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Thomas, en el partido ante el Alavés. Jon Rodríguez Bilbao / EFE

Atlético

Vidas infinitas

Todo esto debería hacernos reflexionar sobre nuestra actitud a la hora de encarar el futuro; cuando dudamos entre sacrificar al héroe para reiniciar la partida o pelear por esta vida, la nuestra, mientras podamos.

Volvió a empatar el Atleti y volvieron a salir los faroleros de la duda y los padres de la exigencia. Como níscalos tras la lluvia de otoño. Subrayando, a gritos, lo que es «evidente»; lo que ya nos «habían advertido un millón de veces». Es agotador, pero es lo que es. El sino de nuestro tiempo, supongo. Ese en el que no hay gestión posible del contratiempo, donde la derrota no existe más que como un inaceptable error de código, o donde cualquier anomalía tiene que tener un culpable concreto (además de una explicación sencilla). Donde no hay que pelear, sino volver lo más rápido posible a la pantalla de inicio; con un nuevo entrenador, un nuevo fichaje millonario y un nuevo sueño que quemar.

Creo que fue en el último ensayo de Daniel Bernabé donde leí por primera vez el concepto de generación Game Over; esa sociedad que asume la realidad como si fuese un juego de PlayStation que nos han dicho que hay que pasar y para el que, aparentemente, tenemos vidas infinitas. Da igual si lanzamos a todos los Lemmings por un barranco o matamos a nuestro héroe cuando nos sentimos acorralados, porque la partida volverá siempre al principio; con todo limpio y con todo por hacer. En mi época te daban cinco duros y eso te daba para una única partida. Es decir, había que conservar las vidas que tenías porque no había más. Lo curioso es que no hace tanto de eso. Desconozco en qué momento hemos decidido cambiar la prudencia por esa especie de insolencia vacía que nos rodea. Sobre todo cuando la vida, o el fútbol, no funciona (ni mucho menos) como un juego de PlayStation.

Insisto, el Atleti está mal. Si tienen la costumbre de pasarse por esta esquina del ciberespacio sabrán que no es la primera vez que lo digo. No me hagan repetirlo cada vez. Al principio tenía la incertidumbre de la novedad; hoy, después de once partidos de Liga, es obvio que hay cosas que no funcionan. ¿Funcionarán? No lo sé. Nadie lo sabe. Lo único que tengo claro es que soy de los que piensa que hay que pelear las partidas hasta el final y con lo que tienes, porque tú eres lo que tienes (y no lo que deseas tener).

El Atleti saltó a Mendizorroza con una alineación remozada. Imagino que los que llevaban meses reclamando caras nuevas («¿Para qué les han fichado?») agradecerían ver la presencia de Llorente y Herrera comandando el centro del campo. «Por fin» dejábamos de ver a Koke y a ese Thomas que «falla más que una escopeta de feria», ¿no?. Bien, la realidad, ingrata ella, estropeó un diagnóstico tan apresurado. La primera parte fue espantosa y lo fue, entre otras cosas, porque el equipo rojiblanco jugó sin centro del campo. No sólo fue incapaz de sacar un balón jugado, sino que también fue incapaz de robárselo al rival. La presión adelantada del Deportivo Alavés fue excelente, pero eso no debería ser excusa para una actuación tan pobre. Especialmente desalentador fue el concurso de Llorente; superado en todos los frentes, carente de personalidad y completamente irrelevante. Herrera hacía de escudero de nadie. Mientras Saúl intentaba dar y recibir (a la vez, y por tanto sin conseguir cualquiera de las dos cosas), Lemar se dedicaba a regatear a la intrascendencia. Moraleja: Thomas es el único centrocampista de la plantilla capaz de hacer jugar al equipo. Así de simple. ¿Tiene errores? Sí, porque es el único que intenta arriesgar con el balón; algo que, por cierto, es muy parecido a lo que le pasa a Correa. Resulta que al final, la pérdida de un jugador con Rodri, a pesar del efecto estupefaciente de la zarzuela estival y los cantos de sirena, ha resultado ser un verdadero drama.

La segunda parte, con Thomas en el campo, fue otra cosa que se pareció más a un partido de fútbol. Sirvió para ver que el Atleti también puede competir con el balón y para confirmar que Diego Costa, que sigue sin estar, está cada vez más lejos. Quedó claro también que, hoy por hoy, la dupla titular en la delantera colchonera es Morata y Correa. El primero es un tipo profesional y voluntarioso con muchas cosas buenas. Suyo fue el gol que casi gana el partido. Lamentablemente, suyo fue también el error que evitó la victoria. La diferencia entre los grandes equipos/jugadores está ahí: en definir justo cuando hace falta. Lo de Correa es una pequeña victoria moral para el que suscribe. Siempre he creído que se trata de un futbolista bastante mejor de lo que reflejan sus números o sus detractores. Al final lo único que está claro es que la pérdida de un jugador como Griezmann, a pesar del efecto estupefaciente de la zarzuela estival y los cantos de sirena, ha resultado ser un drama.

Todo esto debería hacernos reflexionar sobre nuestra actitud a la hora de encarar el futuro; cuando dudamos entre sacrificar al héroe para reiniciar la partida o pelear por esta vida, la nuestra, mientras podamos. La experiencia nos dice que Rodri, o Griezmann (o Falcao, o Gabi…) dejan un agujero muy difícil de reparar. Seguramente con Simeone ocurriría lo mismo.

Se hace llamar "escritor intruso", pero ya se está convirtiendo en escritor de cabecera. Alimentó un blog en torno al Atleti (“Y los sueños, sueños son”) desde 2007 a 2017 así como otros blogs clandestinos sobre música, cine, series y política. Además, es compositor, cantante, guitarrista y teclista de los 'Happy Losers'. También ha publicado discos en solitario bajo el pseudónimo de Lukah Boo. Entre otras rarezas tiene un título de Ingeniero Industrial firmado por el Rey.

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