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Atlético

Aburrimiento de resort

Guardaré en mi memoria lo del sábado como una aburrida clase de Aquagym y me agarraré a ese dicho popular que dice que en agosto son más importantes los puntos que las rimas en verso.

El pasado sábado salí afónico del estadio Metropolitano. No por cantar unos goles que no hubo, sino por intentar hablar con mis compañeros de asiento. Una especie de ejercicio de riesgo cuando tu voz tiene que elevarse por encima de seis millones de vatios de reguetón y sortear los alaridos de un tipo que, como si fuésemos niños en un parque de bolas, nos dice por los altavoces lo que tenemos que hacer. El himno que antes cantaba la grada ya no se escucha. Ahora queda sepultado debajo de ese impactante sonido Ultra Surround que se te clava en el hipotálamo como un estilete. Las celebraciones de los títulos ya no son una improvisada comunión entre grada y equipo sino algo que no debe diferir mucho de la presentación comercial del nuevo modelo de Minipimer. Una ceremonia aséptica, lenta, sosa, con jugadores aburridos, colorines dando vueltas, un señor chillando modismos y sobredosis de electrolatino. Sinceramente, desconozco en qué lugar concreto del organigrama del Atlético de Madrid han decidido gestionar los recursos del Wanda Metropolitano como si fuese la sala de fiestas de un resort de Estepona, pero me parece un error.

Si uno echa la vista atrás y trata de recordar el elogiado ambiente futbolístico del Vicente Calderón dudo mucho que alguien otorgue un papel estelar a esa megafonía de decomisos en liquidación que teníamos o a aquella iluminación chillona, tan de fiestas patronales en honor a la Virgen. Tampoco creo que nadie echase de menos entonces a ningún animador sociocultural invitándonos a mover el cucu. Es obvio que lo importante estaba en otro sitio. Y no, no se trata de hacer un ejercicio de nostalgia tramposo, ni de mitificar el pasado. Tampoco de renunciar a lo bueno que tiene lo nuevo (que lo tiene, y mucho). Es más bien una cuestión de sentido común. De asimilar lo aprendido antes de abusar del nuevo juguete y romperlo. De distinguir lo importante de lo accesorio. De entender que el objetivo es mejorar la canción y no cambiar radicalmente de melodía. De no pensar que la comida es el adorno. De asumir que una cosa es acudir a la recepción mejor vestido y otra cosa es hacerlo vestido de Lagarterana.

El Metropolitano no es el Calderón ni tiene por qué serlo. Lo que no puede dejar de ser es el estadio del Atlético de Madrid para pasar a ser el escenario de un concierto de Queen. El nuevo estadio tiene que generar su propia personalidad, pero es imposible generar nada si no tiene la oportunidad de expresare con naturalidad. Es imposible ser genuino si todos tus movimientos están previamente dirigidos. Es imposible ser especial si te limitas a imitar a los mediocres. Es absurdo querer presumir de ambiente si todo está diseñado para que estés callado.

Dicho lo cual, el partido fue además muy malo. Atroz. Sin matices, sin paliativos y sin resquicio para cualquier debate que lo ponga en duda. Podemos discutir las causas, las consecuencias, la importancia o el contexto, eso podemos hacerlo, pero es difícil no ponernos de acuerdo en lo mal que jugo el Atleti (y el Rayo, ojo, que tampoco me gustó).

¿Me preocupa? Poco, la verdad. Lo lamento por el que se sienta contrariado de que no me sume a esa corriente que aboga por abrirse las venas a modo preventivo. Son las fechas que son y me temo que tardaremos algunas semanas en saber, de verdad, cuál es la realidad de la temporada. De momento veo la plantilla y me gusta. Preferiría que estuviese un poco más nutrida, claro, pero supongo que son las consecuencias de estirar el presupuesto más allá de lo posible. Si para tener a Griezmann y Diego Costa en el campo hay que prescindir de un segundo lateral izquierdo proveniente del Apoel de Nicosia estoy dispuesto a correr el riesgo. Aunque preferiría que el equipo funcionase ya como un reloj, no me importa tener que esperar. Especialmente si lo puedo hacer agarrado a la Supercopa y sumando de tres en tres.

A excepción de ese inoportuno caso Filipe Luis (del que me ahorraré la opinión hasta que concluya), veo el trabajo en los despachos y tampoco me desagrada. Se han mantenido los cimientos y se ha fichado con criterio. Luego saldrá bien o mal, pero ese es otro tema. No creo tampoco que Simeone esté buscando «jugar a otra cosa». Algo que me da pena por los Testigos de la Posesión, los seguidores de la Filosofía Rapsoda y los comedores compulsivos de actualidad, pero que, personalmente, me generaría cierta intranquilidad. Intuyo que lo que se busca es jugar a lo de siempre, lo que te ha hecho grande, sólo que algo (o bastante) mejor. Lo mismo tiene hasta más sentido.

Esto acaba de comenzar, así que guardaré en mi memoria lo del sábado como una aburrida clase de Aquagym y me agarraré a ese dicho popular que dice que en agosto son más importantes los puntos que las rimas en verso.

Se hace llamar "escritor intruso", pero ya se está convirtiendo en escritor de cabecera. Alimentó un blog en torno al Atleti (“Y los sueños, sueños son”) desde 2007 a 2017 así como otros blogs clandestinos sobre música, cine, series y política. Además, es compositor, cantante, guitarrista y teclista de los 'Happy Losers'. También ha publicado discos en solitario bajo el pseudónimo de Lukah Boo. Entre otras rarezas tiene un título de Ingeniero Industrial firmado por el Rey.

1 Comment

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  1. Fer

    27/08/2018 at 20:57

    Totalmente de acuerdo

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