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Opinión

Así que esto es envejecer

Iniesta, Torres, Buffon… Esos días han sido raros. Quizás sea que son los primeros tipos que veo debutar y despedirse en vivo.

Esta temporada se han despedido leyendas como Andrés Iniesta o Gianluigi Buffon. Y me ha costado digerirlo. Tengo 27 años, así que muchos (de los pocos) que han leído este titular y se están enterando deben estar pensando que exagero. Y exagero, seguro que sí, pero estos días han sido raros para mí. Creo que es la primera vez en mi vida que al ver uno de esos resúmenes edulcorados que dan los noticieros deportivos he sentido la pegada. Es la primera vez que, al ver despedirse a un futbolista al que sólo he seguido a través de la televisión, he llorado. Y he llorado no un lagrimón atorado en el párpado: he llorado como un niño.

Y quizás eso tenga que ver con que estoy envejeciendo. Lentamente, sí, pero me estoy poniendo viejo. Porque me acuerdo de las discusiones con mi hermano, cuando yo era un niño y él un adolescente, acerca de si Buffon era mejor que Toldo. Yo, idiotizado por mi temprano amor por la Fiore, votaba siempre por Toldo, pero mi hermano me decía que el que pasaría a la historia sería Buffon. Él no sabía de lo que estaba hablando, porque Buffon todavía estaba en el Parma y nadie se imaginaba que sería el mejor arquero italiano de la historia.

Me acuerdo, también, ya un poco mayor, de haber comprendido, por primera vez en mi vida, que la belleza existía bajo la forma de unos hombres bajitos que hacían circular una pelota como malabaristas. Me acuerdo de Iniesta, de Messi, de Xavi, de Deco, del Camp Nou, de Rijkaard, de Guardiola: nunca me había levantado del sillón a celebrar el gol de un equipo que no era el mío sólo por el hecho de haber sido construido con tanta maestría, con tanta sencillez, con tanta delicadeza.

Después, claro, tuve la suerte de leer a Baricco y de entender que Hervé Joncour sí existía, y que, además, había nacido en algún lugar de La Mancha, era blanco como la leche, un poco tímido y exageradamente talentoso. Que le pegaba con los dos pies, que no necesitaba levantar la suela del botín para desplazarse y que trataba a la pelota, su herramienta de trabajo, como si fuera una extensión de su cuerpo. Descubrí que no había que ser ni muy fuerte, ni muy rápido, ni muy guapo (todo lo cual agradece mi ego) para hacer vibrar al mundo entero.

Por eso, estos días han sido raros. He visto a Buffon, a Torres y a Iniesta despedirse. Y no soy ni de la Juve —al contrario—, ni del Atlético, ni del Barcelona. Quizás sea que son los primeros tipos que veo debutar y despedirse en vivo. Tipos a los que he visto con pelo y luego calvos; a los que he visto golear y ser goleados; a los que he visto levantando Copas del Mundo y quedándose sin Mundial.

Ahora que los homenajes cursis de la televisión internacional invaden nuestras pantallas, no puedo evitar sentir cómo se va formando el maldito nudo en la garganta, cómo afloran los ridículos escalofríos, cómo me miran mis colegas pensando que algo está mal en mi vida. Quisiera decirles que todo está bien, salvo que, aparentemente, estoy envejeciendo.

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

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