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Fútbol

El primer Alemania-España: el día que la República venció al III Reich

La Historia quiso que en 1935 se enfrentasen un régimen fascista que acababa de nacer con una República que estaba a punto de desaparecer

El 12 de mayo de 1935, los futbolistas de la Selección española entraron al terreno de juego del estadio Müngersdorfer de Colonia en medio de un pasillo de saludos romanos. Fue la intimidante bienvenida al Tercer Reich. En la parta alta de las gradas ondeaban una sucesión de banderas con la esvástica nazi. Aunque el tiempo no acompañó aquel día a orillas del Rin, 73.000 personas acudieron al campo para ver el primer partido de fútbol de la historia entre Alemania y España. La final del Europeo Sub-21 del pasado domingo fue el último. En la memoria reciente de los aficionados españoles está el gol de Torres en la Eurocopa de 2008 o el de Puyol en las semifinales del Mundial de 2010. No obstante, para encontrar el origen de esta rivalidad histórica hay que remontarse 84 años atrás…

El enfrentamiento entre Alemania y España fue un acontecimiento social que paralizó no sólo a los dos países protagonistas, sino a todo el Viejo Continente. Las entradas se agotaron con un mes de antelación. Según las cifras que se manejaron en el momento, otras 240.000 personas se quedaron con las ganas de acudir al estadio. La expectación era máxima. Para el día del partido se fletaron docenas de autobuses y hasta 23 trenes especiales. El ambiente en Colonia era festivo. Las calles se llenaron de colorido, alemán y español. Alrededor de dos mil aficionados de nuestro país se desplazaron para animar a la selección. Por unas horas, las banderas tricolor de la Segunda República se entremezclaron con las esvásticas nazis. Menos de un año antes, en agosto de 1934, Adolf Hitler se había convertido en Führer. España se encontraba a las puertas de la Guerra Civil.

La historia quiso que se enfrentasen un régimen totalitario que acababa de nacer con una República que estaba a punto de desaparecer. Más de 180 cronistas venidos de todos los rincones de Europa se reunieron en las tribunas de prensa del Müngersdorfer para cubrir el encuentro. En el palco de autoridades no estuvo Hitler, pero sí el alcalde de Colonia, el embajador de España en Berlín y el ministro de Educación alemán, Bernhard Rust, autor de la frase: “Toda función de la educación es crear nazis”.

Cuando desde la megafonía sonó el Deutschland über alles (Alemania sobre todo), el público se levantó de sus asientos para alzar el brazo derecho y entonar el himno nacional. Los jugadores del cuadro germano se unieron a sus compatriotas con el mismo saludo fascista. La Vanguardia dibujó el paisaje de una forma muy clarificadora: “El nacionalismo alemán estaba desbordado. Se concedía una importancia sensacional a esta lucha”.

Al mismo tiempo, formando una circunferencia casi perfecta alrededor del centro del campo, comparecían, con rostro serio y cabeza baja, Guillermo Eizaguirre, Ramón Zabalo, Jacinto Quincoces, Leonardo Cilaurren, José Muguerza, Simón Lecue, Martín Vantolrá, José Iraragorri, Isidro Lángara, Luis Regueiro y Guillermo Gorostiza. Unos minutos antes, los once nombres que alineó de inicio el seleccionador español, Amadeo García de Salazar, habían escuchado ante la mirada de los aficionados alemanes el himno del Riego… una canción en tributo al general que se rebeló contra los abusos del poder. de un monarca absolutista. El técnico que se sentó en el otro banquillo, Otto Nertz, era un hombre de férreas convicciones nazis. Una década después luchó contra las tropas soviéticas en la Batalla de Berlín, la última que se libró en suelo alemán. Una vez la bandera con la hoz y el martillo hondeó en la maltrecha capital germana, Nertz fue capturado y encerrado en la cárcel de Sachsenhausen. Falleció poco tiempo después.

La magnitud del partido entre Alemania y España se hizo notar hasta en la designación del colegiado. El escogido fue el belga Jan Langenus, quien había arbitrado cinco años atrás la primera final de la historia de los Mundiales, entre Uruguay y Argentina.

En los prolegómenos a la salida al campo de los futbolistas alemanes y españoles, los equipos infantiles de Colonia y Essen se enfrentaron en un amistoso. Posteriormente, grupos de cuatro jóvenes de diferentes ciudades del país, dirigidos por veteranos del fútbol alemán, realizaron sobre el césped varias series de ejercicios de manejo y control de la pelota.

El partido contra Alemania fue acogido con cierto escepticismo por parte de la prensa española. El Mundo Deportivo advirtió en su previa que todas las “ventajas e imponderables” correrían a favor del equipo que jugaba en casa. El seleccionador de España, Amadeo García, apeló a las emociones de sus futbolistas para encarar el duelo. Según la crónica del ABC, el entrenador se valió de “frases elocuentes en las que el corazón tenía más influencia que la expresión misma”.

Alemania venía de superar ampliamente a Irlanda, Suiza, Francia y Bélgica en enfrentamientos previos. En la Copa del Mundo celebrada sólo un año antes, la segunda edición de la historia, el combinado teutón alcanzó las semifinales, pero no pudo superar a Checoslovaquia. De haberlo hecho, se habrían cruzado en la final con la Italia de Benito Mussolini. Todo un caramelo para la propaganda fascista. En una ronda menos se quedó la Selección española, que cayó eliminada en los cuartos de final precisamente ante la Italia que terminaría llevándose el título, favorecida por el Duce y por los árbitros.

Las diferencias futbolísticas entre Alemania y España saltaron a la vista desde que Langenus hizo sonar su silbato y la pelota comenzó a rodar sobre el césped. Casi parecían dos deportes diferentes. El cuadro local era un equipo serio y ordenado, en el que el bloque pesaba más que cualquier individualidad. En el otro lado del campo se encontraban los jugadores españoles, con un juego más anárquico, imaginativo y vistoso. 84 años después, el mundo ha cambiado radicalmente, pero el fútbol de Alemania y España no tanto…

Los anfitriones arrancaron el partido presionando fuerte y haciendo valer el factor campo. En el minuto 11, el delantero Edmund Conen remató con potencia un centro lateral para batir a nuestro portero, Eizaguirre, e inaugurar el marcador. Unos pocos minutos después, el entonces guardameta del Sevilla impidió el segundo tanto germano. La victoria comenzó a construirse gracias a esa parada.

Antes de alcanzar la media hora de juego, el sensacional delantero del Real Oviedo Isidro Lángara estableció la igualada con un remate a ras de césped. España había comenzado a desquitarse del nerviosismo y a desplegar su fútbol más brillante. Hubo momentos en que la Selección bailó a Alemania. La fiabilidad defensiva que se les presuponía ya no era tanta. No eran máquinas, sino seres humanos con una presión extrema sobre sus hombros.

El segundo tanto de Lángara, un remate cruzado a pase de Martín Vantolrá, terminó por tensar todavía más la cuerda. La todopoderosa representante del III Reich corría el riesgo de acabar siendo derrotada por un conjunto republicano. Los futbolistas germanos disponían de 45 minutos para evitarlo.

La segunda mitad del encuentro disminuyó en calidad, pero la Selección logró su objetivo: que no se moviera más el marcador. La victoria consagró a los hombres de Amadeo García como futbolistas al nivel de austriacos, italianos o checos.

Sorprendentemente, la reacción de los más de los aficionados alemanes en las gradas no fue colérica. Todo lo contrario. “Y entonces, ante la derrota consumada, para lección de nuestros impresionables temperamentos latinos, salió la superficie la serena disciplina de las multitudes alemanas. Ni un gesto de malhumor. Ni una sola manifestación de hostilidad al equipo que había batallado sin suerte y salía vencido. No apareció esa despiadada ironía de nuestros públicos, que en su disgusto no suelen tener compasión para los suyos en desgracia. Con serenidad admirable se aceptó la derrota”, escribió Eduardo Teus en el As previo la Guerra Civil. El Berliner Tageblat destacó en su crónica que “no hemos de olvidar que los españoles son profesionales y lucharon con un temperamento del que sólo los meridionales son capaces”. La propaganda del partido nazi no aceptó la derrota de tan buen grado y censuró del video resumen del encuentro los dos tantos españoles.

Los aficionados alemanes que no acudieron al estadio y vieron aquella pieza manipulada probablemente nunca supieron de la existencia de Isidro Lángara. Nacido en 1912 en Pasajes, un pequeño pueblo ubicado en la parte norte de Guipúzcoa, el autor del doblete con el que España derrotó a Alemania fue uno de los mejores delanteros de la historia de nuestro fútbol. Portando la elástica del Oviedo ganó los pichichis de 1934, 1935 y 1936. Marcó la friolera de 281 goles en 220 partidos oficiales. El estallido de la Guerra Civil cortó de raíz su meteórica carrera. Durante el conflicto se mantuvo fiel al bando republicano. Lángara formó parte de la selección vasca (https://alacontra.elindependiente.com/seleccion-euskadi/) que realizó una gira por Europa y América para recaudar fondos y promocionar la República y el Gobierno Vasco. La victoria del franquismo en la Guerra le pilló marcando goles en México con el CD Euzkadi, el club de fútbol que surgió de aquella selección de espíritu antifascista. Curiosamente, la liga mexicana de ese año la ganó el Asturies CF, un conjunto también conformado por exiliados españoles.

La historia de Martín Vantolrá, el hombre que asistió a Lángara en el segundo tanto de España ante Alemania, no es menos fascinante. Un año antes del duelo en Colonia, este desequilibrante extremo catalán, al igual que el delantero guipuzcoano, disputó junto a la Selección española la Copa del Mundo de Italia. 36 años después, un Vantolrá volvió a representar a su país en una cita mundialista. Sólo que José, el hijo de Martín, no vistió los colores de España… sino de México. El lateral derecho de Toluca fue titular en los cuatro partidos que su selección jugó en el torneo, celebrado precisamente en suelo azteca. Su padre, Martín Vantolrá, uno de los héroes de la victoria de la Segunda República española ante el III Reich, tuvo que exiliarse en México por culpa de los horrores de la Guerra Civil. Los Vantolrá, Martín y José, son la única pareja padre e hijo en haber participado en dos Mundiales con dos países diferentes.

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