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RELATOS

La Creación de Adán

Lo confieso: soy madridista (muy madridista), pero en ese preciso momento me vi convertido en el centro del universo, el objetivo de todas las miradas y objeto de todos los deseos.

La “Creación de Adán” es un fresco que ilustra el episodio bíblico del Génesis en el cual Dios le da vida a Adán, el primer hombre. Fue pintado sobre la bóveda de la Capilla Sixtina por Miguel Ángel alrededor del año 1511.

Debía ser una tarde de final de verano (¿finales de agosto? ¿principios de septiembre?) cuando los jugadores del FC Barcelona estaban ubicados en el vomitorio que, tras unas escaleras, daba acceso al terreno de juego del Campo Municipal de Terrassa. Hoy no alcanzo a recordar el motivo del encuentro, aunque estoy casi convencido de que debía tratarse de un partido amistoso de pretemporada, cuando las pretemporadas se hacían en casa sin pensar en los chinos porque, entre otras cosas, en aquella época los únicos chinos de los que teníamos constancia eran los que habíamos visto en la serie La Frontera Azul. Fíjense ustedes si eran desconocidos los chinos para nuestra generación (y los orientales en general) que, aunque la serie estaba ambientada en Japón, nosotros seguíamos llamando chinos a los nipones.

Como iba diciendo, apenas si había espectadores en el campo y las medidas de seguridad brillaban por su ausencia, como si de un partido de costillada se tratase. Tal era el nivel de desgobierno reinante (inimaginable en el mundo súper profesionalizado del futbol de hoy en día) que nos permitieron llegar hasta el césped sin mayor dificultad y apostarnos sobre las barandillas que franqueaban las escaleras del túnel de vestuarios. Desde allí, con el olor a Réflex perfumando el ambiente, podíamos observar como cada jugador repetía su particular ritual antes de saltar al césped: unos daban saltitos y flexionaban las piernas, otros hacían estiramientos, otros se ajustaban calzones, medias, espinilleras, cordones, etc… Debíamos ser como un centenar de chavales, cada uno gritando el nombre de un futbolista: “¡Moratalla! ¡Sánchez! ¡Lobo! …” Aunque el que se llevaba la mayor parte de los elogios era el Tarzán Migueli, con su mostachón a lo Pablo Abraira. Era la época en que los hombres de verdad utilizaban el rudo masaje Varón Dandy en lugar del cursi after shave, bebían Soberano (que era cosa de hombres, valga la redundancia) y llevaban un imponente bigote, al estilo cabo chusquero de la Guardia Civil, pero sin tricornio, en lugar de las fofisanas barbas hípster que están hoy tan de moda. Dónde se ponga un buen bigote… En fin.

Aquel partido lo ganó el FC Barcelona sin despeinarse, tanto en sentido figurado, como en sentido literal. No en vano de aquel equipo formaba parte Estella, a quien a menudo se le achacaba estar más pendiente de su tocado que de lo que acontecía sobre el terreno de juego. Cada vez que cabeceaba un balón daba dos o tres sacudidas de testa, de lado a lado, para desapelmazar su espléndida cabellera tras el impacto del cuero. Luego se atusaba el cabello a dos manos, comenzando a la altura de las sienes y arribando hasta la nuca, con el fin de que cada mechón —qué digo mechón ¡cada cabello!— quedara milimétricamente ubicado en su posición exacta, marcando una perfecta curva geodésica a lo largo del cráneo que dividía su media melena en dos partes completamente simétricas. No le reprocho tal actitud pues, en un acto de reconocida envidia sana, no miento si digo (¡ay!, no sin cierta nostalgia) que si yo hubiera sido poseedor de tal mata de pelo la hubiera exhibido henchido de orgullo y con mayor soberbia aún si cabe. De haber existido en aquellos días el apelativo, Estella hubiera sido sin duda el “Chico Pantene”.

Barça 1981-82: Sánchez, Manolo, Olmo, Alexanko, Urruti, Gerardo. (Abajo) Estella, Morán, Lobo Carrasco, Ramos y Simonsen.

Este encuentro entre el equipo local de la ciudad y el FC Barcelona no hubiera pasado de ser un insustancial partido de pretemporada de no haber sido por un acontecimiento casual que mutó el evento en algo especial. Hay situaciones en la vida que trascienden al prosaico acontecer de los hechos y, como si de la instantánea jamás soñada por un futuro premio Pulitzer se tratase, quedan grabadas en la memoria como una estampa que ha de perdurar en el tiempo.

Fue así como aconteció que, en el momento de producirse la salida de los jugadores (trotecillo vigoroso mientras suben las escaleras y comienzan a sonar los himnos), inesperadamente, entre todas las cabezas de los jugadores, mis ojos fueron a cruzarse con los de Morán. Cuando nuestras miradas se encontraron quedaron prendidas por un invisible hilván y pareció como si, durante un minúsculo intervalo de tiempo, se hubiera establecido entre ambos un vínculo cuasi fraternal, aunque quizá debería decir paterno filial, por la edad que nos separaba. Morán sonrió y, en un gesto de complicidad, me dedicó un guiño de ojo. Este simple gesto ya hubiera sido suficiente para colmar de dicha a este que les escribe pero, lejos de quedar ahí, la emoción y la incertidumbre fueron a más (como si el que estuviera disputando el partido fuera el Real Madrid en lugar del FC Barcelona; ustedes ya me entienden).

Enrique Morán, Barcelona.

Enrique Morán, Barcelona.

Iniciada la carrerilla escaleras arriba, la chavalería se abalanzó sobre la baranda de protección cual colección de grupies quinceañeros en un concierto de Take That (nunca mejor dicho), estirando sus brazos con la ilusión de poder asir, tocar, si quiera rozar, a alguno de sus ídolos. Yo, simplemente, me limité a dejar caer mi brazo levemente y seguir a Morán con la mirada. Morán subía por la escalera con la cabeza fija en los escalones, ajeno a la turba que demandaba su atención, y, cuando ya pensaba que pasaría de largo, alzó sutilmente su brazo en gesto calculado y premeditado, y sus dedos y los míos se encontraron, conectando apenas durante un fugaz instante en el que el tiempo pareció detenerse.

Lo confieso: soy madridista (muy madridista), pero en ese preciso momento me vi convertido en el centro del universo, el objetivo de todas las miradas y objeto de todos los deseos: la fuente de envidia de todos cuantos estaban a mí alrededor, un pecado capital en sí mismo. Y sentí como si mi alma despegase de mi cuerpo trascendiendo a un plano espiritual superior: Morán me había acariciado con su mano y me había hecho especial.

Atrapados en esa efímera eternidad, una aura luminosa nos iba envolviendo paulatinamente, bañándonos únicamente a Morán y a mí, dejando al resto en penumbra, confeccionando una estampa de una belleza comparable al fresco de Miguel Ángel: la “Creación de Adán”, que destaca sobremanera en la bóveda de la Capilla Sixtina. Como si de un ser todo poderoso se tratase, cual Dios a Adán, Morán me había insuflado un soplo de vida… ¿¡Blaugrana!?

¡Horror! Por un momento me soñé a mí mismo embutido en una samarreta que en su pecho lucía una senyera y una cruz de Sant Jordi, con un balón en el centro, y a la espalda el 7 de Rexach. Y de pronto me asaltaron las dudas ¿En qué momento dejé de imaginarme orgullosamente ataviado con una impoluta camiseta blanca con el 7 de Juanito, engalanada a la altura del corazón con el coronado, redondo, albo y dorado emblema, superpuesto sobre la castellana banda morada, que distingue a los elegidos para la gloria? ¿En qué momento había abandonado yo, infiel, la fe verdadera?

Durante ese nimio lapso de tiempo mi madridismo recalcitrante transmutó en un barcelonismo naíf, ingenuo. Fue solo un instante, casi imperceptible, pero tan real como que estoy escribiendo estas líneas. Tan es así que cuando lo recuerdo surge espontáneamente de mi interior un inconmensurable sentido de culpabilidad y una imperiosa necesidad de purgar mis pecados con la más dura penitencia que pueda existir. “¡Penitenziagite!”, me grito a mí mismo desde mis entrañas, mientras simulo flagelarme, intentando ahuyentar cualquier atisbo de duda ante la oportunidad de volver a pecar de semejante forma.

Está claro que esa tentación pagana, esa ofrenda en forma de manzana prohibida y envenenada (icono del pecado original), esa herejía en intento de conversión a la fe equívoca, fue solamente un episodio de confusión pasajero. Pronto volví a mi estado natural, recuperando mi madridismo genuino y mi salud mental y espiritual; pues, más allá de la capacidad de fascinación que cualquier profesional del fútbol puede ejercer sobre un chaval que sueña con ser futbolista, Morán no era sino un simple humano más y no tenía esencia divina alguna como para poder transformar algo inmutable; porque, de haberse tratado realmente de una deidad, sin ningún género de duda, únicamente podría haberme insuflado un soplo de vida… madridista, pues no es virtud de los dioses el diseminar el pecado.

Para que luego se diga que el fútbol no obra milagros.

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