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A la izquierda, Ángel Arroyo, segundo en el Tour de Francia 1983. A la derecha, él mismo trabajando en un lavadero de coches (Fuente: Movistar).

Ciclismo

Arroyo: de podio en el Tour a un lavadero de coches

Arroyo, segundo en el Tour 83, no cree en su jubilación. «La pensión no me daría ni para pagar la calefacción con el frío que hace en Ávila en invierno«.

Tampoco seré neutral esta vez. Regresaré 35 veranos atrás, al Tour de Francia del 83, donde tal vez no nos sentíamos preparados para contar lo que hizo él. «Ni siquiera fue TVE hasta que se dieron cuenta de que no quedaba otro remedio», recuerda hoy Ángel Arroyo, reconvertido «en un hombre de 62 años y en un simple globero de la bicicleta». La mayor parte del tiempo lo pasa en uno de los lavadores de coches que un día montó en Ávila, «tras fracasar en la inmobiliaria», para ganarse la vida. Hace de «jefe y de empleado», como en el Tour del 83. Y, como entonces, sigue trabajando cara al público. Pero la diferencia es que ahora cada día cuadra la caja y tarifa de autónomo y no parece convencido cuando habla de esa palabra llamada jubilación que parece tan merecida. «Has visto algún ciclista que pueda jubilarse», pregunta. «No sé ni los años que llevo cotizados. No quiero ni preguntarlo. Pero tengo la sensación de que con lo que me quedaría de pensión no podría ni pagar la calefacción en invierno con el frío que hace aquí, en Ávila».

Porque Arroyo es de Ávila, de El Barraco, desde donde apareció hace 35 años con una literatura inolvidable. La prueba es que subió al podio de París como segundo clasificado, tras Laurent Fignon, en ese pedazo de nosotros que fue el Tour del 83. «No supe ni lo que había hecho. Todavía me cuesta admitirlo. Pero siempre hay momentos que te lo recuerdan. Mire, el otro día estaba trabajando y vino un padre y una hija que querían hablar conmigo porque habían visto la película del Movistar y descubrieron que el hombre que les lava el coche había sido segundo en un Tour. Anécdotas como esas he tenido a miles en mi vida, pero son eso: anécdotas. Uno no puede perpetuarse en el tiempo. La gente tiene que olvidarse de las generaciones del pasado porque es así. Máxime de gente como yo, que nunca fui, o no supe ser, un buen relaciones públicas de mí mismo. Quizás por eso he tenido pocos seguidores pero a la vez muy fieles. Gente que sabe que este Ángel Arroyo siempre fue así. El que hoy lava los coches es el mismo que fue segundo en un Tour. Uno madura pero no tiene por qué cambiar».

Ángel Arroyo.

Ángel Arroyo.

La realidad es que fue un gran ciclista. «Era mejor bajando que subiendo, porque ante todo era un atrevido. Nací para ser ciclista. Nací con esa vocación desde los siete u ocho años en el que desafié a mis padres: o me compráis una bicicleta o me voy de casa». Luego, el destino se comportó a su favor. «Tuve tres años muy buenos, del 81 al 84, en los que me salía casi todo lo que intentaba. No me descentraba nada. Ni siquiera lo que pasó en el Tour del 83. Durante la carrera nació mi hija, pero yo tenía que estar ahí, en ese Tour, en el que demostramos a los franceses que no llevaban razón. Nos trataban a los españoles como ciclistas de segunda fila hasta que llegaron los Pirineos. Entonces Perico y yo demostramos que podíamos estar ahí. No tuvimos miedo ni bajando ni subiendo, y eso que era nuestro primer Tour». Pero quizás eso es lo que 35 veranos después nos incita a recordar con tanta fuerza, a explicar un mundo en el que el romanticismo ganaba los partidos. Nos podía faltar información pero no nos faltaba valor.

«Yo me acuerdo de llegar a los hoteles y de lavarme los maillots con mis propias manos. Recuerdo que el masajista Manuel Arrieta me decía, ‘quita, quita, que te lo lavo yo’, porque veía que me enfadaba después de las palizas que nos dábamos en la carretera. Pero yo no le dejaba, porque no me quejaba de lavar el maillot sino de que a esos niveles en los que nos movíamos no hubiese ni para una lavadora», insiste hoy Ángel Arroyo, un tipo caracteristico por su sensatez y por su voluntad, la misma que le lleva a levantarse cada día a las siete de la mañana a los 62 años.

«Siempre supe que iba a ser así. Máxime para mí que tuve que dejar el ciclismo pronto, a los 32. Me vinieron unas fiebres extrañas que ya nunca más me dejaron rendir como yo necesitaba». La inteligencia fue aceptarlo y olvidarse de las fotografías como la del Tour del 83 que, sin embargo, a menudo regresan a su vida. «No por mí, sino por la gente que me lo recuerda como usted o el caso del padre y esa hija que le he contado que vinieron a verme al lavadero. Te gusta, pero al momento te recuerdas a tí mismo que eso ya pasó, que tu vida ya es otra y que, al menos, el ciclismo me dejó un dinero para reiniciar mi nueva vida. Y tantos años después aquí estoy. Aquí me ve, tal cual. Siempre procurando dar una atención estupenda al público porque ahora mis victorias son los clientes que confían en nuestra manera de trabajar», argumenta Ángel Arroyo, 35 veranos después de uno de nuestros grandes mitos, el Tour del 83, que naturalmente nos impide ser neutrales.

3 Comments

3 Comments

  1. Mario

    17/07/2018 at 22:13

    Qué mal tratamos en este pais a los ciclistas, salvo honrosas excepciones-Perico ,Indurain…- , cualquier futbolista con su pasado deportista nadaria en oro.

  2. Francisco

    19/07/2018 at 12:22

    Ya sé que el reportaje hace sólo referencia a su segundo puesto en el Tour. Pero, quizá, no hubiera quedado mal recordar también que gano la Vuelta a España’1982 y que se la quitaron por hacer lo que todos los demás.

  3. Rosa

    23/11/2018 at 13:54

    Duele saber que alguien que pudo llegar más lejos, por el desgaste tuvo que bajarse del caballo de hierro. Si para ese tiempo se conociera lo que los doctores ha descubierto al elevar los niveles de glutation. Otra sería su historia ¡¡

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