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Luka Modric durante el debut de Croacia frente a Nigeria I CORDON PRESS

Mundial Rusia 2018

Balón de Oro Luka Modric

El madridista guía el triunfo de Croacia frente a Nigeria y nos recuerda que escribir de él es escribir de todos.

Hay futbolistas que no deberían cumplir años. Hasta se hace casi imposible explicar que con esa pinta Luka Modric (Zadar, 1985) cumplirá 33 años en septiembre. Pero todo eso es parte de la herencia que nos deja desde que le vimos por primera vez en la Eurocopa 2008. Entonces Slaven Bilic, que era seleccionador croata, le convenció de que no podía ser de otra manera. El tiempo pasaría, pero él no podía perder nunca su afición a regatear, a conducir el balón con la cabeza levantada, como si fuese Johan Cruyff, «porque será la mejor forma de que la gente nunca se olvide de ti». Hoy, en toda esta historia, sólo se echa de menos que Modric hubiese opositado alguna vez al Balón de Oro. Pero como eso no sólo depende de él tampoco tiene posibilidad de amargarnos: la propaganda no siempre lleva toda la razón.

Hace 10 años, Modric tenía 22 y quedó marcado para siempre. Se quedó tan loco escuchando a Slaven Bilic, a ese entrenador licenciado en Derecho y cargado de adrenalina que anulaba los silencios del vestuario con música de Iron Maiden o de Arctic Monkeys. Y en ese escenario Bilic le decía a Modric que «el fútbol se parece demasiado al rock, porque ambas son disciplinas muy emocionales» y, por lo tanto, los futbolistas como él, autorizados a conducir la pelota, no pueden desprenderse de esa idea. Por eso tampoco se cansaba de pedir a Modric que nunca se olvidase de él, «tenemos que atacar como una banda de rock», «cada ataque debe ser como una descarga»… Justo lo que caracteriza a Modric con ese pelo largo, liso y a la vez revuelto, a no tanta distancia de la imagen de un verdadero heavy metal. «Bilic nos convenció de que una banda de rock es muy similar a un equipo de fútbol. Es una música emocional y honesta», ha explicado Modric, encantado con su deber de marcar diferencias, la eterna canción del número diez. «Para componer una canción, como para jugar bien al fútbol, hay que hacer algo especial».

Con esa manera de jugar tan heavy, el placer sigue siendo escribir de Luka Modric tantos años después. Un poco más envejecidos todos, sin miedo a los abrazos ni a los silencios, la manera de constatar que los regateadores todavía están vivos en el fútbol moderno. Una relación muy deseable que anoche frente a Nigeria volvió a cotizar alto, responsable de casi todo lo que pasó a balón parado. Marcó hasta el penalti (2-0), pero eso no cambia nada. No es Modric un futbolista atado a las estadísticas, sino a una forma de ser en la que el balón regresa siempre a su infancia, marcada por el precio de la Guerra de los Balcanes: la que impidió que Modric fuese un niño como los demás en Zadar, entre escombros y paredes rotas, a menudo sin una habitación en la que colgar las fotografías de sus ídolos.

Modric vio cómo su padre, empleado del aeropuerto, tuvo que alistarse al ejército. También vio la pérdida de su abuelo o la rabia de aquellos días, en los que la familia, perdido el domicilio, se alojaba en hoteles rotos. Por eso igual nos quedan otros diez años para escribir de Modric en el césped y quién sabe si en Rusia ha llegado su Mundial. Su pierna derecha no desmiente nada. «Antes de dudar, debo confiar en mí», justificó una vez en Londres, cuando jugaba en el Tottenham. «Así es desde los 14 años cuando no pasé la prueba para jugar en el Hadjuk Split y aun así me dije a mí mismo: seré futbolista». Los silencios no han disminuido la confianza en sí mismo. Los años tampoco sospechan de sus facultades. Es la ventaja de hacerse viejo. De ahí la sensación de que el fútbol empieza y termina en gente como él y de que, en realidad, escribiendo de él escribes de todos.

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