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Manuel Alonso Losada, después de bañarse en Riazor.
Don Manuel, nada más darse un baño en el playa coruñesa de San Roque. FOTO: ALFREDO VARONA

Veteranos

Don Manuel, bañista de 90 años: «¡Este agua reaviva la sangre!»

Manuel Alonso Losada, ciudadano de La Coruña, despierta cada día en las aguas del Atlántico sea la época del año que sea. En 2017 el mar casi le quita la vida. Pero no pudo con él.

Fue a meter las piernas al agua de Riazor. No tenía otra idea esta vez. El mar estaba de muy mal genio el 14 de diciembre del año pasado en el que Manuel Alonso Losada había salido de casa a bañarse, como todos los días. Y su mujer le había pedido que a la vuelta fuese a comprar unas cosas. Pero el mar no consintió esa idea. Fue a la orilla a por él y se quiso tragar a este hombre que parecía todo menos un anciano de 89 años y que hubo de ser rescatado de esas heladas aguas y trasladado, con una hipotermia, al hospital. Cuando Isabel, su mujer, volvió a verle estaba en la UCI y las enfermeras se referían a él como «el héroe» y él, Manuel Alonso Losada, respondía con la misma habilidad que hoy me cuenta en la playa de San Roque que llegó a estar «26 días ingresado». Algunos días entre ovaciones del personal por su valor para regatear a la edad y a la adversidad del mar. Tenía 89 años.

Hoy, ya tiene 90 cumplidos el 13 de junio cuando fue su cumpleaños. Pero el carnet de identidad no es impedimento para que me lo vuelva a encontrar cada día, a primera hora de la mañana, abriendo la playa de San Roque, despertando en sus heladas aguas. Una fotografía emblemática, sea la época del año que sea, en estas aguas en las que una mañana de agosto de hace años le conocí. Me acercó a él el instinto de curiosidad o esa soledad de primera hora de la mañana que hace la solidaridad. Descubrí un hombre que no sólo tiene la mirada de un santo. También un discurso enriquecedor lleno de vida, empeñado en desmentir su edad «tal vez porque este agua reaviva la sangre». De ahí que, pasado el susto, Manuel volviese a reemprender ese pacto con el mar que forma parte de su salud. «No tengo ninguna duda que es parte de mí y de mi independencia», justifica a una edad en la que ya no le pertenecen grandes ambiciones, «más que la de vivir con humildad mientras espero la llamada del Más allá. A mis años, puede llegar en cualquier momento y no pasa nada. Es el precio de lo vivido. No podemos vivir eternamente».

Manuel Alonso Losada, con Alfredo Varona.

Manuel Alonso Losada, con Alfredo Varona.

Son 90 años los de Manuel Alonso Losada, al que uno se refiere como Don Manuel. Un hombre de Rivadavia que el año pasado ya me contó que fue un empresario que llegó «a tener canteras y a montar una fábrica en Vigo» hasta que apareció una ruina que todavía le cambia los ojos. Hoy, sin embargo, ya no tiene sentido insistir en ella porque ya pasó y tuvo que ser muy duro. Me contaba que le embargaron hasta la pensión, que actualmente no llega a los 1.000 euros. Pero también me contaba que uno no se puede dejar gobernar por la desgracia. «No somos quienes para castigarnos a nosotros mismos. Siempre nos queda el recurso de vivir con más humildad, lo que le ayuda a uno a apreciar más lo que tiene, a valorar lo que hiciste y a sentir que no merecía lo que pasó, pero… Yo ya di estudios a mis dos hijos, yo ya hice mi vida y, aunque nunca podía haber imaginado esto, qué sentido tiene que me castigue o que me diga, ¿no tenía que haber ocurrido esto nunca? Pero creo que no es justo seguir insistiendo en ello. Fue más importante aprender a vivir con más humildad y eso ya lo hice».

Hoy, Don Manuel vive con Isabel, su compañera que tiene dos años menos que él y que, «si no fuese por los vértigos», tampoco aparenta los 88 años de su carnet de identidad. «Me acogió y aquí vivimos humildemente en un piso pequeño para los dos, junto al mar, que me permitió descubrir que el mar es una terapia. No importa la época del año. No importa lo fría que este el agua porque el agua fría rejuvenece y te devuelve la energía que necesitas para el resto del día». Por eso este año, después del accidente en Riazor, después de salir del hospital, Don Manuel volvió a meterse en sus aguas, llueva o no llueva, sean cuáles sean los grados del termómetro. «El miedo no es un recurso», afirma. «Después de lo que me pasó el 14 de diciembre, no tuve dudas de volver a entrar en el mar. No quise tenerlas. Sé que el agua es peligrosa, que tiene una fuerza que sólo tiene el fuego. Es más, de la fuerza del mar se podría hacer una ciencia. Pero por eso mismo uno es responsable y, si veo peligro en la playa de San Roque, me voy caminando a Riazor que es un mar mucho más protegido. Otra cosa es que haya un riesgo como me ocurrió el 14 de diciembre, en el que el mar fue a buscarme a la orilla. Pero es que la vida tiene sus riesgos, que uno ya se preocupa por minimizar. Mientras vea que puede ser así, seguiré despertando en el mar», sentencia.

Y, aunque todavía queda tiempo hasta finales de agosto y días que compartir en San Roque a primera hora de la mañana para despertar en estas aguas heladas, yo ya le he desafiado a él y a Isabel, su mujer, para que el año que viene se repita la misma historia. Y solo cambie el segundo dígito de la edad. Pero, como dice Don Manuel, «eso ya no depende de nosotros», sino de la vida, de esa vida que, para él, empieza cada mañana en esta maravilla de la naturaleza: la playa o la cala de San Roque, da igual, tan sabia que hasta es capaz de ocultar dolores con 90 años de antigüedad.

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