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Nadal, a las puertas de la veintena

Tan cargado de cicatrices como de copas habrá que agradecerle a Nadal que no se haya bajado de esta noria, que no se haya convertido en un Jay Gatsby en los veranos de Manacor

A los 19 ya le vimos llorar, como un niño, como lo que era entonces. A la edad a la que otros aterrizamos perdidos en la Universidad o nos terminamos de pelear con nosotros mismos ante el espejo, él ponía una ciudad a sus pies y empezaba a escribir su leyenda. Como si de un mosquetero de Dumas se tratara las batallas se han sucedido en París en folletines por entregas que ya suman 12 ediciones. Pero hace tiempo que la Ciudad de la Luz se le quedó pequeña y aquel grito «Uno para todos y todos para Nadal» que su box repite a cada punto se ha extendido por todo el planeta. La última vez en Nueva York, la ciudad que nunca duerme y a la que nadie cantó como Frank Sinatra, se estremeció anoche ante el D’Artagnan manacorí. 19 ‘Majors’ después le volvimos a ver llorar como un niño, haciendo buena la frase de Graham Greene: «En el fondo de nosotros mismos siempre tenemos la misma edad».

Y a los 33, Nadal sigue siendo Rafael, ese niño del que nos habló su tío Toni, cuando cincelaba el carácter del campeón entre fantasías y duros entrenamientos. Fue entonces, en la más tierna infancia, cuando el cerebro es una esponja con varios teras de almacenamiento, cuando Nadal aprendió una lección vital de las que te acompañan el resto de tus días: «La lucha se gana o se pierde lejos de los testigos, entre bambalinas, en el gimnasio o en la cancha, mucho antes de ponerse bajo los focos». La frase es obra de otro grande, Muhammad Ali, y no cuesta mucho imaginarse a Rafa repetirse algo parecido día a día, mientras pasaba el rastrillo por la pista o se machacaba en el gimnasio para recuperarse de una lesión. Más si se tiene en cuenta que Toni es un gran admirador de Cassius Clay.

Hay algo de boxeador en el alma de Nadal, capaz de encajar golpes y reponerse como pocos, de sobrevivir en las cuerdas y de escapar a un destino que todos en algún momento de sus partidos imaginamos trágico. El sufrimiento es parte del trayecto. Poco importa que le hayamos visto resurgir en cada envite, que haya provocado sonoros Knock Out a las raquetas más preparadas del circuito, que se haya inventado golpes o que se haya levantado de la lona cuando la bandera blanca parecía el atajo más sencillo. Anoche cuando Medvedev había hecho lo que parecía imposible, igualar el partido a dos sets, y la final se dirimía en la cornisa del quinto, recordé esa escena de El Rey León. Nadal era Mufasa aferrándose en el precipicio del partido mientras Daniil miraba desde la altura de su 1’98, como un Scar cualquiera, dispuesto a dictar sentencia. Rafa también reescribió ese cuento.

Lo lleva haciendo durante los últimos 14 años, en los que hemos envejecido junto a él, mientras veíamos cómo se poblaba su sala de trofeos y se despoblaba su privilegiada cabeza, epicentro de todos sus éxitos. Tan cargado de cicatrices como de copas habrá que agradecerle a Nadal que no se haya bajado de esta noria, que no se haya perdido en su Mediterráneo querido para pescar o que no se haya convertido en un Jay Gatsby en los veranos de Manacor. Tendría derecho a ello, después de ganarlo todo varias veces, después de haber superado hasta sus propias expectativas. Solo esa pasión desaforada por la raqueta explican que Nadal siga jugando con el tiempo, retrasando el ocaso y estirando una juventud que ahora le plantea nuevos retos. El debate resulta ya imparable y no sería la primera vez que Nadal reescribe un final. La veintena está hoy un poquito más cerca y ya se sabe que a los 19 uno solo quiere comerse el mundo.

Las lágrimas de Nadal tras alcanzar los 19:

 

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