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Fútbol

Aquí no ganaba ni Dios

Esta es la fachada del estadio de Pasarón en Pontevedra, donde todavía se escucha el grito de ‘hai que roelo’ que en los años 60 le llevó a derrotar a todos los grandes en su estadio y a ser líder de Primera.

He acudido al estadio de Pasarón de Pontevedra por primera vez en mi vida. A la noche no puedo evitar la tentación de escribir lo que me ha transmitido este estadio, encajado en amplios muros de hormigón, que hoy estaba herméticamente cerrado. No había forma de acceder a él, a este campo del que tantas veces escuché hablar a ese fanático del fútbol que siempre será mi padre. Él asociaba Pasarón a esa leyenda que dejó aquel Pontevedra de los años sesenta, «hai que roelo», que, por lo visto, no era otra cosa que la épica del trabajo colectivo. Desde ahí llegó a ser líder de Primera División y, como le escuchaba decir a mi padre, cuando se jugaba aquí, en Pasarón, era un 1 fijo en la quiniela. Yo no había nacido.

Es más, yo nunca he visto al Pontevedra en Primera. Ni siquiera lo he visto nunca como un equipo puntero de Segunda y parece mentira en una ciudad de esta categoría. Quizá por eso hoy, la primera vez en mi vida que he estado en Pontevedra, he reservado un momento para acercarme a Pasarón, para ver cómo es el sitio en el que se rodó aquel milagro en los años sesenta. He visto un estadio ubicado junto a una iglesia (Peregrino Santiago) desde la que se escucha lo que no se imagina en las iglesias: el ruido de los goles. También he visto un estadio reformado, aunque quizá eso hoy sea lo de menos. Porque lo que realmente me ha llamado la atención es que, a través de las ventanas transparentes de su fachada, que nos dejan ver la zona  VIP y algunas partes de las gradas, continúa escrita y repartida la leyenda del ‘haí que roelo’. Hay fotografías, incluso, que nos trasladan a esos años sesenta, cuando cayeron aquí Real Madrid, Barcelona o Atlético, todos. Qué bonito de contar y qué difícil de lograr. Luego dicen que no existen los héroes.

Han pasado más de 50 años. Nadie lo ha vuelto hacer. Quizás por eso la leyenda de aquel Pontevedra tiene aún más valor. Y a su lado aparecen tipos tan curiosos como yo entre otras razones porque vivo con la idea de que los estadios de fútbol también son cultura. Volver a ella siempre es un aliciente que nos ofrecen las ciudades, como me ha sucedido a mí estos dos días en Pontevedra. La imaginación ha volado a una época que ya no existe. Una época en la que el Pontevedra impresionó a gente como mi padre o como Narciso, que vivió todo esto in situ. La diferencia es que entonces trabajaba de ferroviario y ahora ya está jubilado. Tiene cerca de 80 años y memoriza como si fuese hoy los nombres de Batalla, Neme o Cholo, el capitán de aquel equipo que completaba sus ingresos conduciendo un trolebús. Todo eso hizo de aquel Pontevedra un equipo único. Un auténtico hueso bajo el paradigma del «haí que roelo», que, en realidad, representaba la posibilidad de mantenerse en pie en la adversidad, la certeza de lograrlo. Y todo eso fue tan importante que hasta el futuro rey Don Juan Carlos, que entonces estudiaba en la Academia Naval de Marín, venía a ver los partidos aquí. A este mismo estadio que lleva tantos años encarcelado en la Segunda B como era imposible imaginar en los años sesenta. Pero así es la vida y así es el fútbol. Siempre hay una primera y una última vez.

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