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Cristiano Ronaldo celebra uno de sus Balones de Oro. / Foto: Ulmer/Cordon Press

Fútbol

Los mejores pasteles del mundo

¿Qué sentido tiene ordenar de forma tangible algo que es intangible? Ninguno, salvo que quieras vender más caro un producto que es igual que otro o que busques decir que has ganado sin haberlo hecho

De un tiempo a esta parte se han puesto muy de moda los premios individuales en el universo del balompié. Una especie de eficaz artesanía comercial que sirve para fabricar símbolos que puedan venderse fácilmente. Un modelo de márketing que, en el fondo, no se distancia mucho de meter muñecos articulados en el menú infantil del Burger o ese cartel en la tienda de tu pueblo que dice que el fiambre que se vende allí es el mejor del mundo. Algo completamente inofensivo, y hasta gracioso, salvo que acabes comprando el menú infantil por jugar con el muñeco o que estés convencido de que el fiambre de tu pueblo es realmente el mejor del mundo porque eso es lo que dice el cartel. Desgraciadamente estamos en ese punto.

De pequeño me contaron que en el fútbol gana el que mete más goles y yo me lo creí. Por eso todo lo demás, para mí, es algo que se pierde entre la literatura, los prejuicios y la superstición. Desde el tiqui-tiqui a la posesión, pasando por el premio al mejor jugador del hemisferio norte. Decía John Keating, el personaje de Robin Williams en El Club de los Poetas Muertos, que era absurdo juzgar la poesía como si fuese un concurso de belleza. A mí me pasa lo mismo con el fútbol. Partamos de ahí. ¿Qué sentido tiene ordenar de forma tangible algo que es intangible? Ninguno, salvo que quieras vender más caro un producto que es igual que otro o que busques decir que has ganado sin haberlo hecho. Yo no sé si Yeats es mejor que Cavafis y tampoco sé si Ter Stegen es mejor que Benzema. Es más, creo que nadie lo sabe y que peca de engreído el que dice saberlo. Tampoco me importa demasiado. El dilema debería quedarse en una animada riña de taberna, al nivel de tener que pedir torreznos o panceta. El problema es que desgraciadamente no se queda ahí. No lo hace porque hay dinero de por medio y eso, como bien sabemos, lo emponzoña todo. El premio individual acaba siendo ese muñequito articulado que ayuda a vender una mercancía industrial que de otra forma no se diferenciaría mucho de las demás. Eso no puede quedar en manos ajenas y mucho menos en las de alguien que lo único que ha hecho es merecérselo.

En los próximos días dicen que se decide el llamado Balón de Oro. Otro de esos «prestigiosos» premios individuales con los que se divierten los vendedores de fútbol. Éste lo otorga al parecer una publicación francesa, France Football, pero me cuentan que desde 2010 a 2015 estuvo secuestrado por la FIFA. La FIFA, sí. Ese organismo internacional de reconocida limpieza. Un presunto premio que en los últimos veinte años no ha ganado nadie que no jugase en uno de esos equipos que dicen que están preparando una superliga europea en secreto. Seguro que es casualidad.

¿Cuál es el criterio para obtenerlo? No se sabe muy bien. Por lo visto se deja al gusto del que lo elige. ¿Y quién lo elige? Tampoco lo tengo muy claro. Dicen que son expertos, pero me da a mí que simplemente son periodistas. Y por favor, que no se me ofenda nadie. Lo digo porque, hasta donde yo sé, no existe ninguna titulación oficial que otorgue el título de experto de fútbol. ¿Existen? No lo sé. Lo que sí que sé es que no son patrimonio de ninguna profesión. ¿Sabe más de fútbol un ilustrado columnista que mi padre? No lo tengo tan claro. Al final no hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que en el entorno del fútbol sólo hay dos tipos de personas: los que son aficionados de algún equipo y a los que les pagan por estar ahí. No es tan fácil distinguirlos, pero es fácil intuir a qué estímulos responde cada uno de ellos.

Sé que todas mis sospechas anteriores se solucionan fácilmente diciendo que vienen desde la paranoia. No crean que es una ocurrencia muy original. Me lo han llamado varias veces en el último trimestre y muchas más en los trimestres anteriores. Independientemente de lo mucho o poco que me pueda doler, me entristece mucho más comprobar lo rápido y sencillo que lidian con la duda razonable las personas que admiro precisamente por su capacidad para dudar.

Pero como no puedo demostrar nada, terminaré citando a otro paranoico como yo. El director del rotativo italiano Corriere dello Sport, que el otro día dijo que el único defecto de Griezmann para no ganar el Balón de Oro es «jugar en el otro equipo de Madrid, el que detesta Florentino». ¿Tiene razón? Yo creo que sí pero, sinceramente, me da igual. He viajado lo suficiente para saber que en todas las ciudades del mundo hay una pastelería con un cartel que dice que allí es donde se venden los mejores pasteles del mundo. Resulta inútil intentar convencerles de otra cosa.

Se hace llamar "escritor intruso", pero ya se está convirtiendo en escritor de cabecera. Alimentó un blog en torno al Atleti (“Y los sueños, sueños son”) desde 2007 a 2017 así como otros blogs clandestinos sobre música, cine, series y política. Además, es compositor, cantante, guitarrista y teclista de los 'Happy Losers'. También ha publicado discos en solitario bajo el pseudónimo de Lukah Boo. Entre otras rarezas tiene un título de Ingeniero Industrial firmado por el Rey.

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