Con la Constitución de 1978 nació el deporte en color | Emmanuel Ramiro
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Stielike, Sol, Miguel Ángel, Benito, San José y Pirri; Juanito, Del Bosque, Santillana, Wolff y Jensen - Campeón de la Liga, con Luis Molowny de entrenador
Stielike, Sol, Miguel Ángel, Benito, San José y Pirri; Juanito, Del Bosque, Santillana, Wolff y Jensen. El Real Madrid ganó la Liga 78-79 con Luis Molowny de entrenador.

Historia

Con la Constitución de 1978 nació el deporte en color

Hace 40 años se puso la primera piedra de todos los éxitos deportivos que vinieron después. Fue testimonial, pero aquel artículo 43.3 abrió un nuevo tiempo.

Los poderes públicos fomentarán la educación sanitaria, la educación física y el deporte. Asimismo, facilitarán la adecuada utilización del ocio”.

Aquel 6 de diciembre también se marcó un gol. Fue en el partido de vuelta y no hizo falta llegar al minuto 90 para conseguir la victoria. El referéndum de la Constitución Española se ratificó ese día con una goleada del 87% de los votos a favor, después de que en el partido de ida, disputado en el Congreso de los Diputados también se hubiera impuesto el Sí. La fecha lleva marcada en rojo 40 años en la historia de nuestro país y aunque muchos no lo sepan el deporte empezó a teñirse de color tras una época en blanco y negro. Los padres de la Constitución, Gabriel Cisneros, Gregorio Peces Barba, Miquel Roca y compañía le hicieron un hueco a una de las patas que posteriormente más ayudaría en la remodelación y modernización del país. Gran parte de los éxitos deportivos que vendrían después tuvieron su germen en ese artículo 43.3 que encabeza este reportaje. Un viaje que cuatro décadas atrás nos muestra una fotografía sin filtros de cómo hemos cambiado.

Dentro de la Transición Española que los expertos sitúan entre 1975 con la muerte del dictador Francisco Franco y 1982 con la llegada a la Moncloa de Felipe González, el año 1978 supone el cogollo de ese período, uno de los momentos más fundamentales de nuestra historia contemporánea. Venimos de las primeras elecciones democráticas después de 40 años y la figura de Adolfo Suárez, líder de UCD y ganador de esos comicios que le convierten en Presidente del Gobierno, alcanza por entonces cuotas de popularidad y liderazgo que son un canto a la esperanza. Aire fresco tras décadas de habitaciones cerradas. Después de la solemnidad política e institucional que siguió a la muerte de Franco, la sociedad española empieza a experimentar una sensación de libertad que tiene su reflejo en el plano social y cultural. Gran parte de las influencias de la década de los 70 empiezan a llegar entonces a España, como anticipo del boom que supondrían los 80.

 


El deporte, olvidado y arrinconado


Ya en los primeros años de la segunda mitad del Siglo XX, el deporte empezaba a ser un espectáculo de masas, aislándose de lo minoritario y lo exclusivo para convertirse en un fenómeno cada vez más importante. La transición democrática estableció un nuevo marco de actuación que facilitó su generalización. Un paso más que permitió el crecimiento de otras especialidades más allá del fútbol. Porque el deporte se incorporó (o al menos eso se pretendía) dentro de los nuevos estilos de vida de la ciudadanía y para ello resultó clave la promoción y el fomento desde el sector público. Pese a esas intenciones y dando siempre prioridades a las cuestiones políticas, religiosas o económicas, durante los primeros años post-dictatoriales el deporte siguió ocupando un plano muy secundario, tal y como evidencia la parsimonia con la que se llevó a cabo la supresión de los organismos deportivos franquistas y se implementaron las nuevas políticas democratizadoras.

Para comprender mejor la realidad del deporte español previo a la llegada de la Constitución recordaremos que el presupuesto para el año 1976 superaba los 5.200 millones de pesetas, aunque su distribución poco o nada tenía que ver con la realidad deportiva del país, pues los millones se repartían entre unas cuantas federaciones que apenas estimulaban ni el deporte ni a sus deportistas. Así lo contaba la revista Don Balón en abril de 1976, bajo el inequívoco titular “Pelayo Ros debe ser cesado”. Pelayo Ros era el Delegado Nacional de Deportes (DND), el equivalente hoy al Consejo Superior de Deportes, y fue sustituido por Benito Castejón ese mismo verano. Este fue el verdadero protagonista de la democratización del deporte español.

Desde un principio, Castejón se mostró muy cercano a los planteamientos deportivos existentes en el contexto internacional, no le importó tomar ideas de modelos como el soviético, el cubano, el polaco o el estadounidense, algo que hoy puede parecer normal pero que entonces fue revolucionario. Asumió desde el inicio de su mandato lo que había sido una tónica general durante décadas: la inexistencia de un modelo propio de desarrollo del deporte español. Una deuda que los medios de comunicación sobre todo deportivos llevaban tiempo reclamando. Castejón fue considerado por muchos de ellos el “hombre puente” hacia la transición deportiva española, primero como máximo representante de la DND y posteriormente del Consejo Superior de Deportes (creado en agosto de 1977).

Castejón tuvo que lidiar también con la renovación en la presidencia de las diferentes federaciones deportivas nacionales que se produjeron entre 1976 y 1977. Un proceso que fue menos limpio de lo deseado y que contó con el intervencionismo de las antiguas estructuras del poder político. La crisis económica que afectaba al país también tuvo su reflejo en el presupuesto del CSD, lo que dificultó aún más su labor. En El Mundo Deportivo, el maestro Andrés Astruells calificaba la situación de “cuello de botella sin aparente salida”, ya que la realidad financiera del deporte español era en 1978 peor que tres años atrás. La devaluación de la peseta y la dependencia de la recaudación de las quinielas eran los motivos de este contraste. Hasta 1979 no dejó el deporte español de depender exclusivamente de las quinielas; ese año y tras ser incluido el deporte en la carta magna su presupuesto pasó a ser de 9.468 millones de pesetas.

 


La España de 1978


Por aquel entonces, y como consecuencia de este ecosistema, el deporte español no contaba ni con grandes campeones en deportes individuales ni con equipos de referencia. No obstante, los aires de cambio venían sintiéndose en nuestro país casi desde la llegada de dos tipos con mente abierta como Johan Cruyff al FC Barcelona o Paul Breitner al Real Madrid. Era en un intento no solo de subir el nivel de los clubes de fútbol, sino también de abrir nuestras fronteras a Europa. La sensación se extendía más allá del deporte y facilitaba que desde el fin de la censura se impulsaran nuevas publicaciones (El País, Interviú, etc.) y que el mundo del cine y la música se abrieran tras casi cuarenta años de férreo control. Estaba en pleno auge el destape, algo que el cine supo captar a la perfección con películas donde Pajares y Esteso, entre otros, hicieron su particular agosto. Esa fue nuestra peculiar manera de dar la bienvenida a las suecas, alemanas o británicas que acudían ante el reclamo de un país cada vez más aperturista. . Gracias en gran medida a ellas todo tipo de modas llegadas desde Europa comenzaron a verse por nuestras calles.

Cinematográficamente hablando los musicales vivían su época dorada. Si el año anterior el filme que rompió la taquilla fue Fiebre del sábado noche, con su banda sonora en los primeros puestos de las listas de ventas, 1978 fue el año de Grease. El protagonista de ambas cintas fue John Travolta, símbolo cinematográfico y sexual del momento.

Uno de nuestros iconos patrios era por aquellos días Camilo Sexto, su Vivir así es morir de amor fue la canción más escuchada en las radios aquel verano. La creación y el talento Made in Spain empezaba a abrirse paso en un preámbulo de lo que más tarde sería conocido como La Movida. En 1978 comenzaron su andadura musical tres grupos que conformarían la banda sonora de los 80. Tequila debutó con su hit verbenero Rock en la plaza del pueblo, Carlos Berlanga, Alaska y Nacho Canut formaron Kaka de Luxe y escuchamos por primera vez a Nacha Pop.

En Eurovisión las cosas nos iban un poquito mejor, pero tampoco mucho. Aquel año ganó Israel con la canción A-ba-ni-bi, que a buen seguro han bailado más de una vez desde entonces. Nuestro representante fue José Vélez con aquel Bailemos un vals que quedó en novena posición. Los más pequeños de la casa todavía no estaban preparados para la revolución que la televisión infantil viviría en nuestro país en los 80, pese a ello, en 1978 se estrenaron los Teleñecos y Orzowei, dos clásicos. Los padres de esos niños fantaseaban con Vacaciones en el Mar o anhelaban una justicia impartida por Curro Jiménez mientras se divertían con Aplauso, Yo, Claudio o Cañas y Barro. Doña Ruperta seguía repartiendo pisos en Torrevieaja y Benidorm en un país donde el segundo canal nacional (La 2) todavía no podía sintonizarse en todo el territorio.

1978 fue también el año de los tres Papas. Pablo VI murió en agosto y su sucesor Juan Pablo I lo hizo apenas 33 días después. Le sucedería Karold Wojtyla (“El Papa venido del Este”, tituló la revista Paris Match) en octubre de 1978, al que durante 27 años conoceríamos como Juan Pablo II. La boda del año fue la protagonizada por Carolina de Mónaco y el playboy Philippe Junot, al que había conocido con solo 18 años. En el otro extremo aparecía Julio Iglesias que hacía el camino inverso al separarse de Isabel Preysler. Julio lo cantó a su manera con ese Me olvidé de vivir, que triunfó aquel año. La vida se abría paso de múltiples maneras en ese 1978, algunas tan revolucionarias como Lousie, el primer bebé probeta nacido en Londres. El debate desatado a escala mundial sobre la fecundación artificial sonaba todavía muy lejano en aquella España.

 


Deportivamente hablando


Curiosamente, 1978 está marcado en nuestro imaginario por albergar uno de los Mundiales de fútbol más politizados de la historia. La dictadura comandada por Jorge Rafael Videla utilizó el torneo de fútbol más prestigioso no solo como pantalla para esconder atrocidades de todo tipo, sino también para lavar su imagen una vez la Albiceleste se bordó la estrella de campeón. “Duele saber que fuimos un elemento de distracción”, dijo tiempo después Osvaldo Ardiles, uno de los que levantaron la Copa en el Monumental. En Argentina, España volvió a pasar sin pena ni gloria, con una Selección dirigida por Kubala, que sacó su billete para la cita mundialista a última hora en la batalla de Belgrado, donde el gol de Rubén Cano y el posterior botellazo a Juanito nos retrotrae a un fútbol de otro tiempo. El recuerdo del fallo de Cardeñosa ante los brasileños todavía despierta pesares.

El que no falló fue Kempes. Goleador de aquel Mundial y Matador del Valencia CF, en el que jugaba entonces y con el que se convirtió en pichichi del campeonato por delante de Santillana. Los goles del 9 blanco ayudaron a conquistar la Liga al Real Madrid de Luis Molowny que se impuso a un Barcelona con un Cruyff crepuscular. El propio Johan se negó posteriormente a acudir a la cita mundialista en Argentina por miedo a que su familia fuera secuestrada, como confirmó él mismo luego. La Copa, la segunda bajo denominación de Copa del Rey, fue para el Barcelona, dirigido por Rinus Michels, y supuso el último título de Cruyff con los catalanes. Los azulgrana cambiaron también ese año de presidente. Josep Lluis Núñez, fallecido el pasado lunes, ganó los comicios por sorpresa y se convirtió en el presidente más longevo de la entidad.

El poder de los equipos españoles había descendido significativamente en Europa desde el último gran Atlético de Madrid de mediados de los 70 y ese año el Liverpool de Bob Paisley conquistó la segunda Copa de Europa para los de Anfield. Precisamente los colchoneros fueron los representantes españoles en la máxima competición continental. Cayeron en cuartos de final a manos del Brujas. El Betis, que participó en la Recopa, alcanzó la misma ronda, eliminado por el Dinamo de Moscú.

Fuera del fútbol, la situación no es mucho más halagüeña. Bernard Hinault se impuso en la Vuelta Ciclista a España con claridad por delante de José Pesarrodona, del mítico KAS, en una época en la que la ronda española se disputaba en el mes de mayo. Solo cuatro días después, el Caníbal Eddy Merkx anunció su retirada del ciclismo. Hinault confirmó en el Tour de Francia el cambio de reinado y el inicio de una nueva era al imponerse a Zoetemelk, ilustre segundón de la época. En tenis y una vez superada la etapa de los pioneros con Santana y Orantes a la cabeza, los triunfos nos quedaban muy lejos. El gran dominador del momento era Björn Borg, que ese 1978 ganó Roland Garros por tercera vez y repitió también en Wimbledon. El hombre de hielo, como era conocido, dio por concluida su carrera a los 26 años con seis títulos en París y cinco en Londres.

Entre los héroes deportivos de ese año sobresalen Reinhold Messner y Peter Habeler, los primeros alpinistas en coronar el Everest sin bombona de oxígeno. Hasta entonces los alpinistas que subían al techo del mundo (8.848 m.) necesitaban máscaras de oxígeno para evitar los efectos de la altitud. No menos importante fue la vuelta de un mito al camino de la victoria. Muhammad Alí recuperó el título mundial de los Pesos Pesados tras vencer a Leon Spiks. Casi la única efeméride destacable de nuestro deporte en aquel 1978 la protagonizó Jordi Llopart. El marchador español ganó la medalla de oro en el Campeonato Europeo en la prueba de los 50 km marcha. Un oasis en medio del desierto, aunque los periódicos deportivos empezaban a hablar ya de un tal Severiano Ballesteros que hacía maravillas en aquello tan poco español del golf. Habría que esperar un año para saber más de su talento.

Ante este panorama, el hecho de incluir el deporte dentro de la Carta Magna fue la primera piedra para su desarrollo y expansión posterior. Por primera vez se puede hablar de una constitucionalización del deporte en nuestro país, aunque aquello no resolviera todos los problemas y hubiera que trabajar a contrarreloj para subsanar 40 años de descuidos, atención dispersa e interesada. Con todas las dificultades económicas del período que hemos tratado, así como las escasamente desarrolladas estructuras de poder en el ámbito deportivo y unas instalaciones que brillaban por su ausencia, los éxitos de los deportistas españoles hasta entonces solo podían ser producto del talento y del sacrificio personal. El siguiente paso, la Ley del Deporte de 1980, fue ya un salto cualitativo y cuantitativo en esa voluntad de extender y fomentar el deporte entre los más jóvenes con un carácter más competitivo. Una autopista hacia la modernidad deportiva que se gestó aquel 6 de diciembre de 1978.

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