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Asensio se muestra al mundo. Aunque ya se le conocía. CORDON PRESS

Champions

La Champions ama al Madrid

Asensio cambió el partido con su entrada y con su gol. El Bayern tuvo el balón y las mejores oportunidades, pero este torneo se pinta en blanco.

Yo lo entiendo perfectamente, aunque no comprenda una palabra de alemán. El odio, digo. Me hago una idea bastante aproximada de la sensación de impotencia, de la rabia concentrada. Debe ser un desconsuelo comprobar que la fortuna, tanto la que se calcula en billetes como la que se cuenta en tréboles de cuatro hojas, siempre está del otro lado. No era motivación salvaje lo que movía el Bayern. Era odio reposado. Odio deportivo, si lo quieren descargar de cianuro, pero odio al fin y al cabo. Los equipos que ganan de forma recurrente no imaginan que a la espalda de su felicidad se genera una hostilidad que corroe como el ácido. Con eso se encontró el Real Madrid en Múnich y juraría que se sorprendió. De ahí partía la presión del Bayern, su energía, su angustiosa interpretación del partido. Contra algo así no se puede luchar si no es con el mismo odio. Y resulta difícil odiar cuando se viene de ganar dos Copas de Europa, cuando el pasado más reciente está dibujado con platas, confetis y música de Queen.

Establecidas las razones de cada cual, la salida del Bayern fue una invasión a toque de corneta. No se había cumplido el primer minuto cuando Müller tuvo una oportunidad oronda y lujuriosa. Los milenials han de saber que así nos pasamos los años ochenta, invadidos en cada visita a Alemania. Y ese miedo de juventud es como el frío que no te quitas en todo el invierno. Supongo que también existió un landismo futbolístico.

En esta ocasión se invirtió el orden de los factores. A la primera acción de guerra le siguió la parada militar, la ordenada exhibición de la artillería y la coreografía del desfile. Perdimos en la comparación, naturalmente. No se puede desfilar junto a un alemán sin salir ruborizado. Al menos, nos quedaron claros los principios básicos: el Real Madrid necesita frotar la lámpara y al Bayern le basta con arrojarla al área. Expresado de otra manera: para salir vivos de allí había que hacerlo con el balón.

Justo cuando pensamos que el Real Madrid había amaestrado a la pulga, marcó el Bayern. Marcelo descuidó su zona y Kimmich corrió en dirección a Keylor como un relevista jamaicano. Todos creímos que centraría, incluido Navas, pero chutó a puerta. Nos engañó con un truco básico: primero hay que fingir con la mirada que se busca al delantero y luego hay que evitar la risa.

Lo que siguió fue una gloriosa zambullida en el sufrimiento de los ochenta. Nos rodearon y nos asediaron con toda la inquina que cabe en tantos años de fracasos europeos. En el achique de agua destacaron Keylor, Ramos y Varane, aunque estoy por asegurar que también ayudaron Zoco, Pirri y Benito. No cabía más gente en el área ni más miedo en los bolsillos.

Empató Marcelo, pero no aminoró la persecución. El descanso sonó como un gong salvador y el cambio de Zidane (Asensio por Isco) como una apuesta desesperada. Ahora sabemos que también fue un acierto fabuloso provocado por la lesión de Isco en un hombro. Ya habíamos mencionado a los tréboles de cuatro hojas. Entre Lucas y Asensio fabricaron un contragolpe que culminó el mallorquín como solo lo pueden hacer los futbolistas que lo saben todo y no saben nada. Hay que conocer los secretos del juego para rematar con semejante frialdad, pero también hay que desconocer las ansiedades del mundo para mantener la calma en circunstancia parecida. En definitiva, hay que tener 22 años.

No acabó en ese punto el partido. El Bayern rugió como un león malherido y acumuló ocasiones de gol, tres, seis, una docena, buena parte en las botas de Ribéry. Lo que no paró Keylor, lo rechazó el madridista que habita en el cielo y que forma parte del consejo de dirección.

Comprendo la desesperación y, por supuesto, el odio. Ante rabia tan justificada sólo cabe mirar humildemente para otro lado y, a continuación, evitar la risa.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

4 Comments

4 Comments

  1. Miguel

    25/04/2018 at 22:50

    Se queda Marcelo solo con el palo del plumillas por el 1-0. Ninguna mención al empate del Madrid. ¿O caso fué el de Asensio el gol del 1-1?
    Mas rigor xfavor

  2. Albert

    25/04/2018 at 23:45

    De verdad que quiero que gane el Madrid porque cada vez que ocurre, haces una crónica a la altura de la gesta del equipo…brutal!
    Solo queda sufrir en el Bernabéu contra el Bayern…
    Buff…

  3. Alberto

    26/04/2018 at 13:53

    La suerte hay que trabajársela . El Madrid » apretó el culo » cuando venían mal dadas y aprovechó sus oportunidades .

    Si Salah vale 200 millones ¿ cuantos vale Asensio ?
    Encantado de reencontrarle sr. Trueba , le había perdido la pista. Gran crónica ( como siempre )

  4. antonio Méndez Guzmán

    27/04/2018 at 08:13

    Si piensas que lo contrario del buenismo es el malismo es que ves el mundo en blanco y negro.

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