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Foto: Luis Cárcamo

Libertadores

Argentina, capital Madrid

La Copa Libertadores no debería sentirse extraña en Madrid. Son muchos los lazos que unen a Argentina con la capital de España. Del general San Martín a Perón, pasando por Evita o Di Stéfano.

Queridos visitantes argentinos, aquí en Madrid deberían sentirse como en casa. O no considerar tan lejos Buenos Aires. Decía Martín Hache en la inolvidable película del mismo nombre que solo echaba de menos los tejados, lo que sugiere que el resto no le incomodaba: “Extraño los tejados de Buenos Aires. Los tejados de Madrid son prolijos, tienen tejas, son armónicos… Los de Buenos Aires suelen ser terrazas planas en las que se mete lo que sobra, tanques de agua, ropa colgada. Dan la sensación de que sobran; de que están hechos porque no había más remedio”.

Si les ataca la nostalgia, mis queridos visitantes, pueden mirar hacia arriba, pero yo aconsejo que observen a su alrededor. Tampoco se encontrarán a disgusto los Libertadores, patronos del torneo exiliado. José de San Martín vivió en Madrid antes de ser general. Estudió en el Real Seminario de Nobles, un edificio ya desaparecido, ubicado en la calle Princesa. Combatió contra Napoleón para España y con la casaca del ejército español y por aquí aprendió las destrezas que luego utilizó en su lucha por la Independencia. De modo que es uno de los suyos y, en cierto modo, uno de los nuestros. Por cierto, su padre falleció en Madrid en 1832.

Quien quiera visitar la estatua de San Martín no tiene más que darse un paseo por el Parque del Oeste. Lo encontrará sobre un caballo rampante y señalando al horizonte como todo general que se precie. Quien desee saber dónde se casó Simón Bolívar no tiene más que callejear por el barrio de Chueca. En la intersección de las calles Gravina y Libertad hay una placa que reza: «El 26 de mayo de 1802, en el solar que ocupa esta casa, Simón Bolívar contrajo matrimonio con María Teresa del Toro». Digno de un relato romántico es el amor que profesó Bolívar por su esposa madrileña fallecida ocho meses después por unas fiebres amarillas. A buen seguro, Don Simón tampoco hubiera puesto objeciones a una Copa Libertadores en Madrid.

Por aquí pasaron más leyendas. Carlos Gardel debutó en el Teatro Apolo de Madrid el 10 de diciembre de 1923, 95 años no son nada. Actuó acompañado de José Razzano y sus guitarristas de cabecera, José Ricardo y Guillermo Barbieri. Cuentan que su éxito fue clamoroso y que llenó cada noche. Debe ser verdad porque regresó en 1926, 1928 y 1929. Entre sus fieles estaba la Reina Victoria Eugenia y la Infanta Isabel. España había descubierto el tango. Para que se hagan compañía, Gardel tiene calle en el mismo distrito que el General San Martín, en Moncloa-Aravaca.

Antes que Gardel, en 1919, llegó a Madrid un joven de 20 años de nombre Jorge Luis Borges. Lo hizo acompañado de sus padres y hermana, la pintora Nora Borges, bellísima según las crónicas. Se alojaron en la Puerta del Sol número 11, en el Hotel Americano (así lo atestigua una placa) y el escritor ocupó la habitación 84, en el piso principal. Borges vivió en Madrid dos años y él mismo reconoció que escribió aquí “sus primeros poemas publicables”. También cuenta con una calle, en el exclusivo barrio de La Moraleja, una vía que conecta por un extremo con la calle dedicada a Agatha Christie y por el otro con la que rinde homenaje al también escritor Jorge Guillén. Se deben montar buenas tertulias en la zona.

Llega el momento de recuperar los generalatos para hablar de Juan Domingo Perón. Exiliado en Madrid desde 1955, el general se alojó en la calle Doctor Arce número 11, a una caminata del estadio Bernabéu. Allí fue vecino de Ava Gardner, en un episodio que ha servido de argumento para la indispensable serie Arde Madrid. Entre ambos se generó una tensión bélica y esa guerra la ganó el animal más bello del mundo. Las juergas de Ava no dejaban dormir al general, que telefoneaba cada noche a la Guardia Civil en petición de auxilio. Se cuenta que la Gardner le llamaba “maricón” cuando Perón ensayaba discursos en la terraza de su casa.

En ese mismo edificio residía otro famoso vecino: el dirigente fascista Blas Piñar, representante de la extrema derecha durante la Transición. También tuvo desencuentros con la libertina Ava. En una ocasión, la actriz le abrió la puerta desnuda para acto seguido cerrarla en sus narices. No está claro si Blas Piñar ya odiaba a los estadounidenses o empezó a hacerlo por culpa de Ava Gardner. El caso es que en 1962 escribió en ABC un artículo incendiario contra los Estados Unidos de título inequívoco, Hipócritas. Así dicen sus primeras líneas: “Los que no tuvieron escrúpulos para lanzar la primera bomba atómica sobre los seres indefensos de Hiroshima; los que condenaron al fuego hombres y ciudades, y en Nuremberg se erigieron en jueces de los criminales de guerra; los que hoy, pusilánimes y temblorosos, llaman la atención sobre el peligro comunista entregándole como botín patrias y culturas…”.

Pero volvamos a Perón. Harto de la Gardner cambió de casa y se trasladó junto a su esposa Isabelita a Puerta de Hierro, una zona tranquila y exclusiva más propia de su condición. A su residencia, La Quinta 17 de octubre, llegó el 3 de septiembre 1973 el cadáver embalsamado de Evita, muerta 21 años antes, y cuyos restos habían salido de Argentina en 1957 con rumbo a Italia dentro la denominada Operación Evasión. Perón depositó el cadáver en el jardín de invierno de la planta baja, como si fuera Blancanieves, y allí permaneció dos años, hasta que fue reclamada por la Junta Militar y enterrada en el cementerio de La Recoleta dicen que sobre un nicho explosivo. Aunque esta historia pertenece a otra novela.

Evita, por cierto, visitó Madrid por primera vez en 1947, como embajadora y símbolo de lo que iba a ser la ayuda de Argentina a la hambrienta España de la posguerra. La primera dama fue recibida por una multitud al grito de “¡Franco, Perón, un solo corazón!”, pero su primera impresión no fue muy positiva. Así se lo contó a su peluquero: “Cuando Franco se me vino a los pies, yo pensé que era idéntico a Caturla, el que vendía pollos en Junín. Era petiso, barrigón, con pinta de almacenero, y llevaba una banda que se le apoyaba en la panza. Hasta la mujer y la hija se parecían a la mujer y la hija de Caturla ¡Y con todo lo que Perón me había hablado de él…!”.

Carmel Polo, la esposa del Genaralísimo, la odió de inmediato y de inmediato fue correspondida: «A la mujer de Franco no le gustaban los obreros, y cada vez que podía los tildaba de rojos porque habían participado en la Guerra Civil. Yo me aguanté un par de veces hasta que no pude más, y le dije que su marido no era un gobernante por los votos del pueblo, sino por imposición de una victoria. A la gorda no le gustó nada». Cabe señalar que Evita tenía 27 resplandecientes años cuando pisó Madrid y la señora Polo, 47 más bien lánguidos. Prueba de que Eva Perón dejó huella es que cuenta con calle, parque y estatua en la capital.

El último lazo a la historia de Perón en Madrid lo puso Jorge Valdano. Así lo reveló en 2001 el diario argentino La Nación. En el terreno donde se alzaba la casa de Perón, Valdano construyó en compañía de un socio siete lujosos chalets. El exfutbolista ocupó uno de ellos. Y lo hizo plenamente consciente de quién había vivido allí antes. «Quienes frecuentan a Valdano aseguran que llegó a Puerta de Hierro casi por un azar entre los dos extremos de la fortuna: la suerte y la quiebra. Años atrás, para el extrenador era una cábala tocar los muros de la Quinta de Perón camino a un campo cercano donde trabajaba con sus jugadores. No fallaba. Y tan segura resultó su cábala que, años después, Valdano se enteró de que podía acceder al terreno y a un negocio interesante si compraba la quiebra de un proyecto inmobiliario (…). No se lo pensó mucho».

Como no podía ser de otra forma, Alfredo Di Stéfano también da nombre a una vereda, próxima a la Ciudad Deportiva de Valdebebas, donde se levanta su estatua. La Saeta llegó a Madrid (y al Real Madrid) a los 27 años y desde entonces pasó la mayor parte de su vida en España. Pese a todo, no perdió el acento porteño, hasta parece que se le fue reforzando con el tiempo. Aunque entrenó a Boca (en 1969 y en 1985-86), aseguran que cada fin de semana solo le interesaban dos resultados, el de River y el del Real Madrid, por ese orden. 

Hemos mencionado a dos argentinos madridistas (Di Stéfano y Valdano), pero el club español más vinculado con lo argentino es el Atlético de Madrid. Hasta 49 argentinos han vestido la camiseta de rayas blancas y rojas y en la relación hay que incluir a José Eulogio Gárate, nacido en Sarandí durante una visita de sus padres a sus abuelos exiliados. Por no mencionar la influencia filosófico del Cholo Simeone, libertador del pueblo rojiblanco.

En Madrid también lucimos calles dedicadas a Bariloche, al Río de la Plata, al Aconcagua y a Julio Cortázar, que además dispone de un Centro Cultural. En el callejero, o callejeando, se toparán con  una avenida de los Andes y otra de la República Argentina, muy próxima al estadio de la final. Eso sí, en el homenaje municipal a las islas del mundo, hemos puesto calle a las Hébridas, Kuriles, Marianas, Marquesas, Marshall, Mascareñas y Molucas. Incluso Vírgenes, lo que tiene mérito en estos tiempos. Sin embargo, para encontrar las Islas Malvinas el visitante tendrá que desplazarse a Getafe, donde también hallará la calle del fútbol.

Hasta un barco de guerra argentino tiene calle en Madrid. Se trata del Torpedero Tucumán. Su historia es peculiar. En 1937, en plena Guerra Civil, el diputado Ramón Serrano Suñer (cuñado de Franco) se escapó de la cárcel Modelo de Madrid disfrazado de mujer. Así llegó hasta Alicante, donde se embarcó en el torpedero con destino a Marsella. Poco después, Serrano Suñer, reconocido filonazi, regresó a España para ejercer como mano derecha de Franco (no podía ser otra mano).

Ni River ni Boca tienen calles en Madrid, todavía. Disponemos del Río Manzanares que aceptaría ser River a cambio de un poco más de caudal y de infinitas bocacalles que podrían consolar a la hinchada xeneize. También contamos con los hermosos Jardines de Sabatini que hubiéramos dedicado a Gabriela de no haberse adelantado en el siglo XVIII el arquitecto italiano Francesco Sabatini. Incluso tenemos una calle Bombita, pensada en principio para el torero sevillano pero que también podría acoger al personaje de Ricardo Darín en Relatos Salvajes. 

En fin, queridos amigos argentinos, siéntanse como en casa. Y si para evitar un repentino acceso de morriña necesitan que revolvamos un poco nuestros tejados no tienen más que pedirlo. 

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

3 Comments

3 Comments

  1. Jon Rico

    07/12/2018 at 22:58

    Me gusta mucho este artículo, Juanma. Ya le estoy enviando enlace a mi porteña amiga Monimar.

    • monica

      08/12/2018 at 23:11

      Jon Jon gracias amigo….

  2. Pingback: Una vez en un sueño I Libertadores I A La Contra

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