¡Síguenos!

Opinión

Buena suerte para un buen tipo

Lo observé en 2006. De lejos, pero durante 24 horas. Que era tímido se apreciaba sin necesidad de acercarse, pero también que era un tipo afable.

Esto no es un obituario ni pretendo serlo, nada se ha muerto, si acaso la nostalgia que dejaremos de sentir cada vez que veamos una carrera de Fórmula 1. Fernando Alonso deja la F1, pero seguirá corriendo en competiciones que nos volverán a congregar frente a la televisión, como en los viejos tiempos, como sucedió en Indianápolis o en las 24 Horas de Le Mans. Mi única intención con este texto es salir al paso de un reproche. En los últimos días, hemos leído las críticas de compañeros como Massa (“Fernando divide a los equipos”) o de adversarios en los boxes como Horner (“suele crear caos”). No entraré en entresijos competitivos que desconozco, aunque sí me siento mínimamente habilitado para rebatir una sensación generalizada, y que doy por seguro que se habrá visto reforzada por las declaraciones que cito. Está instalado en muchos aficionados que Fernando Alonso es un antipático patológico, y en algunos se ha desarrollado, incluso, una extraña inquina.

La anécdota que voy a relatar es antigua y tiene el valor que cada uno quiera darle, poco probablemente. Pero la saco a colación cuando Alonso es criticado por cuestiones que van más allá de lo automovilístico. Sucedió en 2006. Fernando Alonso estaba en la cima de su éxito. Se acaba de proclamar por segundo año consecutivo campeón del mundo y no exagero si digo que no había deportista más admirado en España y, en cierto sentido, más temido. Falsas o no, ya había noticias de su mal carácter.

Buen amigo de José Ramón de la Morena, Alonso aceptó, y hasta promovió, la realización de un programa de El Larguero en la base de la Legión en el Líbano. Aquella era una zona de conflicto y, según pudimos saber poco después, los riesgos estaban en el límite de lo asumible. Recuerdo que embarcamos en un avión de la Fuerza Aérea en Torrejón y que Alonso era detenido a cada paso para reclamarle fotos y autógrafos. No sé saltó ni uno ni dejó de sonreír a cada petición. Que era tímido se apreciaba sin necesidad de acercarse, pero también que era un tipo afable. No piensen que intento santificarle por firmar autógrafos, pero deberían imaginar cuántas peticiones caben en un viaje de 24 horas, cuántos achuchones y cuántos palmetazos en la espalda. Alonso, al yo que no perdía de vista desde distancia siempre prudencial, viajó sentado en compañía de un amigo de la infancia (no la tenía tan lejos), que es justo lo que hubiera hecho cualquiera en caso de poder elegir. Nada extravagante, más bien lo contrario.

Aplacado durante el vuelo, cuando llegamos a Beirut se reanudó el asedio. Alonso volvió a ser rodeado por fans de uniforme o de paisano, mientras José Antonio Camacho, también en la expedición, era recibido con el saludo militar por los soldados en la plaza, a los que contestaba del mismo modo; ser seleccionador debería convalidar por una capitanía o similar. En las horas que siguieron repartí mi atención entre los miembros del Ejército que nos protegían y el sonriente Alonso. Nos hubieran podido atacar los marcianos y no habríamos sentido miedo, tanta es la seguridad que inspiraban nuestros protectores. Y creo que Alonso no hubiera dejado de sonreír en mitad de ese ataque selenita.

Cuando llegamos a la base, y después de cuadrarse ante Camacho, los legionarios se fueron a por Alonso. Uno de ellos le ofreció su teléfono móvil y le pidió que hablara con su novia para confirmarla el encuentro y desmentir la borrachera. El terrible Fernando accedió y con paciencia bíblica le explicó a la chica que él era él, o sea Alonso, el de la Fórmula 1, y que allí estaba con su chico, en la entrañable noche libanesa. Insisto: no cambió ni el rictus ni el buen ánimo. No contó chistes porque no debe ser su especialidad, pero tuvo un compartimiento que pintaba de blanco su leyenda negra.

Con el paso de los años, ha advertido en Alonso un intento por proyectar una imagen más amable, o tal vez ocurra que la madurez le ha destensado y rebajado la timidez. Y tengo la impresión de que no se le ha reconocido el esfuerzo. Entre alguna gente ha prevalecido el cliché convertido en tópico. Que es un borde, un lobo solitario con el que cuesta identificarse.

Ahora que Fernando Alonso abandona la Fórmula 1 (quizá fue abandonado primero) aprovecho para reivindicar a la persona que observé en aquel viaje al Líbano y un año después en una mina de Oviedo a 600 metros bajo tierra, en otro Larguero intrépido. Créanme si les digo que era un buen tipo, sin parecido alguno al campeón huraño que imaginamos, me darán la razón sus allegados y la mujer de un legionario.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

4 Comments

4 Comments

  1. Pingback: El adiós de Fernando Alonso I Fórmula 1 I A La Contra

  2. Pingback: Carlos Sainz coge las riendas de Alonso | Fórmula 1 | A la Contra

  3. Pingback: ¿Estamos ante los últimos años de la generación de oro? | Multideporte | A la Contra

  4. Pingback: Hasta luego Fernando Alonso I Fórmula 1 I A La Contra

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más en Opinión

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies