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Cine

El asesino de los caprichos

El resultado final es el de un quiero y no puedo, una película de buenas intenciones y un dudoso resultado.

Dicen que en cine todas las historias están ya contadas, pero muchas veces no es tanto la historia, sino como la cuentas. Todos hemos visto mil adaptaciones del Romeo y Julieta de Shakespeare, lo hemos visto en West Side Story, donde Montescos y Capuletos son bandas del Bronx neoyorkino, en Amor entre dos mundos, donde dos mundos enfrentados en el plano, uno encima del otro, hacen el papel de las familias, lo hemos visto con unos amantes, serbio y croata en Bajo el sol, con enfermos de cáncer, sida o una fibrosis quística como en A dos metros de ti, lo hemos visto con bandas asiáticas en Romeo debe morir, y hasta en Bodas de Sangre de Lorca.

El problema no es la historia, aunque hace apenas un mes Daniel Sánchez Arévalo confesaba en un programa de televisión que en su etapa como guionista de Hospital Central su trabajo consistía fundamentalmente en copiar y adaptar las tramas argumentales que veían en Urgencias, la mítica serie americana. En esta ocasión Gerardo Herrero y su guionista Ángela Armero, han partido de una “original” idea, dos policías de personalidades muy diferentes van tras la pista de un misterioso asesino en serie, esta vez la originalidad es que el asesino escoge como víctimas a ricos coleccionistas del barrio de Salamanca en Madrid y reproduce escenas de los Caprichos de Goya con sus cadáveres.

En El asesino de los caprichos, en vez de copiar tramas como su colega, aquí el director y su guionista han tirado del catálogo de estereotipos del cine policíaco, ¿para qué imaginar? Veamos: pareja de policías que tienen que trabajar juntos pese a tener caracteres opuestos. Uno, el veterano, es un mal encarado, borde, bebedor, fumador y follador inspector que se salta las normas y al que se le supone algún drama en su pasado que le reconcome por dentro. Por otro lado tenemos el policía novato, buena persona, educado, familiar, con hijos de los que estar pendiente y cuya diversión más loca es cantar en un karaoke. No hay que haber visto mucho cine para recordar, sin casi pensar, una docena de títulos con semejantes protagonistas desde Arma letal, a Training Day, pasando por Black Rain, Tango y Cash, The Corruptor, Colors o Dos buenos tipos.

Por supuesto y siguiendo el manual del estereotipo, el poli conflictivo mantendrá un romance más sexual que sentimental, a poder ser con alguien del departamento de policía o similar, por supuesto, casado. Además tendrá algún encuentro entre las sábanas con otro personaje trascendente en la trama, y como no podría ser de otra manera, patrullará solo y será sancionado por no respetar las ordenes de sus superiores. Mientras el poli bueno cría a sus hijos, ayuda en lo que puede a su pareja, dando prioridad a su vida personal ante su carrera profesional, y se distrae cantando La puerta de Alcalá en un bar mientras su compañero se juega el tipo en solitario, en fin, lo nunca visto.

Se supone que el gran salto mortal de Herrero y Armero en este guión, eso que iba a diferenciar esta película de las demás, su toque personal donde rompen con todo el manual e inventan la rueda, es dar estos roles a dos actrices, Maribel Verdú y Aura Garrido. Se ve que, al contrario que Sánchez Arévalo; Herrero y Armero no han tenido tiempo de ver el álbum de policías femeninas de toda índole que habitan a diario en nuestras televisiones, desde las múltiples policías de CSI, Bones, el Mentalista, Croosing Lines, hasta las menos convencionales como el Tunel, Candice Renoir, Tándem o los Crímenes de Casandra, como para que resulte novedosa y transgresora esa apuesta.

La película empieza entretenida y con ritmo, pero necesita de mucha complicidad del espectador, demasiada. La primera conversación sobre quién puede ser el autor del primer crimen daña la inteligencia, pero aun así mantiene cierta tensión hasta que la cascada de estereotipos, uno tras otro, se lleva por delante la trama, con un final falto de imaginación y donde lo mil veces visto, ni sorprende ni emociona. Las protagonistas están muy por encima de la película. La pareja Verdú- Garrido es lo mejor. La Verdú realiza un acertado trabajo como la áspera y bebedora policía, mientras Aura da solidez a su personaje dotándole de sencillez sin restarle fuerza; ambas se sobreponen a la imposibilidad de crear dos trabajos propios, algo que sin duda habría dotado a la película de algo más de alma. Salen airosas sin caer en la caricatura al repetir una y otra vez gestos de dos personajes marcados por un cliché absolutamente predeterminado.

Mientras intentan solucionar el caso, el personaje interpretado por Maribel Verdú, se ve envuelta en varias historias paralelas que podrían tener recorrido y dar más cuerpo a la historia, pero que se quedan en meras anécdotas que no añaden nada al devenir de la trama. No entiendo si busca ser comercial o porqué, pero a mí me habría gustado ver esa misma historia contada sin la necesidad de copiar lo ya visto. No se porqué se castra a una actriz como Maribel Verdú y no se la permite crear un personaje propio, llevándola a una mera mueca de un mal Eastwood. Hace años, Garci demostró con su Crack, que un detective privado no necesita jugar al póker y beber whisky para ser más creíble, que una partida de mus es perfectamente cinematográfica y que llevar a los policías a cantar en un karaoke ya se exprimió hasta la saciedad en Ally McBeal y que quien conoce un bar de policías sabe que cantar, como mucho, se cantan las cuarenta.

El resultado final es el de un quiero y no puedo, una película de buenas intenciones y un dudoso resultado, que posiblemente gustará a paladares poco exigentes, muy parecida en fondo y forma a la de Calpasoro, porque a veces el cine nos deja extrañas casualidades. Con una semana de diferencia se estrenan dos películas españolas, ambas policiacas, en las dos la trama gira en torno a un asesino en serie y en ambas Aura Garrido es protagonista. El cine español es así.

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