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Entrevistas

“Toda idea tiene un hincha”

Pablo Aimar defiende que “lo más lindo es tener la pelota” y que “aunque no siempre el que tiene más talento llega, ningún Messi se queda en el camino porque no hay nadie como Leo”.

Las hijas de Sergio Romero, el portero de Manchester United, juguetean con mamá y papá en la recepción de la CFA, el centro de alto rendimiento del Manchester City, donde se hospedó la selección argentina los días previos al partido contra Italia. En esas, asoma Jorge Sampaoli, cada vez más tatuado, cada vez más metido en el papel de seleccionador y cada vez más próximo. Conversa, comparte, y cuando en nada la charla deriva en música, asoma el Kun Agüero, que está lesionado pero vive en casa con los suyos, con su equipo, la concentración. El 10 mancunian saluda tan amable como de normal: “¿Que hacés por aquí, loco?”. Pregunta. “Esperando a Pablo Aymar”. “¡Uy! Es grande, ¿le conocés?”.

Y no. Bueno, más allá de recordarle como fino futbolista, miembro de la quinta del Mundial de Malasia, siempre pidiendo el balón, valiente y elegante. Levantando la cabeza, jugador joven en River, campeón con el Valencia, es la primera vez que tengo delante al que llamaron el Payaso. “Estás mejor que cuando jugabas”, le suelta Juan Irigoyen, periodista: “Pasé por chapa y pintura”, responde de primera entre risas. Y de ahí, toca y toca, como siempre hizo.

—A LA CONTRA: Está usted trabajando con el grupo de pibes, la Sub-17, y formó parte de la histórica de Pékerman. ¿En qué medida siente que la albiceleste necesita armar la base?

—Aimar: Me gusta mucho aquello y lo tomamos como ejemplo. El objetivo es que ese recuerdo sea el ejemplo de la selección mayor. Pero creo, estoy seguro, que esta es la mejor selección argentina en mucho tiempo. La que más cerca estuvo de ser lo que creemos y de ganar. Y este grupo creció junto, con Hugo en el 2007. Así que se conocen y se comparten, por ahí es parecida. En lo básico, los argentinos somos competitivos y lo llevamos hasta para pelear por un lugar donde estacionar el auto. Eso nos hace competir contra 300 millones de habitantes, contra mejores estructuras… ¡y ganarles! Pero eso le pasa también a los uruguayos, que anda que no deben ser competitivos: la mitad son mujeres, de la otra mitad la mitad son menores y el resto juega a fútbol. Como no sean competitivos, ¿a quién le ganan? Pero yo recuerdo que nos enseñaron a crecer formándonos por dentro y por fuera de bien chicos. Y competimos desde ciertos valores que tenían que ver con el juego y con algo más. No solo nos tiraban 30 pelotas para rematar de cabeza, nos llenaron en la idea de que el fútbol es compañerismo y alegría y si no vuelves a eso…

—¿Y eso cómo compite con Instagram?

—No pasa nada. Esa cuestión existe en casa, es inevitable. En el semáforo ves que la gente saca el phone por si les escribió alguien y son 20 segundos. En la mesa no van a usarlo, está claro. Pero existe, no vas a luchar con eso.

—¿Sabe que Guardiola lo prohibió aquí, en la Academy, al menos donde la zona de masajes?

—Me parece bien, es lugar para compartir. En las habitaciones está bien que lo usen, pero la idea de que no lo hagan ahí es buena para que se relacione con el utilero, con el masajista… Ellos son gente que hace grupo, sacrificados… El utillero trajo 120  kilos, el otro se preocupa por tu salud. Por eso es bueno que los pibes les escuchen.

—¿Usted echa de menos eso, esa sensación casi colegial de pertenencia al grupo?

—El futbolista echa de menos ser futbolista, claro.

—En su caso, a usted le llamaron ‘Payaso’. ¿Por qué?

—Un periodista.

—Un puto periodista, claro… 

—No, lo dijo usted. Fue en Chile. Me dijo que divertía y que lo hacía pasar bien. Me lo justificó y me convenció hasta hacerme una foto para Clarín. Quique Gastañaga fue. Está bien, nunca tuve problema con eso.

—¿Así se sintió, un payaso haciendo felices a la gente que le fue a ver jugar?

—No tuve esa sensación. Al final, juegas porque te diviertes, porque te la pasas bien, van tus amigos… Ni siquiera te das cuenta de que lo haces bien. Hasta que llegas a un club, te llaman a una selección y piensas, “pues no lo hago tan mal”. Y vives con el elogio, te llega la popularidad en el colegio, donde te eligen primero en la pachanga, y te da un estatus mayor, porque por lo menos en Argentina eso te da algo.

—¿Hasta qué punto en Argentina eso precisamente les hace crecer demasiado pronto y reduce los procesos?

—Yo debuté a los 16 y me vine a los 21 a España. En aquella época se iban jóvenes, pero yo en River jugué bastante hasta que me vendieron. Yo entrené con Salas, Ortega, Gallardo, ¡con Francescoli!

—Vale, ¡lo suyo fue una Universidad cuando otros van a la Escuela! ¿Le cuidaba Francescoli?

—Ni se imagina. Me trataba muy bien. A los jóvenes nos guiaba sin hablar, nos hacían sentir las cosas desde la humildad. Era el mejor de todos y no tenía aire ni se agrandaba. Te cebaba un mate, se reía con todos… Francescoli era el mejor y el más normal. Eso te enseña a comportarte.

—¿Usted colgó su foto en su cuarto cuando vivía en la cantera de River?

—Yo ya tenía su foto en Río Cuarto, pero en la pensión de River no dejaban. Alguno colgaba, pero en las cuchetas… (en las literas) no había sitio. Yo compartía con chicos del interior, con muchos que soñaban como yo.

—¿De cada seis llegó uno?

—No sé bien el porcentaje, pero son más los que no llegan. Decían ‘De 100, uno’. Aunque ya de la pensión no sé el porcentaje, pero ahí llegan más. No siempre el que tiene más talento llega, depende de mucho, eso es cierto. Había varios muy buenos durmiendo conmigo que llegaron a jugar en River a Primera, pero no con Argentina…

—¿Muchos Messis en el camino?

—Ninguno. No hay nadie como Messi que se quede en el camino. ¡Es imposible! Nadie ve que hay un Messi y se le escapa por el camino.

—¿Es cierto que cuando Leo le ve, se para a saludarle, aunque esté entrenando?

—No, tampoco es eso. Si nos vemos nos saludamos, claro. Charlamos.

—Lo dijo él, le señaló: “Tenía su foto en mi habitación” ¿Qué se siente si Dios le miró de pibe?

—No sé si la tenía, eso me dijeron… Él tuvo palabras buenas. Lo que sí sé es que cuando me lo dijeron, pensé en el día en que escuché a Zidane decir lo mismo de Francescoli y entonces me pregunté qué debió sentir Enzo. Pensé que eso era una satisfacción y así lo asumí cuando supe que Leo había dicho algo parecido. Pero Leo está en una dimensión diferente.

—Si usted alguna vez se sintió payaso al hacer que la gente se divierta, Messi será el circo entero:  los elefantes, el funambulista, el de los malabares, los elefantes…

—Messi trasciende a todo. Es otra dimensión. Con él se terminó todo. Se demuestra que el fútbol es del que lo juega y básicamente es de quien lo juega mejor.

—¿Usted sigue jugando?

—Pago cada semana, cada martes, para jugar a cinco, a nueve o a siete, los que somos. Amigos, algunos ex futbolistas, los que nos juntamos, jugamos, nos divertimos. Para que yo dejara de jugar, no deberían haber inventado el futbol . Y sigo jugando para divertirme, pero también para ganar. La competencia es divina. Los que ganamos una vez somos adictos a volver a ganar.

Aimar entrenando.

—¿Le eligen el primero?

—¡No! Los equipos están armados.

—Usted jugó mucho y con muchos entrenadores. ¿Hasta que punto recuerda ahora que dirige las frases que le dijeron sus técnicos?

—¡Sí, claro que las recuerdo! Hubo cosas que me marcaron, algunas desde el sentido común. El futbolista, hasta que no te dicen “tenemos una pelota y si la tienes tú, no la tiene el otro”, no se lo plantea. El futbolista vive en la frustración de fallar un gol, de perder el partido o en la emoción de acertar y ganar. Pero hay alguien que te da la razón y el por qué, y aprendes la razón de por qué te gustaba hacerlo.

—¿El fútbol es distinto en River, en el Valencia o en el Zaragoza?

—Yo recuerdo que en Valencia jugaba sin la pelota. Cúper, Benítez, Quique… La forma de competir con los enormes, como el Barça y el Madrid, era defender y hacernos fuertes. Hacernos fuertes como virtud y te debes amoldar.

—¿Cómo era aquella Liga en la que usted jugó?

—Era la del Madrid, la de Zidane, Figo, Beckam, ¡Ronaldo!… La de los galácticos. Y el Barcelona de Rivaldo, estaba Pep, empezaba Xavi. Ganaba el Madrid, porque los juntó a todos. Al final jugadores que ganen por sí solos, hay muy pocos. El resto, ayuda.

—El Valencia en el que usted jugó les ganó. ¿Cómo?

—Aprendiendo a competir sin la pelota. Lo más lindo es tener la pelota. Pero eso te pasa en pocos equipos, en la mayoría la tienes tres de 90. Y entonces, asumes que para ganar hay otra manera. Aprendes a jugar sin la pelota, pero también juegas, de otra manera, porque te asocias, y en cierta forma estás jugando a engañar. Y mantienes una capacidad para competir.

—Habla de que se puede ganar sin tener la pelota… siempre que no jueges para Pep. Hay quien piensa que le ha hecho daño al fútbol…

—Los equipos de Pep la tienen siempre. Pero el fútbol acepta todas las opiniones. Siempre, toda idea, tiene un hincha. Siempre hay uno que piensa como tú. Yo no creo que le haya hecho mal, muy al contrario.

—¿Y Argentina qué quiere?

—Salir campeón.

—Perdone pero, de última: ¿Qué tienen que ver el fútbol y el rock?

—Muchos futbolistas quisieron ser estrellas del rock y sobre todo, al revés. Básicamente porque nosotros sentimos que a ellos no se les acaba la sensación de salir a escena. A mi me costó dejar el futbol. Es lo más lindo.

—Pero se acaba. ¿Qué escuchaba camino de la cancha?

—Rock. Bandas argentinas. Los Redondos, El Indio…

—Yo soy de Ataque77 y de la inolvidable versión del “No me arrepiento de este amor”. Aún se la canto a alguien…

—Yo voy a ver a Las Pelotas, pero yo no tengo eso de “voy a estos y estos no”. No defiendo blanco contra negro en el rock’n’roll.

—Gracias Pablo. 

—Un gusto.

Sin duda uno de los mejores reporteros en activo del periodismo deportivo español. Ex del Sport y de El País, hoy vive a caballo entre Barcelona y Manchester. En algún lado de su caótica mochila está uno de las mejores agendas que se conocen. Mundiales, Eurocopas, Copas Américas, Juegos Olímpicos... Pocos países faltan por colocar su sello en el pasaporte de este maestro del periodismo de calle.

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