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La Tribuna de Brian Clough

El Liverpool y dejar de perder

En condiciones normales debe ser favorito para la Supercopa de Europa y el Mundial de Clubes, y quizá esta temporada pueda cerrar las tres décadas de espera y lograr por fin el título más añorado por la afición del Liverpool.

Primero habrá que empezar por aclarar qué es ganar y qué es perder, si asumimos el extremo en el que solo gana uno y que el subcampeón no es más que el primero entre los perdedores o si aceptamos el punto de vista más moderado por el que cumplir un objetivo es una victoria en sí. También debe existir un nivel de exigencia en la ecuación. Al Tottenham no se le puede exigir ganar la Copa de Europa, así que llegar a la final es un éxito, pero no es una victoria, el trofeo se fue a Anfield.

El Liverpool ha sido un club difícil de descifrar. Cuando yo llegué al fútbol era el rival a temer, acababa de ganar su cuarta Copa de Europa y su nombre intimidaba. Era el Madrid de las cinco Copas de Europa, el Ajax o el Bayern que encadenaron tres consecutivas. Luego llegó la final del Heysel de Bruselas, en 1985, la sanción, en principio a perpetuidad, en las competiciones europeas y el desastre de Hillsborough cuatro años después. El fútbol inglés estaba a punto de cambiar para siempre, y la creación de la Premier League pilló al Liverpool con el pie cambiado. Desde entonces, seis clubes se han repartido los títulos de Liga: Manchester United (13), Chelsea, Manchester City, Arsenal, Blackburn Rovers y Leicester City. La temporada 2019-20 será la del trigésimo aniversario de la última liga ganada por el Liverpool.

Con esos antecedentes no es de extrañar que los aficionados más jóvenes, como nuestro colaborador Pablo Rivas, vean al Liverpool como un club perdedor, dándole el apodo de “Loserpool”. Desde la Liga de 1990, el Liverpool ha añadido a sus vitrinas 3 FA Cup, 4 Copas de la Liga, 1 Copa de la UEFA, 2 Supercopas de Europa y 2 Copas de Europa. 12 trofeos en 30 temporadas parecen insuficientes para un club de su estatura. Y bien es cierto que ha habido muchas derrotas. La final de la Copa de Europa en Kiev ante el Real Madrid, con actuación estelar de Karius incluida (desde el punto de vista red), la final de la Copa de la UEFA ante el Sevilla en 2016, una Copa de la Liga perdida ante el Manchester City por penaltis, todas estas bajo el mando de Jürgen Klopp. Por supuesto, está también la última edición de la Premier League en la que el Liverpool consiguió la tercera puntuación más alta de la historia, lo que le habría hecho campeón de cualquier liga salvo de las dos últimas.

Roy Evans, hasta 1998, fue el último entrenador de la línea sucesoria del Boot Room o de antiguos jugadores. Gerard Houllier inicialmente llegó para compartir el puesto con Evans, pero con la renuncia de éste al cabo de unos meses, Houllier quedó al frente. Si bien logró ganar cinco Copas en el mismo año natural (FA Cup al Arsenal, UEFA al Alavés, Supercopa al Bayern, Copa de la Liga ante el Birmingham y Charity Shield ante el United) y una segunda Copa de la Liga ante el United dos años después, no estuvo a la altura en la competición local y apenas logró un subcampeonato. En mayo de 2003, el Liverpool perdió en Stamford Bridge contra el Chelsea, en lo que fue una final por la cuarta plaza. La clasificación para la Copa de Europa afianzó la compra del club londinense por parte de Roman Abramovic, en uno de esos momentos que pudieron decidir el futuro de ambos clubes.

Benítez reemplazó a Houllier y terminó su andadura con una sorprendente Copa de Europa (aunque reivindicada con un subcampeonato dos temporadas después), una Supercopa de Europa y una FA Cup ante el West Ham, pero perdió una Liga porque Benítez no supo mantener la calma. Se presentó en una rueda de prensa con una lista de agravios y puso en evidencia que Ferguson le había ganado la batalla mental. La frustración del Liverpool fue especialmente aparente ante el rocoso Stoke City, que logró empatarle los 2 partidos. De nada sirvió la exhibición en Old Trafford (1-4).

Tras la FA Cup del Liverpool de Benítez, los reds fueron incapaces de ganar trofeo alguno hasta la Copa de la Liga de 2012, ante el Cardiff City y por penaltis, con Kenny Dalglish en el banquillo. La Copa de la Liga no deja de ser el menor de los torneos, pero al menos alimenta en período de hambruna. En esas temporadas el Liverpool había fluctuado entre la sexta y la octava posición durante cuatro años consecutivos, justo después de aquella Liga en la que Benítez había perdido los nervios. Dalglish es destituido –personalmente creo que una leyenda como él debía haberse ido antes para no estropear su recuerdo de épocas anteriores– y sustituido por Brendan Rodgers. Fue de la mano del entrenador norirlandés cuando el Liverpool estuvo más cerca de volver a ganar la Liga.

Aquella fue la temporada de Suárez y Sturridge, sin lesiones, y la aparición estelar de Sterling. El Liverpool no estaba entre los favoritos, pero se hizo con la primera posición y tras derrotar al Manchester City 3-2 en Anfield, todo parecía encaminado para, por fin, lograr el título. Ahí se produjo el conocido discurso de Gerrard en un corro de jugadores: “We don’t let slip”, “no dejemos que se nos escape”. La casualidad quiso que el propio Gerrard resbalase (slip, en inglés) y Demba Ba marcase para el Chelsea. Con el Liverpool volcado, llegó un 0-2 que Torres no quiso marcar y cedió a Willian. Con opciones todavía de ganar el título, el Liverpool dejó que un 0-3 en campo del Crystal Palace se convirtiese en un 3-3 que entregaba la Liga al City de Pellegrini. Un auténtico mazazo para el “Loserpool”. Cada temporada que pasa más se quiere ganar la Liga y más pesa la urgencia. La obsesión recuerda a la del Real Madrid en la larga búsqueda de la séptima Copa de Europa, aquella que se hizo esperar 32 años.

La temporada siguiente, la 2014/15, el Liverpool cayo a la sexta posición y antes de fin de año, en 2015, Rodgers fue reemplazado por Klopp. La tarea del alemán no era fácil. Visto con la perspectiva del tiempo, el Liverpool estaba en puertas de convertirse en un “has been”, un club que fue grande, un gran pasado donde apenas cabía destacar un oasis –magnifico, por otra parte– en forma de la Copa de Europa de Estambul. Klopp, inicialmente, no logró romper esa inercia perdedora, con las ya mencionadas derrotas en la Copa de la Liga, la Copa de la UEFA y la Copa de Europa. Pero el equipo sí ha ido mostrando progresión de su mano y ha vuelto a ser un grande. La plantilla ha ido cambiando, entre sus ideas y las del club (se dice que él pidió a Brandt, pero el club opto por Salah) e incluso ha ido modificando su estilo de fútbol, añadiendo más registros y dándole al equipo una solidez defensiva que no tenía. Ya es fijo en la Copa de Europa, ya ha pasado de outsider a candidato, y en la última temporada ha recortado 24 puntos al Manchester City (en la temporada 2017/18 terminó a 25 puntos del campeón).

Pero le faltó un punto. En la Premier League de nuevo ha vuelto a perder, y aunque haya sido el mejor perdedor nunca visto en Inglaterra, sigue siendo el primero de los derrotados y quizá el empate en casa ante el Leicester o en las visitas al West Ham o Everton tuviese ese momento equivalente a la duda de Benítez o el resbalón de Gerrard. Mientras confirmamos una u otra tendencia en las próximas temporadas, el premio de consolación logrado por Klopp, la sexta Copa de Europa del club, unida a resultados como una cómoda victoria en Múnich o la goleada al Barcelona, no es una mala manera de ir alejando el complejo de perdedor. En condiciones normales debe ser favorito para la Supercopa de Europa y el Mundial de Clubes, y quizá esta temporada pueda cerrar las tres décadas de espera y lograr por fin el título más añorado por la afición del Liverpool.

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