducido a su esqueleto: siempre juegan los mismos. Se ha ensanchado la brecha entre titulares y suplentes, el entrenador se ha entregado por ahora a los primeros, puesto que le garantizaban prestaciones y resultados, y estos parecen estar ligeramente sobreutilizados, con poca frescura física y mental. El regreso a la Champions contra un rival que es prácticamente la antítesis del Barça, el Chelsea, que es efectivamente la visita al dentista para el equipo culé, no ha hecho sino ahondar en estas sensaciones.

La poca utilización de Coutinho, recién fichado, y Dembelé, ya recuperado, hay que apuntársela a Valverde, confiando en su mesura y buen juicio: es difícil subirlos a un tren en marcha. Dembelé parece asustado, es un jugador que dará mucho al Barça, pero no da la sensación de que lo vaya a hacer a corto plazo. Coutinho parece más dotado y maduro, es un jugador contrastado, de calidad superior, pero no ha encontrado su sitio todavía, en parte porque el hueco libre lo condena a la derecha del mediocampo, en parte porque el jugador al que ha venido a sustituir a corto plazo en el interior izquierdo, Iniesta, ha decidido volver a abrir un frasco de perfume que parecía acabarse y está dando recitales continuos, dando cita a medio plazo a ese reemplazo. En todo caso, en estas tres semanas que quedan hasta la vuelta de la Champions ambos apuntan a jugar más que hasta ahora. Es el momento de que la unidad B que tan bien funcionó en otoño se desempolve en invierno. De su comportamiento dependerá el éxito final del equipo esta temporada.

Así pues, efectivamente el Barça no está fresco, pero está bien: líder destacado en la liga, pendiente del partido contra el Atlético en casa para finiquitarla, sin notar por lejanía clasificatoria el aliento de la enésima resurrección del Real Madrid en la nuca (¿más onanismo?) y con la eliminatoria de Champions encarrilada dentro de la dificultad que todavía entraña. No se puede minimizar todo esto argumentando que no juega bien, puesto que no es precisamente el buen juego lo que lo ha caracterizado este año: es la competitividad y la seriedad. Y es que parece por parte de propios y ajenos que el Barça sólo puede ser alegre. Al final parece que todos hacen caso a Xavi. Cuando conviene, claro. Matices.

El equipo, en fin, sólo ha perdido un partido (y en una eliminatoria de Copa que superó) desde la famosa Supercopa veraniega, es difícil de creer pero un dato a recordar. Otro motivo para la felicidad barcelonista es ver como el Madrid y el PSG se hacen daño, uno de los dos caerá y eso solo puede ser bueno para el culé.

El único que no se ha movido de su sitio ha sido Ernesto Valverde, que siempre ha parecido tener un diagnóstico y un plan consiguiente. Y que no ha cambiado de cara en todos estos meses: sabe que todo cuesta y seguirá costando. Contunuará trabajando para tener éxito con el esfuerzo tatuado en la mente. Para un entrenador que se ha enfrentado a los dos problemas más importantes del FC Barcelona en los últimos años, la pérdida de Neymar y la triste jornada del 1 de octubre sin perder la compostura, el hecho de que el equipo haya decaído un tanto por exceso de carga, a la espera de las empresas y fechas definitivas de la temporada, no le hará tirarse por un puente.

Escritor madrileño autor de los libros 'Cosas que he roto' y 'Cómo pudo nadie dejarte escapar' se incorpora a la familia de 'A la Contra' en calidad de barcelonista académico, como su hermano Marwan.

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