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Fútbol

Arrivederci Monchi

Monchi abandona la Roma con el equipo quinto en Liga y eliminado de la Champions. El fichaje frustrado de Malcom fue el principio del fin. Su futuro apunta a Londres.

El pulgar se ha terminado inclinando hacia abajo. Como tantas veces en el Coliseo. No hay piedad ante la derrota, tampoco tiempo extra ante una masa enfurecida que pedía a gritos una víctima. Desencantada con el espectáculo, nostálgica de las hazañas recientes. No resistió  más tiempo Ramón Rodríguez Verdejo «Monchi» su primer combate en albero ajeno, lejos de su Sevilla de adopción, por más que Roma comparta similitudes con la capital hispalense: esa pasión desbordada, ese derbi irracional, ese orgullo capitalino. Señas de identidad que ayudaron al gaditano a asentarse a orillas del Tíbet, pero que han resultado insuficientes en una segunda temporada donde las expectativas demasiado altas acotaron en exceso la paciencia. El Olímpico de Roma, que es el Coliseo de la época contemporánea, llevaba tiempo vociferando, reclamando al César una respuesta. Pallota ha calmado a sus huestes bajando el pulgar.

Se cierra así la etapa de Monchi en la Ciudad Eterna, donde el director deportivo ha vivido todas las emociones que desprende la montaña rusa del fútbol. Catapultado por la euforia de la eliminatoria, con remontada incluida, ante el Barça, la vuelta a unas semifinales de Copa de Europa y un tercer puesto en Liga que auguraba que lo mejor estaba por llegar. Encumbrado entonces por los tifossi romanos y por los directivos de un club que se daban golpes en el pecho asegurando que tenían al mejor en los despachos. Todo rodaba a la perfección hasta que la primera decepción llegó en verano. Un amor no correspondido fue el principio del fin. El no de Malcom abrió una herida con la planta noble que el césped nunca terminó de cerrar. Todo lo contrario. Los resultados fueron vinagre sobre la brecha.

Y es que un irregular comienzo de temporada descabalgó demasiado pronto a los romanos en la carrera por la Serie A. Seis partidos sin conseguir la victoria antes de terminar septiembre dejó claro que el equipo viajaba en cuádriga, mientras al norte, ya saben, lo hacen con un Ferrari, pilotado por Cristiano. Cumplido apenas un mes de competición la exigente afición giallorossi empezaba a dudar de los suyos. El equipo había perdido jugadores claves, líderes dentro del campo, que aportaban un plus de calidad a la plantilla. La respuesta orquestada por Monchi fue suplir esa pérdida de clase y aplomo con juventud e ilusión pero el resultado no fue el esperado.

Esa pérdida de carácter y experiencia que aportaban los Nainggolan, Strotman o Alisson se echaba aún más de menos con el viento en contra. La falta de confianza hizo mella en el equipo que se convirtió en un conjunto poco sólido, que alternaba buenas rachas de resultados con goleadas incluidas (en la Serie A y en Europa) con derrotas bochornosas como la cosechada en la Coppa de Italia por 7-1 ante la Fiorentina. Para entonces, mediados de enero, el equipo ya se había encallado y la única esperanza del club, en el que los rumores de un posible despido de Di Francesco ya sobrevolaban Trigoria, era una actuación estelar en la Champions. Al menos el sorteo había sido benévolo con los italianos y pese a quedar segundos el bombo había deparado una eliminatoria frente al Oporto.

Pero dos derrotas consecutivas, la primera en el derbi romano frente a la Lazio (3-0) y la segunda en la vuelta de octavos de final de la Champions que suponía además la eliminación europea (3-1), han sido el detonante para despedir a Eusebio Di Francesco. Monchi había emplazado su futuro a la continuidad del técnico. Di Francesco fue la apuesta personal del gaditano cuando llegó a la Ciudad Eterna y su principal valedor en los malos momentos. La tensión reinante ya se palpó nada más terminar la prórroga del polémico partido en Oporto, en el que la Roma fue eliminada por un penalti en el minuto 118 que necesitó la revisión del VAR. Di Francesco no compareció posteriormente con los medios y el propio Monchi tuvo un altercado con los tifossi en el aeropuerto luso. El jueves cayó Di Francesco. El viernes, el que se iba era Monchi. 

Avalado por sus éxitos deportivos y económicos, el ya ex director deportivo de la Roma llegó a la capital italiana para repetir el milagro de los panes y los peces. Algo que en el fútbol se consigue vendiendo barato y comprando caro. Acuciado por el Fair Play Financiero Monchi repitió la fórmula desde su llegada. En su primera temporada consiguió unos ingresos (en ventas como la de Mohamed Salah) de 154 millones, mientras que la inversión superó por poco los 93. Casi 60 millones de beneficio. La gran temporada cosechada el año pasado ayudó a revalorizar a la mayoría de la plantilla, por lo que Monchi continuó haciendo caja. La venta más alta de la historia giallorossi lleva su firma: Alisson se marchaba al Liverpool el pasado verano por 73 millones de euros. Le acompañarían Nainggolan (38 millones) y Strootman (25) para un total de 149 millones en ingresos y una inversión de 127.

Precisamente es el dinero gastado y el rendimiento de algunos de esos fichajes los que han terminando agrietando la relación de Monchi no solo con la directiva, sino también con la grada. Salvo el joven Zaniolo (incluido por el Inter en el traspaso de Nainggolan) y que se ha ganado a la afición con desparpajo, goles y clase, ninguno del resto de fichajes ha cuajado grandes actuaciones. El portero Olsen no ha hecho olvidar a Alisson y Nzonzi tampoco ha rendido al nivel que lo hizo en Sevilla. Mientras tanto jóvenes promesas como Justin Kluivert, Ante Coric o Cristante han visto cortada su progresión con un papel residual. Especialmente llamativo fue en su momento los casi 25 millones desembolsados por Pastore. El rendimiento del argentino ha terminado dando la razón a los más críticos. En los 14 partidos disputados solo ha marcado tres goles y dado una asistencia. 

Pero la espina clavada que se lleva Monchi de su periodo en la Ciudad Eterna es el fichaje frustrado de Malcom. El brasileño estaba montado en el avión que lo iba a llevar a Roma cuando una llamada del Barça le hizo bajarse de la aeronave y cambiar el Olímpico por el Camp Nou. Aquella negativa pesó especialmente sobre los hombros de Monchi a ojos de la directiva. La Roma se quedó compuesta y sin extremo, perdiendo además el que iba a ser fichaje estrella de la temporada.

Con un clima de tensión cada vez más irrespirable, con la confianza de la directiva restañada y sin el técnico en el que él había confiado, Monchi ha llegado a un acuerdo con los propietarios del club para poner punto y final a su etapa romana. Lo hace dejando 80 millones de beneficios y un puñado de jóvenes sobre los que debería edificarse el futuro giallorossi. Algunos de ellos ya han alzado la voz y han presentado su candidatura para continuar los pasos de Totti, De Rossi o Florenzi. Si alcanzan ese nivel el paso de Monchi por la Ciudad Eterna habría sido bien empeñado. Por lo pronto el gaditano dice arrivederci, sabedor de que no le van a faltar ofertas. A la siguiente quizá conteste en inglés, Emery lo quiere a su lado.

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