¡Síguenos!

Champions

Barça – Liverpool y las fiestas pospuestas

Dos colosos se miden en el Camp Nou, sobre el tapete 10 Copas de Europa y un reguero de estrellas en una final dividida en dos partes. Penúltimo paso para esa «copa linda» que quiere el capitán Messi.

Nadie frenó la euforia. Se pospusieron eso sí los festejos mayores, las rúas de la época que consistían entonces en visitar las instituciones políticas y religiosas más significativas de la ciudad. Pero la explosión de júbilo vivida aquella noche de mayo en el Camp Nou dejó una resaca tremenda. La Liga, por inesperada, se entendió como el presagio de algo mayor, de lo que estaba por venir, de un nuevo hito de un equipo de ensueño. El Dream Team conseguía la cuarta liga consecutiva y elevaba el listón hasta límites nunca vistos en Can Barça. Cuatro días después el Milan les haría vivir la peor de sus pesadillas. En Atenas aquel equipo firmó su epílogo y 25 años después resurgen ciertos paralelismos. No hay final de por medio y en el horizonte tampoco aparecen Capello y su tropa de italianos liderados por Desailly. A cambio la carismática sonrisa de Klopp y un equipo que es una banda de rock and roll suben al escenario. El Barça espera no desafinar esta vez.

Al igual que entonces, han pasado solo cuatro días desde que los azulgrana alzaran una nueva Liga y esta noche afrontan el partido que marcará el rumbo definitivo de la temporada. Quizá por ello la fiesta vivida el pasado sábado en el Camp Nou, en un paralelismo con el juego del equipo, fue con sordina. Controlada. Sin estridencias. Si acaso solo Piqué, director de orquesta en tantas rúas, se saltó el protocolo para jolgorio de la grada. Y es que a los fantasmas de Roma, no desterrados todavía por Valverde y sus jugadores, se suma el anhelo de una Champions que lleva tres años viajando en el puente aéreo. A todos los integrantes de esta plantilla lo sucedido en Atenas, en aquella guinda que se terminó indigestando, les pilla demasiado lejos pero todos habrán oído hablar del drama. Las tragedias, como las herencias, traspasan de generación en generación.

“Apoteosis” titulaba aquel 15 de mayo de 1994 Mundo Deportivo lo que fue un final de Liga de infarto, el tercer milagro consecutivo -esta vez a través de un penalti fallado por Djukic en Riazor-, con el que la fortuna regaba la cacareada flor de Johan Cruyff. Marca abría su edición de ese día refiriéndose al Poker cosechado por los azulgrana en lo que era en ese momento el mejor Barça de la historia. Las sonrisas de Stoichkov y Romario en la portada no hacía presagiar nada malo, pero los nubarrones se cernían sobre la Acrópolis. En la cuna de la democracia perdió su última final el Barça. Lo hizo ante un Milan que era la selección de Italia más la omnipresencia de Desailly y el talento irascible de Boban. Aquel rocoso equipo entrenado con precisión quirúrgica por Fabio Capello resultó ser la Kryptonita del Barça, edificado desde un sistema defensivo y con un patrón de juego basado en su superioridad física. Aquella noche hasta un invitado inesperado como Savicevic emuló a los mejores triplistas de la antigua Yugoslavia con un lanzamiento que Zubizarreta no supo taponar. Hay puntos finales que se clavan como puñales.

Si hablamos tanto de aquella final es porque lo de hoy tiene tintes de ella. No es comparable el favoritismo, entonces decantado a favor de los azulgrana y hoy diluido como un azucarillo ante ese ogro de tres cabezas (Salah, Firmino, Mané) construido por Klopp. Si es equivalente el choque de estilos y el reto que supondrá para el Barça enfrentarse a un rival de la talla de los británicos. En 1994 la prueba más dura llegó en la final, en esta ocasión, se ha adelantado una ronda. No obstante los de Liverpool (al igual que le ocurría a aquel Milan) son los actuales subcampeones de Europa y el equipo ha crecido desde entonces con la llegada de jugadores como Alisson, Keita o Fabinho. Los reds también querrán imponerse desde un juego físico y a la carrera. Mientras que el Barça intentará organizarse a través de la pelota y la presión para acogotar a su rival lejos de los dominios de Ter Stegen.

La paradoja en el Liverpool es que su buena temporada puede pasarle factura justo ahora. Cuando se decide todo. Su carrera desaforada por la Premier League, en un objetivo convertido ya en obsesión, le puede llevar a ser el subcampeón con más puntos de la historia. Cuenta con 91 y restan dos jornadas. El City de Guardiola suma 92. Y ninguno de los dos quieren aflojar: los Citizen porque la Liga paliaría en parte el descalabro europeo; los reds porque llevan 29 años sin levantar una Liga, desconocen a qué sabe una Premier y la afición ya les ha dejado claro a Klopp y los suyos que lo que más desean es volver a conquistar Inglaterra. Así lo ha manifestado el técnico alemán en varias ruedas de prensa, en las que reconocía que el objetivo era la Premier.

Evidentemente a nadie le amarga una Champions, pero los reds, después de alcanzar de manera sorprendente la final el año pasado han navegado por Europa con la libertad que da el pasaporte comunitario. Con la sensación también de tener los deberes hechos y con la confianza que da el amparo de Anfield. Nadie gana allí desde noviembre de 2014. El Real Madrid fue el último en profanar aquel templo. Este año lo han intentado sin éxito PSG, Nápoles, Estrella Roja, Bayern de Munich y Oporto. En un grupo durísimo los de Klopp perdieron todos sus partidos fuera de casa en la primera fase y a esa debilidad cuando cruzan el Canal de la Mancha se agarra el Barcelona para encarrilar la eliminatoria esta noche. Harían bien los azulgrana en no olvidar tampoco que en la fase del KO cuentan sus partidos lejos de Anfield por bofetadas al rival (1-3 en Munich, 1-4 en Oporto).

Y a Barcelona Jürgen Klopp llega con todas sus piezas disponibles. Queda la duda del estado de Roberto Firmino, después de que en Inglaterra se asegurara ayer que estaba listo para el Camp Nou, la Cadena SER contaba anoche que no sería titular hoy al no recuperarse a tiempo. El partido, como ven, se juega desde la alineación. La presencia del brasileño resultará fundamental para engrasar ese tridente que se ha ido afinando a lo largo de la temporada. Salah no es el Messi a ratitos que era la temporada pasada, pero suma ya 25 goles. Mané lleva 24 y Firmino 16. Pero la carga ofensiva del Liverpool se gesta desde los laterales convertidos en extremos. A Robertson y a Alexander Arnold les gusta más correr hacia adelante que hacia atrás. Barriendo las imperfecciones estará un recuperado Fabinho, al que buscará las cosquillas Messi.

Por ahí puede empezar a ganarse el partido para uno u otro, aunque luego el argentino se las verá con esa muralla impenetrable que ha resultado ser Virgil Van Dijk. Nunca 85 millones resultaron tan baratos. El recién elegido mejor jugador de la Premier League por la Asociación de Futbolistas (PFA), líder de la zaga red, tendrá esta noche el examen más duro de la temporada. De su particular duelo de centrales con Piqué podría salir el defensor del año. Messi necesitará algo más que los arrastres de Suárez y una versión mejorada de Coutinho entre líneas para abrir esa defensa.

El Barça que no pierde un partido de Champions en el Camp Nou desde hace 6 años, desde aquella semifinal fatídica ante el Bayern de Munich en 2013, quiere mantener su expediente inmaculado en la máxima competición europea en la que este año no conoce la derrota (7 victorias y 3 empates) y solo ha encajado 6 goles en los diez partidos disputados. Eso habla del fenomenal estado de Ter Stegen, pero también de cómo el equipo ha dado su mejor versión en la Champions, donde los azulgrana han impuesto su dominio desde el centro del campo, dando el protagonismo a Arthur y Rakitic, y con Busquets recuperando las mejores sensaciones.

Dijo en la previa Jürgen Klopp que el Camp Nou no era un templo del fútbol, y no le falta razón al teutón. Más acostumbrado a la solemnidad y acústica de Anfield, lo que se encontrará esta noche será un coliseo del Siglo XXI. Tal y como ocurría en Roma el pueblo está sediento de espectáculo, deseoso de pedir a su particular César, que aquí baja al albero teñido de verde y lleva el número 10 a la espalda, que haga claudicar a esos gladiadores vestidos de rojo, que terminen devorados por el genio rosarino. Ni ingleses ni catalanes conocen el amargo regusto del pulgar hacia abajo, símbolo de la derrota, desde el mes de enero por lo que una racha se romperá hoy. Es el penúltimo escalón hacia el Olimpo, el mismo del que expulsó el Milan a los culés aquel mayo de 1994. El que mañana tenga un Amargo Despertar, como tituló Mundo Deportivo aquella derrota, sabrá que tiene un poco más lejos hacer bueno ese dicho tan castizo que reza de Madrid al cielo.

Comenta

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Anuncio
Anuncio

Más en Champions

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies