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Alemania, radiografía de una foto

“De todos los jugadores de la selección de Alemania que conquistaron el Mundial de 2014, el menos valorado por la opinión pública en función de su contribución fue Mezut Özil”.

Nunca hubo un arma de destrucción masiva con más poder que el balón. Eso lo entendieron hace mucho tiempo los políticos de todas las latitudes para ganar con la pelota escaños y votos. Para perpetuarse en el poder o convertir la victoria en un reflejo interesado de sus conciudadanos. El deporte en general y el fútbol en particular han hecho más por algunos dirigentes que cualquier ministerio de propaganda o televisión publica a su servicio. Lo que ocurre es que el discurso, a veces, queda al descubierto cuando la derrota desnuda la falacia, los tópicos y las fotos con filtros. No tenía ninguno la de Özil, el último en dejar en paños menores a Alemania, cuando todos nos la imaginábamos también una potencia mundial en eso de la integración.

“De todos los jugadores de la selección de Alemania que conquistaron el Mundial de 2014, el menos valorado por la opinión pública en función de su contribución fue Mezut Özil”. No hay estadística que respalde esta afirmación, pero son palabras de capitán, concretamente de Phillip Lahm, el último alemán en levantar una Copa del Mundo. La afirmación es anterior a la reciente renuncia del mediapunta alemán a la Mannschaft, en los días en los que la tetracampeona del mundo era alabada por todos, cuando los ecos del Mundial de Brasil 2014 todavía resonaban frescos en nuestra cabeza. En aquella victoria tampoco fue el más mediático Mezut, aunque se distinguiera por uno de esos intangibles que tanto se valoran en la vida: pedir el balón cuando más quemaba en los partidos.

No ha sido en cualquier caso la responsabilidad en la derrota lo que ha apartado a Özil de la selección, tampoco su bajo nivel (en la línea del resto de Alemania) en el pasado Mundial. Ha sido una foto y una campaña desaforada de desprestigio desatada en su país natal y a la vez el de acogida de sus padres. Los hechos, conocidos por todos, nos remiten a una foto con Tayyp Erdogan tomada unos días antes del inicio de la Copa del Mundo en Rusia. La instantánea se produjo en Londres y en ella aparece también Ilkay Gundogan. Los dos jugadores tienen ascendencia turca, son gastarbeiter, nietos del milagro alemán. No lo sabíamos pero en ese mismo momento había empezado a resquebrajarse la Alemania multicultural e integradora que actuaba como referente mundial también en materia futbolística.

Para su caída definitiva habría que esperar todavía cuarenta días, cuando Özil, uno de los veteranos del equipo de Joachim Low, demoliera los cimientos de la integración racial y cultural que había representado la Mannschaft desde antes incluso de su título mundial en Brasil. Lo hizo a través de una carta, en la que confesaba sentirse víctima de una campaña racista, orquestada desde las más altas esferas de la política y el fútbol alemán, reflejo también de una sociedad que ha visto como la ultraderecha crecía hasta alcanzar los 90 escaños que la AfD posee en el Bundestag (Parlamento) desde 2017. Özil dio nombres, algunos tan significativos como el del Presidente de la DFB (Federación de Fútbol de Alemania), Reinhard Grindel, al que responsabilizaba de la situación. El debate había saltado ya del terreno de juego y se propagaba por todos los niveles de la sociedad alemana. En A LA CONTRA hemos querido conocer también los padres de esta derrota que va mucho más allá de lo que dicta el marcador.

En un contexto donde Europa se pregunta a sí misma qué hacer ante la riada de inmigrantes que embarcan en el Mediterráneo sus sueños, Alemania enarboló en primera instancia la bandera de la solidaridad y la apertura de conciencias. Fue también referente en eso en el Viejo Continente, donde desde 2015 dio entrada de forma masiva a refugiados provenientes en su mayor parte de Siria, Afganistán e Irak. Angela Merkel se ganó el favor de su pueblo con un gesto amparado bajo un eslogan: Wilkommenskultur (Bienvenida de Culturas), que la convirtió también en referente a nivel mundial. La ola de euforia desatada en Alemania ‘animó’ a otros países a dejar de mirar a un lado, pero la efervescencia propia de esta decisión duró poco. Las protestas tampoco se hicieron esperar. Pese a ello, Alemania ha recibido desde 2015 a casi dos millones de refugiados, de los cuáles alrededor del 80% son musulmanes. En Alemania ya existía una amplia comunidad musulmana (el 8% de los 83 millones de alemanes practican el islam) y con el incremento de este colectivo también aumentó su rechazo.

En cualquier caso, los actos de racismo y xenofobia han estado siempre latentes frente a los hijos y nietos de los gastarbeiter (los descendientes de los trabajadores que fueron contratados principalmente en la década de los 60 para reflotar la economía alemana). La comunidad extranjera que más ha sufrido estas embestidas ha sido también la más numerosa en Alemania, la turco-musulmana, donde dos de sus principales representantes tocaron el cielo en Brasil, defendiendo a Alemania. Hablamos de Özil y Khedira. Ambos fueron considerados entonces alemanes de pleno derecho. De hecho, tanto Mesut como Sami han nacido en Alemania, el primero en Gelsenkirchen, el segundo en Stuttgart. El 10 de la Mannschaft reconoció tras Rusia 2018 que su país siempre le vio como turco en la derrota.

Económicamente también había un peaje que pagar. La llegada incontrolada de inmigrantes mermó las arcas públicas y eso repercutió en la vida del resto de los alemanes. Resentido el bolsillo, las protestas elevaron (aún más) el volumen. Según el Ministerio de Economía alemán el coste de la crisis migratoria podría superar los 93.000 millones de euros en un período de dos años. Y es que detrás de la política de acogida de Angela Merkel también hay un componente económico. Tal y como destapó el Reinhische Post a principios de 2017, el objetivo del ejecutivo liderado por la Canciller es mantener los niveles de la población alemana (83 millones) en esas cifras hasta 2060. Sin la colaboración de la migración masiva eso sería imposible. Alemania necesita que cada año entren en sus fronteras 300.000 inmigrantes para lograr este objetivo.

A las críticas cosechadas desde el primer día por el ejecutivo alemán se le han sumado los brotes de violencia y delincuencia, relacionados siempre con los estratos más bajos de la sociedad. Estos actos también han servido de caldo de cultivo a los medios más conservadores y a los sensacionalistas para lanzar un mensaje basado en el miedo y la confrontación. Ese guante no ha tardado en ser recogido por la política. Alternativa para Alemania (AfD) ha sabido recoger esa indignación ciudadana y posicionarse como el principal opositor a las políticas migratorias de Merkel. El partido, liderado por Jörg Meuthen y fundado en 2013, ha tratado de desvincularse de la extrema derecha y presentarse ante los alemanes como un grupo más cercano al liberalismo clásico. En cualquier caso, su política antimigratoria y su defensa de la antiislamización de Europa han gozado del respaldo de buena parte de los teutones. Hoy ya es la segunda fuerza política del país, concentrando gran parte de su respaldo en la región del este. Tras las pasadas elecciones federales celebradas en septiembre de 2017, la AfD obtuvo un 12,6% de los votos, entrando por primera vez en el Bundestag con 94 parlamentarios.

Esa radicalidad desde la óptica política también ha tenido su reflejo en el fútbol con grupos como “Hooligans contra los salafistas”. Este tipo de asociaciones acoge a los hinchas más violentos del balompié, que muestran ciertas simpatías con grupos neonazis. Fueron aficionados afines a estos grupos los que ya en junio pitaron e insultaron a Özil en Leverkusen, antes de acudir al Mundial de Rusia. Según desvelaría luego el propio jugador, Grindel, el presidente de la Federación alemana, había desplegado ya la política de comunicación que sembraría el rechazo hacía los jugadores musulmanes. El pasado persigue al máximo mandatario del fútbol alemán y ex diputado de Democracia Cristiana. Grindel, en su etapa como miembro del parlamento, se pronunció en contra de la cultura islámica y calificó el multiculturalismo como “un mito y una mentira”.

El eco de sus intenciones ya había sido recogido por periódicos como el populista BILD, que también dio altavoz a leyendas de la Mannschaft como Matthäus. El exjugador del Bayern entre otros le acusó de no sentir la camiseta. No ha sido la única vieja gloria que ha puesto la zancadilla a Özil. Nada más conocer la decisión del mediapunta alemán, Uli Hoeness, presidente honorario del Bayern de Munich, también quiso dar su visión del asunto en Bild: “Lleva años jugando sucio. No ha dado batalla desde 2014 y ahora esconde su mierda de rendimiento detrás de esa foto”.

Ante una situación así Özil decidió pedir el balón también fuera del campo, una vez se habían apagado los focos: “No soportaré ser el chivo expiatorio de su incompetencia (…). Sé que me quiso quitar de la selección por mi foto pero no pudo porque Joachim Löw y Oliver Bierhoff (selecccionador y director deportivo, respectivamente) me respaldaron”. Eso también es marcar un gol por la escuadra, al racismo y la xenofobia, concretamente. Desde que anunció su renuncia a la Mannschaft las muestras de apoyo también se han multiplicado. Angela Merkel no tardó en pronunciarse aunque su discurso sonara distante: “Özil ha hecho mucho por la selección y debemos respetar su decisión”. Aunque el único político para el que Mezut tuvo palabras de agradecimiento fue Frank-Walter Steinmeier (Partido Socialista), uno de los más comprometidos a la hora de gestionar la crisis desatada por su foto con Erdogan.

El último matiz para intentar comprender la tormenta desatada por esa instantánea es la disputa deportiva que desde hace algún tiempo mantienen Alemania y Turquía. Ambas naciones compiten por organizar la Eurocopa 2024 y desde la federación alemana entienden que la foto se puede interpretar como un apoyo no solo hacia Erdogan en materia política, sino también en estas cuestiones deportivas. De hecho, el primer ministro turco tiene prohibido pisar territorio alemán con fines poselitistas, y desde esa óptica se interpretó la foto, más allá del Rhin. Allí, como ocurre en otras tantas latitudes, las grietas de la integración son cosidas o descosidas por el fútbol según la dirección que toma el balón. Tiene Alemania, en cualquier caso, buenos ejemplos en su historia de hacia donde conduce el carril del odio y la xenofobia. Todavía están a tiempo de marcar el gol que puedan celebrar todos. La asistencia habría que anotársela a Özil.

1 Comment

1 Comment

  1. Luis

    11/08/2018 at 12:29

    Menudo artículo más flojo y sensacionalista

    Por cierto Khedira a hijo de alemana, hay que documentarse antes de escribir.

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