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Baloncesto

14-3-89: «La Snaidero se rinde a un Petrovic Monstruoso»

Fue la final de la extinta Recopa de Europa y la implosión y muerte anunciada del fabuloso proyecto de Mendoza. ‘Hubris y Némesis’, ‘Soberbia y Perdición’.

Entre la oscuridad y desde un océano de décadas, emerge el espectro de aquel vuelo chárter de regreso Atenas-Madrid: Drazen Petrovic entraba en directo con José María García, de madrugada, sobre los cielos del Mediterráneo y desde la cabina del piloto. Hablaba Drazen casi al mismo tiempo que Ramón Mendoza decía, en el primer asiento del avión: «Este tío, Drazen, va a ser para el Real Madrid y para el baloncesto español lo mismo que Alfredo Di Stéfano fue para el Madrid y para el fútbol». Y todo eso ocurría muy pocas horas después de la mejor final de la historia del baloncesto europeo, cerrada el 14 de marzo de 1989, en el Palacio de La Paz y La Amistad, en El Pireo de Atenas, con 117-113 para el Real Madrid sobre la Snaidero o Juventus Caserta, después de prórroga. Hace 29 años exactos. ‘La Snaidero sólo se rinde a un Petrovic monstruoso’, tituló La Gazzetta dello Sport.

Fue la final 1988-89 de la extinta Recopa de Europa (la competición desaparecería como Recopa en 1991, y definitivamente en 2002): y certificó, a la vez, el segundo título del Real Madrid en esa Copa europea… y la implosión y muerte anunciada de aquel fabuloso proyecto de Mendoza. Hubris y Némesis, Soberbia y Perdición: menos de seis meses después, el Real de Mendoza había perdido la Liga de Petrovic ante el Barça de Aíto, con 3-2 para el Barça tras un durísimo playoff final marcado por el imborrable quinto partido de Neyro —el árbitro bilbaíno Juanjo Neyro, fallecido en 2008—… y Petrovic se había fugado a los Portland TrailBlazers de la NBA, de la mano de su nuevo agente, Warren Legarie. Antes del final de ese año, el 3 de diciembre de 1989, Fernando Martín Espina se topaba con la muerte a bordo de un espléndido Lancia-Thema y en una curva cerrada de la M-30. Para cuando 1990 amaneció, la soñada Armada Invencible del baloncesto de RM, Ramón Mendoza (que ya había atado —para nada— en esos meses de 1989 el fichaje de Sasha Volkov, la estrella ucraniana de la Unión Soviética), había estallado en rescoldos llameantes.

Pero la final de Atenas —que se retrasó unos minutos por un apagón masivo en toda la capital— fue una locura, una bendición… y el comienzo de la maldición para el RM de RM. En 45 minutos en pista, Petrovic anotó 62 puntos a la llamada JuveCaserta del excelente técnico Franco Marcelletti, con 18/30 en tiros de campo (8/16 en triples), 14/15 desde la personal… y solo una asistencia. Desde la trinchera casertina respondía a Drazen nada menos que el fusil de gran calibre del francotirador brasileño Oscar Schmidt Bezerra, Il Capocannoniero del Caserta… y de la Lega italiana, cuya anotación 88-89 iba a dominar con una media de 35,6 puntos por partido (37,4 en 1987-88). Y en punta de la ACB 88-89: Petrovic facturó una media de 28,7: 1.033 puntos en 36 partidos.

En 1987, y con Brasil, Oscar había sentenciado a EE UU en la final de los Panamericanos, en Indianápolis: 115-120 para Brasil, con 46 puntos de Schmidt (7/15 en triples) en el Market Square Arena de Indy… y 31 tantos de Marcel da Souza para apuntillar a los estadounidenses de Denny Crum: El Almirante David Robinson, Rex Chapman, Danny Manning… el oro canarinho de Indianápolis resultó ser, a la vez, la primera derrota de EE UU en baloncesto en su pista, en competición oficial, y un preludio del descalabro de los universitarios USA en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988… que abrió la puerta al Dream Team.

Ficha del partido.

Aquella tarde hechizada por los dioses en El Pireo ateniense, Mano Santa Oscar, el cañonero brasileño de Natal, Rio Grande do Norte, produjo 44 puntos para la Snaidero Caserta de su patrón Giovanni Maggiò —el Palazzo de Caserta es el Palamaggiò, aún hoy—, en una serie de 11/30 en tiros de campo (6/11 en triples)… y 16/17 en tiros libres. A falta de ocho segundos para los 40 minutos reglamentarios, con empate a 102 tras monumental triple de Oscar sobre Pep Cargol, a sólo metros de quien aquí firma… Petrovic, que mutaba de Mozart en Diablo, estuvo cerca de mandar la Recopa a Caserta al perder un balón criminal en el postrero ataque agónico del Real tras el 102-102. La pérdida de Petrovic, que entregó la pelota a Sandro Sandrokan Dell’Agnello, se tradujo —via pase de Vincenzo Esposito— en un tiro desesperado de tres para Ferdinando Gentile, sobre la mismísima sirena. Nando Gentile (34 puntos, 12/23 en tiros de campo, 5/10 en triples, algunos desde media pista) casi no pudo release o soltar el balón… pero, al límite del tiempo, sí se encontró con una falta clarísima de Chechu Biriukov, que de hecho llegó a señalar el árbitro principal, el afamado griego Kostas Rigas. En el corazón de la tensión, y entre miradas homicidas de Fernando Martín a Petrovic, (autor de 12 de los 14 últimos puntos del Madrid en el tiempo reglamentario), el experto Rigas se fue a consultar con la mesa… y anuló la falta del productivo Biriukov (20 puntos, 7/11 en tiros, 4/5 en triples), que conllevaba tres tiros: pero esa falta a Gentile de José Biriukov Aguirregabiría, de la Escuela Moscovita Trinta, hijo de un taxista de Moscú y de una niña vasca de la Guerra… había caído fuera del minuto 40. La maldición se mudaba a Caserta. En la prórroga, Drazen Petrovic volvió a actuar con la batuta y la peluca empolvada de Mozart, dejó el Ojo del Diablo bajo la piel… y facturó 11 de los 15 tantos madridistas en la prolongación: 117-113. Pero…

El asombroso, inolvidable partido, el duelo a muerte del Diablo croata de Sibenik contra la Mano Santa brasileña (el antebrazo de Oscar era durísimo, como una pieza de obús, como la pared de un búnker: «es de tanto tirar de lejos», juraba Schmidt)… había producido al fin el récord de anotación colectiva en una final europea —230 puntos, 117+113—, no superado hasta ahora. Y además, la plusmarca individual de anotación, esos 62 puntos de Petrovic a los que nadie se volvió a acercar en una final europea. Pero el Real Madrid de Lolo Sainz, que dominaba por 60-57 en el descanso y por 85-73 al paso por el minuto 28… había entrado en cortocircuito ante el despliegue de zonas que le había ido proponiendo el dinámico Marcelletti (3-2, 2-3, 1-3-1 presionante, de todo hubo)… y que Petrovic había sido incapaz de descifrar.

 

«Drazen sólo sabía jugar de una manera: si la gente no lo recuerda, yo… sí. Él también fallaba mogollón, jugaba sólo de esa manera, ‘yo hago, yo entro, yo tiro, yo meto… que al principio te podía destrozar, pero que luego le cogían el truco, como ya se lo habían sabido ver en la Liga de Yugoslavia, y no encajaba con Fernando Martín, que nos equilibraba dentro de la zona y era otro ego… importante», iba a recordar tiempo después el propio Birukov, hoy distinguido restaurador (Birukov Bistro). Ya habían pasado bastantes años desde aquel Día de Cañoneros en El Pireo. En realidad, y como señalaría en su momento Lolo Sainz, el juego de Petrovic conectaba mejor, en estático y en transición con… Antonio Martín.

«Ha sido el mejor partido de mi vida», transcribió El País como palabras de Petrovic, allí mismo, en la pista de La Paz y La Amistad (?). Luego, el calculador croata —al que uno llegó a llevar dólares en Zagreb, en 1987…— matizó las cosas con palabras muy sibilinas, entre líneas, tan seguro de sí mismo como siempre fue: «No sé si este ha sido mi mejor partido, pero lo único que me importa aquí es el triunfo. Biriukov y Johnny Rogers (7/10 en tiros de campo, 14 puntos en Atenas luego ojeador en la NBA) han ayudado mucho al equipo con su fenomenal comienzo. El último balón lo perdí porque dudé si entrar a canasta o pasar a Biriukov. Todos han visto que la prórroga la jugué sin que esa pérdida afectara para nada a mi juego».

Cuando quería ser oído, Petrovic decía que admiraba mucho a… Magic Johnson. Pero, fuera de bambalinas, era un autodidacta feroz, un enfermo del baloncesto al que Clifford Luyk abría a las 09:00 de la mañana el Pabellón de la Ciudad Deportiva para lanzar un millar de tiros. Drazen era tan enfermo del triunfo y del éxito personal, que en 1985 había llegado a crucificar con 112 puntos a los juniors de Liubliana —los séniors no tenían licencia— y también se sabía hasta el nombre de los directivos polacos de FIBA que habían cincelado y donado el pequeño Trofeo de la Recopa. Cierto: el Mozart del baloncesto europeo era un demonio de rizos ensortijados.

«Drazen Petrovic vino a España a base de sobornar y corromper», recordaría en AS, en 2014, el representante que trajo a Drazen a España: José Antonio Arízaga. Petrovic venía inicialmente para el Barça que gestionaba en básquet Salvador Alemany. Y ya había un preacuerdo en marcha y activado, cuando a Alejandro Aíto García Reneses le echó para atrás «la individualidad absorbente del jugador», en palabras del propio Arízaga.

Pero todo el proyecto del Real Madrid de Petrovic y todo el sueño de Mendoza no fueron más allá de la misma caseta de El Pireo, donde al fin de todo, la tensión se coronó con una tensa, gruesa discusión entre Petrovic y el propio Fernando Martín, gran boss del vestuario blanco tras su regreso de Portland y de la NBA 1986-87. En la finalísima de Atenas, Fernando se había detenido en 11 puntos (5/12 en tiros de campo, 1/5 en libres) y seis capturas, máximo reboteador madridista. La consigna de Fernando Martín pasaba porque el Real de Sainz tenía que jugar «en equipo».

«Y aquí, jugar en equipo y jugar en equilibrio significa que hay que contar con los pívots, que son todos internacionales y están para eso. Otra cosa rompe el equilibrio», remataba en sus conciliábulos el ceñudo Martín, que en esos Días del Trueno también recordaba: «Que yo critique la forma de jugar de Drazen no tiene que parecer anormal a nadie… la gente debería haber oído las cosas que nos llegábamos a decir Juanito Corbalán y yo, o Juanito con Mirza Delibasic, o Mirza con Wayne Brabender».

Fuera como fuese, ahí hizo implosión el RM de RM y DP y FM. El Real Madrid de Ramón Mendoza, Drazen Petrovic y Fernando Martín, una especia de Nave de los Sueños que se fue al fondo… como si fuera el mismísimo Titanic. En Atenas, desde su base del Hotel Hilton al Puerto de El Pireo, este transatlántico de RM se topó con su Destino o con su iceberg. El ambiente de ese avión de vuelta a Madrid ya era sombrío, sin la menor fiesta y con los jugadores desperdigados en pequeñas conspiraciones. En el invierno de 1988 a 89, el bloque liderado por Fernando Martín y que agrupaba a los grandes pesos del equipo había conseguido vetar a Mendoza el fichaje del gran intimidador croata Stojan Vrankovic (2,17, luego a la NBA), que habían cerrado materialmente con el Zadar —adelanto incluido de 20.000 dólares— entre Pedro Ferrándiz y el propio Mendoza: era para que Vrankovic diera escolta a Petrovic.

Ferrándiz y Mendoza perdieron esa batalla, con Petrovic como víctima colateral. Menos de un mes después de lo de Atenas, el 8-4-89, el Barcelona de Aíto (el e-qui-po…) venció por 87-95 al Real Madrid en el Palacio de Deportes de Goya. Fue después de cinco triunfos madridistas en esa temporada, final de Copa incluida (la Liga se jugaba en dos fases antes de los playoffs), cinco éxitos en serie que el 18-2-89 (87-94, Real Madrid) habían llevado a Petrovic a sacar una manita a Aíto en pleno túnel del Palau Blaugrana, gritando esto: «5-0, 5-0, Aíto, maricón». Esto lo puede relatar así quien vio y escuchó aquello. Yo, por ejemplo.

Después de la Final de la Recopa y de El Pireo, el Madrid fue otro. Otros fueron Fernando Martín y, sobre todo, un Petrovic que cerró la bolsa de su iniciativa y agresividad… porque no quería problemas y porque ya había empezado a recibir mensajes de los Blazers, que le habían ojeado en Atenas con su scout Morris Bucky Buckwalter… y con quien ya negociaba Warren Legarie, nuevo agente del croata en relevo de Arízaga. Ni siquiera un brillante Porsche rojo —que utilizaron, entre otros, Neven Spahija, gran amigo de Drazen, y después George Karl y Quique Villalobos— sacaba a Petrovic de su aparente atonía… que escondía una determinación férrea: irse a la NBA y olvidarse de España, de Madrid, de su problema de concepto y egos con Fernando Martín, del Barcelona, de Aíto, etc. Como en una traducción anticipada de los apuntes de Chechu Biriukov, el Barça descifró el juego de Petrovic, Aíto leyó sus intenciones, y pasó a atacar frontalmente al Madrid de Lolo desde la organizada catedral de su juego interior, liderado nada menos que por Audie Norris… con Steve Trumbo y Granville Waiters listos para el apoyo a Norris en el trabajo sucio.

En el perímetro, Aíto utilizaba munición perforante: Epi, Sibilio, Solozábal y Andrés Jiménez. En el partido del 8-4-89 en el Palacio, con el 87-95 que devolvió al Barça el liderazgo y la ventaja del campo en la fase regular, ya de cara al playoff final, los tres pívots del Barça desbordaron a los madridistas por un abrumador 40-15 en anotación (Trumbo, 15; Norris, 13; Waiters, 12). En el Madrid, hubo siete puntos para Romay, seis para Antonio Martín… y dos para Fernando Martín, con 25 para Petrovic y 26 para Birukov en ese partido vital… que devolvió al Barça (dominador en rebotes, 27-25) la ventaja del campo tras aquel 0-5 inicial para el Madrid que Drazen Petrovic recordó en los insultos a Aíto del túnel del Palau Blaugrana, el 18 de febrero de ese mismo año 1989.

Al fin, la Liga de Petrovic se esfumó en las manos de Neyro (herido por ciertos insultos directos anteriores a pie de pista en el Palacio) y del e-qui-po del franciscano Aíto, en el Palau Blaugrana: el 25-5-1989, con el 96-85 definitivo para el Barça (3-2 en el total de la final), y con todo el quinteto titular del Madrid sentado. Juanjo Neyro y Paco Monjas, dúo arbitral, decretaron 40 faltas personales contra el Real Madrid… y 20 contra el Barça: la mitad exacta. Lolo Sainz perdió por cinco faltas a… Petrovic (14 puntos, con un infame —para él— 4/11 en tiros de campo), Fernando y Antonio Martín, Rogers, Cargol y Biriukov, que, con 23 tantos (por 21 para Norris y Jiménez), fue el máximo anotador de ese partido final de Petrovic en la Liga española. Lolo Sainz también dijo adiós esa noche de Neyro al banquillo del Real Madrid…

En tres o cuatro semanas más, Petrovic y Legarie cerraron la negociación con los Blazers (4,4 millones de dólares por tres años, 530 millones de pesetas de aquel tiempo, más del doble de lo que Drazen ganaba en Madrid), después de que el propio Drazen preguntara al propio Fernando Martín cómo y cuántos eran los impuestos que se pagaban en el Estado de Oregón. El 15 de agosto de 1989, Petrovic no se presentó a los reconocimientos de la plantilla madridista, ya a las órdenes de George Karl. El 16, junto a Renata —su novia de entonces— y una docena de maletas, Drazen emprendió viaje a Portland con American Airlines, desde Madrid y vía Dallas. Esos días, Fernando Martín dijo a Biriukov: «Este tío se ha fugado a Portland; se ha escapado, seguro». Ahí, Fernando recordaba nítidamente las preguntas que Drazen le había hecho sobre los impuestos oregonianos.

Ya en Portland, en su alojamiento del Hotel Red Lion Lloyd Inn, el 17 de agosto, Petrovic, destapó todas las máscaras: «Tengo muchas ganas de jugar en la NBA y es el momento idóneo. No se trata de dinero. O doy el salto ahora o no lo doy nunca, quiero jugar en la NBA por encima de todo. Portland me ha ofrecido tres años de contrato y tiene un solo base en la plantilla (Terry Porter), con lo que en el primer año, y a poco que tenga suerte, voy a jugar un mínimo de 25-30 minutos por partido. El año que viene puede ser demasiado tarde, ya he dicho lo que tenía que decir y debo esperar a que se desarrollen los acontecimientos, pero creo que voy a jugar en Portland y que mi etapa en Madrid ha terminado». Mendoza y el Real Madrid se quejaron a la NBA, Pedro Ferrándiz viajó para negociar con los americanos y hubo una vista judicial en el Juzgado de Multnomah County, en Portland, dirigida por un juez que era abonado de los Blazers.

Al fin, dada la determinación de Drazen y para ahorrarse conflictos, el Real Madrid aceptó una buena compensación de los Blazers —1.500.000 dólares, se dijo— y prefirió cortar por lo sano. En su primera temporada con los Blazers del riguroso Rick Adelman, que no le daba el balón y quería hacerle defender, Petrovic debutó con un triple ante Sacramento Kings pero sólo promedió 12,6 minutos por partido, que bajaron a 7,4 en 1990-91, cuando Drazen pidió el traspaso a los New Jersey Nets. Allí le iría muy bien, con Chuck Daly. El 3 de diciembre de ese mismo 1989, Fernando Martín murió en la M-30. Petrovic —no: no fue «otro Di Stéfano»—…- no llegaría a sobrevivir a FM ni cuatro años: le llegaría su hora en otro accidente de tráfico, el 7-6-1993, en una autopista alemana, cerca de Ingolstadt (Baviera), en un infortunio con un camión, dentro de un coche que conducía su novia de entonces, la modelo Klara Szalantzy… que luego se casó con el futbolista y directivo alemán Oliver Bierhoff. Pero todo eso ya fue otra historia. La nuestra se resume en dos palabras: Hubris y Némesis.

Un periodista enciclopédico que conoce el deporte de alta competición como pocos. Sus crónicas de tenis, NBA, boxeo e incluso fútbol, en su versión más sevillana, han glosado páginas históricas en El Mundo y el diario AS durante las últimas décadas. Un yankee nacido en Coria del Río que igual entrevista a Kobe Bryant que visita a Joe Frazier o conversa con Rafael Nadal. Un periodista 24 horas al día.

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