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Alvaro Cervera, entrenador del Cádiz.

Fútbol

A varazo limpio

Lo que ha cambiado el VAR no es un aspecto técnico o estratégico del juego, sino algo más sutil, más íntimo: la manera en la que el público siente las emociones más intensas de su deporte favorito.

Ni la posibilidad de efectuar cambios. Ni la implantación del fuera de juego. Ni la introducción de las tarjetas. Siendo fundamentales, creo que ninguna de esas históricas modificaciones ha tenido sobre el desarrollo de un partido la trascendencia de la inclusión del VAR. Y es que si algo diferencia al fútbol del resto de deportes es el alto valor de un solo tanto para decantar un choque. De esta importancia capital se deriva la alegría orgásmica o la decepción profunda: la catarsis o la pena negra.

Ahora todo eso queda, durante unos momentos, en animación suspendida. Unos técnicos que revisan con lupa cualquier acción deciden, tras unos instantes, si el gol interruptus se consuma o si el etéreo penalti se concreta. Lo que se ha trocado no es un aspecto técnico o estratégico del juego, sino algo más sutil, más íntimo: la manera en la que el público siente las emociones más intensas de su deporte favorito. Álvaro Cervera lo condensó en una frase: el VAR imparte justicia, pero quita fútbol. Pensaré sobre ello.

El caso es que en el encuentro que enfrentó al Racing y al Cádiz el VAR habló tres veces y lo hizo con voz de trueno: las dos primeras para anular el gol de Álex (en decisión discutible) y para certificar la pena máxima de Cala (esta algo más clara). La definitiva, sin embargo, cayó del lado cadista: el disparo postrero (casi en el 97) de Alejo rozó el brazo de Abraham. En directo apenas pudimos verlo, pero nada escapa a los ojos del gran hermano futbolístico. En un golpe de efecto digno del trepidante partido, Iglesias Villanueva señaló el punto fatídico (o, desde nuestra perspectiva en aquel momento, el punto halagüeño). Álex Fernández convirtió con seguridad sellando la victoria de un Cádiz que se confirma como líder con un impresionante pleno de cuatro victorias.

Pero empecemos por el principio. Llegaba el Cádiz a Cantabria para disputar un choque marcado por la desaparición de Manolo Santander, chocante coincidencia. Juan José Téllez dijo de él una vez que encarnaba la voz de la tribu y a mí, la verdad, no se me ocurre mayor elogio para un coplero. Por la megafonía del Sardinero sonó su inmortal pasodoble y, poco después, comenzó el partido.

Los amarillos afrontaron el inicio con el aplomo del actor que se sabe el guion de memoria: esfuerzo defensivo, sacrificio plural, velocidad… y Perea. En este tramo inicial de la temporada, el almeriense se ha convertido en el factor diferencial del Cádiz: alterna destellos de calidad extrema con algunos ramalazos de individualismo que afean un tanto sus actuaciones. De cualquier forma, se está ganando la titularidad a fuerza de goles, como el que consiguió en el minuto 33 tras centro de Salvi y que ponía en franquicia a los visitantes.

El partido se estaba desarrollando a la cerveriana manera: pasaban pocas cosas y las que pasaban eran casi siempre en el área contraria. El Racing, por su parte, intentaba mantener sus señas de identidad. El balón salía siempre jugado desde atrás (Luca Zidane era un jugador más en la circulación) y arriba se encomendaba a la calidad de sus atacantes. Por la izquierda, Lombardo le dio algún dolor de cabeza a Carcelén. Por la derecha, Yoda mantuvo una interesante pugna con Espino, alternando acciones de mérito con errores absurdos. Extraño jugador es.

Si el primer tiempo se movió dentro de los parámetros habituales, el segundo se asemejó a una botella de champán descorchada después de agitarse.

Y el chupinazo de la fiesta, cómo no, fue el primer varazo: tras una buena jugada entre Salvi (espectacular actuación la suya) y Lozano, Álex remató a la red. Lo que podía haber sido la puntilla definitiva, se convirtió tras su anulación en el revulsivo que los locales necesitaban. Los montañeses se volcaron sobre el área de Cifuentes y a la salida de un córner Cala tocó el balón con la mano. De nuevo el VAR, de nuevo el parón, de nuevo el aliento contenido. Al final (tras doble parada de Cifuentes) Barral empató.
Y en el descuento lo ya narrado: las gotas de locura necesarias para completar el cóctel de un partido descontrolado y hermoso, el penalti, el gol, el triunfo.

Esa victoria, agónica y merecida, era justo lo que los cadistas necesitaban para salir del estadio abrazados y cantando. Me han dicho que el amarillo…

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