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Arctic Monkeys.

Música

Arctic Monkeys, ¿último disco?

Esto pretende ser una crítica del nuevo disco de Arctic Monkeys, Tranquility Base Hotel & Casino, que acaba de ver la luz el 11 de mayo. Para poderla hacer, necesito desarrollar una idea que tiene que ver con su trayectoria.

Estábamos avisados. En los premios Mercury del 2006 (!!!) Alex Turner, cantante de Arctic Monkeys, agradeció el galardón a disco del año diciendo: “Que alguien llame a la policía, han robado a Richard Hawley”. Mientras, el citado Hawley sonreía en la platea sin disgusto aparente. Los chicos de Sheffield que habían reventado el mercado musical con un disco guerrero de Punk-Rock a través de descargas ilegales que ellos mismos alentaban, se rendían a su vecino y amigo, un ilustre crooner que suele despachar tranquilas obras maestras de pop-rock clásico y melódico con facilidad cada par de años. Tenían 20 insultantes años. El nombre del disco nos avisaba: Whatever people think I am, that’s what I’m not. Nada de lo que pensábamos sobre quiénes eran era cierto. Habían metido en un disco de rebeldía adolescente una canción como Mardy Bum, con insinuaciones melódicas sugerentes, cierta delicadeza inesperada. Pero el LP era una colección de temas urgentes y pegadizos, directos como un puñetazo, que se convirtieron en himnos generacionales.

Su segundo trabajo, Favourite worst nightmare, que vio la luz tan solo un año después, iba a transcurrir por la misma línea: era enérgico, rápido y divertido. Entre tanto, sacaron un EP que se llamaba “Who the fuck are Arctic Monkeys?”. Mucha productividad. Facturaban hits como rosquillas. Se iban a comer el mundo.

El nuevo aviso llegó con el difícil tercer disco, el que marca el estancamiento o evolución de un grupo. Lo grabarían en EEUU con Josh Homme, de Queens of the Stone Age. El resultado, Humbug, fue un disco redondo y oscuro de Desert Rock que coqueteaba con el Heavy e incluso la psicodelia, sin descartar deliciosas melodías pop (Cornerstone). En todo caso, seguía siendo un disco de guitarras, la batería de Matt Helders marcaba un ritmo ligeramente más lento pero poderoso. Las letras eran todavía genuinamente británicas: había pubs, chicas y desengaños. Era un disco más complejo y oscuro, pero suponía un paso necesario para poder salir de la zona de confort de sus primeros largos. Dar el estirón es difícil. Se notaba ya evolución y crecimiento, tanto en temática como en estilo.

Iban a profundizar en ello en el cuarto disco (¡en cinco años!), el variado, luminoso y colorido Suck it and see. De nuevo un cambio: se confirmaba que la única constante en su trayectoria era la variedad. En cada disco se anticipaba en un tema el sonido del siguiente, lo sugerido en alguna canción de Humbug se generalizaba en el nuevo LP: melodías pop jugueteaban con el primario y optimista rock de los 60, estribillos pegadizos, guitarras acampanadas y brillantes, coros de orquesta. Elvis y los Beatles encontrando unos inesperados herederos 50 años después. Su atuendo mutó, adiós a la estética británica mod, hola chupas de cuero, Harleys y tupés, somos rockers como Richard Hawley.

Que el grupo punk-rock que era en sus inicios mostrara que podía variar y crecer demostraba una vasta y profunda cultura musical y una férrea voluntad de evolucionar y no quedarse estancados, presos de opiniones ajenas. No se cortaban en probar estilos, la calidad presidía todo lo que hacían. El disco fue un éxito rotundo. Estaban preparados para el dominio planetario, que iban a conseguir con el siguiente disco. Una pista: falsetes.

AM ha sido, sin exagerar, y abro debate, el mejor disco de los últimos 20 años. Es la encarnación de la frase “Hago lo que quiero, como quiero y cuando quiero. Y lo hago increíblemente bien.”

Álbum imposible de definir, variadísimo, con múltiples influencias musicales que van del rock de los 70 al funk e incluso el hip hop, rezuma calidad y exuberancia por los cuatro costados. Los falsetes presiden los coros, los estribillos son arrebatadores, hay canciones urgentes, las hay bailonas y también encontramos tiempos lentos. Las letras son adultas en la aceptación de las propias flaquezas, irónicas, picantes. Es un disco sexy, brillante, que aglutina todas las influencias y muestra todo el desarrollo del grupo, un punto y aparte o quizá un punto y final.

Se llama así por nombrar las iniciales del grupo tanto como por homenajear la madrugada, cuando la música que escuchamos en los bares tiene otro calado. Es un espejo en el que se refleja y brilla la música que precede a la actual, a través de un filtro moderno y sofisticado. La canción One for the road puede pasar por ser la mejor o al menos la más representativa del grupo, con una introducción que es un estribillo y viceversa, cantada con morosa dejadez, como rapeando a desgana, con inevitables falsetes, acompasada por un ritmo sexy y culminada por un gran poderío guitarrero. Es tan buena que no tuvieron más remedio que prologarla en su hermana Arabella. Efectivamente, se comieron el mundo.

¿Y qué se puede hacer después de esta Magnum Opus?

Nada.

No se puede hacer nada más.

O lo dejas todo para ser un hermoso y perfecto recuerdo, mueres joven para ser un mito irrepetible o… sigues viviendo.

Y eso es lo que han hecho Arctic Monkeys con este último disco: seguir viviendo. No podían o querían repetir el modelo AM y han hecho su disco más rompedor hasta la fecha. Ellos que han roto con todo en cada una de sus obras, que han mutado inopinadamente y casi sin avisar de disco a disco, han hecho un disco lento de música de casino que, vamos a decirlo ya, es casi malo.

Y es prácticamente lo único que podían hacer. Voy a tratar de explicarlo a ver si consigo entenderlo mientras lo escribo.

Si en cada disco estaba la semilla del anterior, si su trayectoria estaba sembrada de avisos que solo los avezados entendían, en esta ocasión la señal profética era el último corte de AM, I wanna be yours. Un tiempo lento atmosférico lleno de efectos reverberantes que al menos conservaba una ligera percusión y rasgueos guitarreros.

Bien, pues Tranquility Base Hotel & Casino nos lleva a un cantante ya definitivamente convertido en crooner (volvemos a R. Hawley) al que sus compañeros no han querido dejar solo. O él a ellos. Convertido ya en líder total, aunque siempre lo ha sido en el plano creativo, Alex Turner llamó a capítulo al guitarrista Jamie Cook el año pasado y le enseñó las canciones que compuso con la única compañía de un piano que le regalaron por su 30º cumpleaños.

—¿Es esto Arctic Monkeys o es solo mío?, le preguntó.

Cook, desconcertado y generoso, le contestó que veía ahí a los Monkeys. Dormidos, pero estaban ahí.

Siempre habían cambiado y esta vez también lo iban a hacer. Iban a acompañar a su frontman en su equivocación. Los amigos verdaderos son así. El batería Helders, fuente energética de la banda, también dio el visto bueno y comenzaron a grabar. Su estética se redefinió hacia un lugar indefinido de los años 70, adultos con melena vestidos con traje completo en colores camel.

El disco fue compuesto por Turner en solitario en su casa de Los Ángeles en el intervalo más grande entre discos de los AM, cinco años, mientras sus compañeros volvían a Inglaterra a vivir y se convertían en padres. Es el disco de un hombre solo que ha tocado el cielo y tiene que bajar, un disco de resaca después de la fiesta, resultando triste, lento y lírico como suelen ser las resacas. De las guitarras y la batería espasmódica al piano. Es el disco de un chico que se ha hecho adulto y se ha quedado solo, en la cumbre, en su mansión, aburrido, pensando sobre su vida. Es un LP de solista, en realidad de cantautor, que ha tocado un grupo. Es un disco raro, nada rítmico (Helders, de tan poco que ha aporreado la batería, ha experimentado con sintetizadores), húmedo y pesado, algo aburrido. Los cortes son muy similares entre sí, quizá para reivindicar en momentos de canciones individuales el conjunto de ellas.

En tiempos de Spotify y cortes únicos, radiables, píldoras comerciales, Alex Turner y los suyos abogan por el denostado LP. Es un movimiento arriesgado, pues ya nadie tiene tiempo para escuchar un disco entero. No hay singles aquí, funciona como una unidad. Los Arctic Monkeys, que salvaron el rock, quieren salvar la música como experiencia profundizadora. Mi opinión es que ya lo hicieron con AM, no hacía falta un volantazo tan grande, pero asumo que no les quedaba más remedio. Y que lo iban anunciando, ya lo dije antes. Las letras son evocadoras, profundas, introduciendo elementos de ciencia ficción como metáforas de la fama y su hermana la soledad: hablamos de estrellas, claro. Pero en realidad solo brillan dos cortes en la primera escucha: la inteligente y brillante Four out of five y, sobre todo, la canción que titula al álbum, Tranquility Base Hotel & Casino, que derrocha calidad, sofisticada hasta el extremo, ligeramente rítmica, lo que la hace accesible y amable. Una canción que podría abrir una peli de James Bond.

Así pues, la nota del disco es aprobado raspado. Y esta condición abrillanta más sus notables y sobresalientes discos, y sobre todo, hace de AM un lucero inolvidable en su trayectoria y en la música de principios de siglo XXI. TBH&C es su Hautacam, es el Tour que perdió Induráin: sin él, no se entiende lo gigantesco de su gesta, los cinco seguidos. Yo fui a París a animarle en la última etapa del que le robó Riis en el 96 y escucharé este disco varias veces más por si me acaba gustando.

Este podría ser el último disco de los Arctic Monkeys, tiene toda la pinta… o el inicio de otra cosa diferente (para ellos siempre es diferente) y quizá mejor. Quizá Alex y los chicos se dejen ir definitivamente, quizá sean leales a las inclinaciones de los otros, se respeten y sigan juntos. Ojalá puedan hacerlo. En la vida cotidiana todos evolucionamos hacia diferentes lugares, pero mantenemos cerca a quien queremos o nos enriquece. Si es así, este será el peor disco de su alabadísima trayectoria, pero siempre tenemos algún mal episodio en la vida, ¿verdad? Y suele estar pegado al mejor, normalmente antes, así que solo debemos esperar a que llegue su siguiente evolución. Tienen que salvarnos del reggaetón.

Escritor madrileño autor de los libros 'Cosas que he roto' y 'Cómo pudo nadie dejarte escapar' se incorpora a la familia de 'A la Contra' en calidad de barcelonista académico, como su hermano Marwan.

1 Comment

1 Comment

  1. Zoila Díaz

    14/05/2018 at 21:59

    Vale… Creo he debo ser la única seguidora a la que le gusta el último disco… Evolución, hacer lo que al artista le apetezca… a mí me llega, por eso me encanta esta banda. Lo mismo pasó con Thom Yorke y Radiohead, “abandonados” por las hordas de fans en sus últimos trabajos.

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