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Aismalibar: el equipo que se sintió «robado» por el Madrid en dos finales de Copa

El Aismalibar de Montcada se quedó a cuatro puntos de llevarse el título tanto en 1956 como en 1957. Al igual que la última Copa, la polémica estuvo servida: prórroga dudosa, expulsiones erróneas… ¿Habría desaparecido el club en 1964 de haber conseguido esos dos triunfos?

Eran tiempos en los que el Instant Replay ni siquiera se intuía en el horizonte y el baloncesto se veía en el pabellón o (casi siempre) no se veía. Por supuesto, la línea de tres puntos no había surgido, y jugar en un frontón e incluso al aire libre aún estaba a la orden del día. Además, por increíble que parezca, los partidos duraban 80 minutos (40 en cada mitad). Fue en esa época ya tan lejana, finales de los años 50, cuando dos finales consecutivas de Copa, entonces del Generalísimo, quedaron tan marcadas o más por la polémica que las de 2018 y 2019.

Pocos lo recuerdan hoy, pero algún jugador del Aismalibar de Montcada pudo pronunciar en su tiempo las palabras de Felipe Reyes de camino a los vestuarios tras la final. Tanto en 1956 como en 1957, el equipo catalán se quedó muy cerca de hacerse con el título copero. Aunque ambos subcampeonatos resultaron todo un hito para un club recién llegado a la élite de la canasta española, sus componentes sintieron más indignación que resignación ante esas derrotas. Las dos por tan sólo cuatro puntos de diferencia y ante idéntico rival: un Real Madrid hoy víctima y entonces, caprichos de la historia, verdugo.

 


1956: la prórroga que no debió jugarse


La temporada 1955-56 resultó la primera del Aismalibar en la máxima categoría tanto en Cataluña (las ligas locales aún tenían su pujanza) como en España. El conjunto de Montcada i Reixac (Barcelona), fundado en 1947, se hizo primero fuerte a nivel local (llegó a ser campeón de Cataluña precisamente durante esta temporada 55-56) para después asaltar las competiciones nacionales. Sus años dorados fueron posibles gracias a una inversión económica considerable de la empresa de fabricación de placas de cobre que dio nombre al equipo y lo fundó. Esta permitió que en 1953 llegase al club el personaje más importante de su historia: Eduardo Kucharski, toda una leyenda de la canasta española.

Entrenador-jugador por aquel entonces (empezaría a actuar sólo como técnico en Montcada), apenas le costó dos años llevar al Aismalibar desde la tercera categoría hasta la primera. Al no haber aún Liga española, la Copa era el torneo nacional por excelencia. Para intentar hacer un buen papel en ella, Kucharski consiguió hasta tres refuerzos de calidad: los hermanos Martínez (Alfonso y José Luis), que dejaron el Barcelona, y el puertorriqueño Jorge Cuello. Este último fue el responsable de que su equipo se convirtiese en el primero de España que calzó zapatillas de la marca Converse. También introdujo el tiro en suspensión entre sus compañeros.

Tras superar una liguilla previa en Barcelona, el Aismalibar se plantó en el Frontón Fiesta Alegre de Madrid con ganas de dar la campanada en aquella Copa al más puro estilo Final Four: sólo cuatro equipos disputaron la fase final. Tras eliminar a Estudiantes en semifinales (66-51), llegó el duelo por el título ante el Real Madrid. Los blancos aún no eran tan temibles como lo serían después, pero ya empezaban a infundir un respeto considerable a su alrededor.

Así podría atestiguarlo lo sucedido a la hora de la verdad. Todo el partido fue de infarto (el Madrid sólo ganaba 29-28 tras el primer tiempo), pero la conclusión resultó de aúpa. Una canasta casi sobre el pitido final de Alfonso Martínez (21 puntos) hacía realidad la sorpresa: ¡el Aismalibar era campeón de la Copa! O eso parecía, con los jugadores visitantes ya en pleno festejo. De repente, la mesa señaló una falta de Ramón Font sobre José Luis Alcántara, del Madrid. La medida provocó una tángana descomunal: los árbitros, que no escucharon el silbato que decretó la conclusión del partido, validaron una personal que tuvo lugar fuera de tiempo.

Joan Riera, otro de los jugadores destacados del Aismalibar, contó su versión de los hechos en Historia del Baloncesto en España: «Los árbitros intentaron de todas las formas que perdiésemos el partido […] Recuerdo a la gente abalanzándose por el campo, puñetazos, sillazos por todos los lados… Kucharski le fue a pegar al delegado del Madrid, que había manipulado el marcador». Como Alcántara metió uno de los dos tiros libres que lanzó, hubo empate a 54 y, por tanto, prórroga.

En ella, el Madrid acabó imponiéndose por 59-55. Joaquín Hernández y Arturo Imedio resultaron determinantes en esa final, combinándose para aportar 32 puntos al casillero de los blancos. El Aismalibar, con «casi todos los titulares fuera por cinco faltas», sólo anotó un punto en el tiempo adicional.

 


1957: otra falta de la discordia


Un año después, y ya con Liga Nacional, en el Aismalibar se dispusieron a enmendar lo sucedido en Madrid. En esta ocasión, la Copa se disputó en el Club de Campo de Vigo. Otra vez con cuatro participantes (los cuatro primeros clasificados en liga) y una particularidad bastante llamativa: ¡la pista era de tierra batida! Si a eso le añadimos que la competición se disputaba en junio y no en febrero… el exotismo es fácil de imaginar.

Como unos meses atrás, la actuación del conjunto de Montcada resultó memorable. Primero, se accedió a la final tras derrotar al Barcelona por 42-48. Ya en el partido decisivo (que, por cierto, tuvo lugar a medianoche), se tuteó al Madrid sin ningún tipo de complejos. Tanto es así que el Aismalibar llegó al descanso como vencedor parcial: 25-27. Los hermanos Martínez habían cogido el puente aéreo para fichar por el club blanco (determinantes, con 34 puntos entre los dos, ante su ex equipo). No obstante, Kucharski se sacó un as de la manga que bien pudo haberlo cambiado todo: Héctor Folgosa.

Referente de los catalanes aquella noche (10) junto a Riera (14) y el propio Kucharski (12), el jugador argentino fue objeto de la falta que puso el encuentro patas arriba. Garcés y Navarro, árbitros de la final, hicieron méritos para igualar e incluso superar la actuación de sus colegas Sánchez y Rivadeneyra en el 56: eliminaron a Folgosa por una quinta personal que nunca debió existir cuando apenas quedaban tres minutos de partido.

¿Por qué? La mesa le atribuyó por error una falta que su compañero Cuello había cometido poco antes. Es decir, las cuatro personales que arrastraba Folgosa cuando se le señaló la que motivó su expulsión deberían haber sido tres. Poco importaron el griterío y el enfado generalizados con los que murió el duelo: el Madrid revalidó el título (54-50) y se quedó con la Copa en propiedad al haberla ganado ya cinco veces.

De nuevo, el Aismalibar se quedó con la miel en los labios. Algo que le volvería a suceder hasta dos veces más en el torneo del KO: 1959 ante el Barcelona (50-36, con Emiliano Rodríguez en sus filas) y 1964 contra el Picadero (63-51 a pesar de tener en nómina a Nino Buscató). En este último año se produjo la desaparición del equipo catalán, que no pudo asumir los gastos de cubrir bajo techo la pista en la que jugaba.

Cuatro subcampeonatos coperos y un tercer puesto liguero en el curso 1957-58 dieron lustre al Aismalibar en el escenario nacional. A nivel continental, tuvo el honor de ser el primer equipo de Europa Occidental que derrotó a uno del bloque comunista (victoria ante el Spartak de Praga por 77-73 durante un torneo en Sicilia, Italia, en 1957). Siempre a las puertas de la gloria en España pero sin alcanzarla, el adiós no pudo ser más triste para un club pionero y puntero que pudo cambiar la historia de nuestro baloncesto. Si se le privó de hacerlo o no ya es juicio de cada uno.

De lo que no cabe duda es de que el Aismalibar de Kucharski supo, de forma más que dolorosa, lo que es la polémica en la final de Copa.

Crecí soñando con contar las gestas de Gasol, Nadal y Contador. El sueño se hizo realidad, sobre todo en las canchas. Años después, pisé unas cuantas, conté las historias de sus habitantes y descubrí que los deportistas, aunque no lo parezca, también son de carne y hueso. Eso sí, nunca se deja de soñar. Ni de aprender. E ir a la contra, marcar la diferencia, nunca está de más

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