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Ernesto Valverde, en la banda del Benito Villamarín el pasado sabado. Cordon Press

Barcelona

El Barça, en el quirófano

La entidad azulgrana se enfrenta a un verano decisivo tras los batacazos de Sevilla y Anfield. Lejos del Barça que fue, está por ver hacia dónde se encamina su idea

No ha habido ninguna muerte y sin embargo el luto persiste. Los rostros pálidos, las miradas perdidas y las punzadas en el estómago se repiten en un invierno febril y repentino, hasta cierto punto insospechado a estas alturas de mayo. Lo que sí ha habido son golpes tremendos, traumatismos anímicos y caídas vergonzosas que han desterrado de un plumazo una primavera expectante, con aroma a triplete. Las últimas lluvias, convertidas en derrotas torrenciales, han terminado por arrasar la temporada. En el diagnóstico se observan varios politraumatismos (Roma, Liverpool y Valencia) que obligan a pasar por el quirófano. No hay más salida que la cirugía para reparar cualquier rotura, por más que técnicos y plantilla (quién sabe si también directivos) insistan en una terapia conservadora que alargue la agonía y agote cualquier esperanza de vida.

No hay vuelta atrás para el Barça o no debería haberla. Son ya demasiadas señales, indicios con pruebas concluyentes, mapas que ya no conducen al tesoro. Alejarse del camino conocido no ha sido el atajo prometido hacia el éxito. No era cuestión de correr más, sino de correr mejor. Tampoco de intensidad. Mucho menos de físico. En ese viaje hacia el extravío, pura obsesión por recuperar la copa linda a toda costa, se olvidaron de la esencia y del balón. Tampoco les ayudó el tiempo, con una plantilla crepuscular que encara las últimas tardes de algunas de sus figuras más rutilantes. Para gestionar esa época llegó Valverde, hombre de consenso y discurso con sordina, al que el ruido del entorno amenaza ahora con devorarle. Más arriba tampoco se libran del desasosiego. Son ellos los últimos responsables de los pasos dados y los que están por venir. El siguiente, sin ir más lejos, se antoja decisivo: intervenir o no.

 


Jugadores: entonar el «mea culpa»


Las disculpas cuando son tardías solo sirven para volver al lugar del crimen. Se pudo comprobar el viernes cuando Messi y Piqué alzaron la voz en un acto de constricción lacónico que les devolvió al infierno de Anfield. Como si de la tercera parte de aquel encuentro se tratara, los azulgrana saltaron al Benito Villamarín con esa losa colgando de su pescuezo, incapaces de levantar la cabeza. Apesadumbrados y sin confianza cayeron a la lona al primer golpe y como ocurre con las resacas a partir de los 30, tras cada copa levantarse cuesta un mundo. No era la primera vez que sentían ese escalofrío por su espalda los Messi (31 años), Piqué (32), Busquets (30) y Cía. Los dolores de cabeza se habían reproducido sobre todo en Europa. Primero el Atleti de Simeone (2016), luego la Juventus de Allegri (2017), más tarde la Roma de Manolas (2018) y por último, el Liverpool de Klopp señalaban las arrugas de un equipo al que empezaban a salirle las canas.

Pero en el territorio nacional bastaba la solvencia y la eficacia en las áreas. Sepultada ya la lírica del centro del campo, los títulos ligueros y la sucesión de Copas funcionaron no solo como el ibuprofeno de los batacazos europeos, sino como el trabajo funcionarial que calmaba el hambre del día a día. Hacer de la normalidad algo extraordinario también supuso el acomodamiento de una plantilla que perdía quilates mientras engrosaban su cuenta corriente. La excelencia terminó siendo un reducto para Messi, Piqué y Ter Stegen reduciendo la orquesta que decía Shankly a un trio. Con su participación y la colaboración de Suárez dio para alzar otra Liga, pero sin el uruguayo, esta vez se resistió la Copa. No hay fallas sin pólvora, pensarán en Valencia.

Son muchos, por tanto, los nombres propios que no han sabido interpretar su partitura. Coutinho es solo la punta del iceberg. Un jugador superado por las expectativas, las propias y las ajenas. Y atrapado por la eterna sombra de Andrés. Tampoco se ha encontrado relevo a Xavi por más que Arthur se haya mostrado como un buen meritorio en su primer año. El lateral derecho sigue pareciendo un parche a partes iguales entre Sergi Roberto y Semedo, mientras que en el izquierdo Jordi Alba tiene que jugarlo todo porque no tiene sustituto. Como si no lo tuviera ha vivido las últimas dos temporadas Suárez, mientras su aportación goleadora menguaba cada año (31 y 25 respectivamente). Un rendimiento decreciente que también se ha acentuado en Busquets y en Rakitic, pilares del centro campo. Y una vez más las arrancadas de Dembelé no han tenido la continuidad necesaria entre lesiones y despistes varios.

 


Valverde, señalado


Ernesto Valverde fue contratado para reconducir el rumbo de la MSN y de un equipo exprimido hasta el límite por Luis Enrique. Al poco de llegar se encontró con que no había tal tridente. La huída de Neymar le sirvió de coartada para arropar al equipo alrededor de Messi y poner en práctica un 4-4-2 que en Can Barça suena a sacrilegio. El equipo se endureció mental y físicamente, primero con Paulinho, luego con Arturo Vidal. Y en el Barça empezaba a ser noticia las pocas ocasiones de gol que recibía, más que la muchas que generaban los azulgranas. En las hojas de ruta se empezó a mirar con lupa las virtudes del rival para contrarrestarlas y se fueron olvidando paulatinamente las virtudes propias. El doble pivote fue la receta del éxito, junto a la genialidad de Messi, lo único inalterable en los últimos 15 años. Su botín izquierdo ha sostenido a tantos que Valverde es uno más (96 goles y 40 asistencias en estos dos años).

Del Barça de Valverde hemos alabado su rocosidad, la eficacia en ambas áreas, incluso la capacidad de resiliencia cuando venían mal dadas. Pero todo eso se ha derrumbado como un castillo de naipes en dos noches fatídicas. Habrá quién piense si dos borrones, tres si se quiere, pueden arruinar el trabajo cuidadoso de dos años. La gestión del grupo de Valverde, más allá de su empecinamiento por Coutinho, tiene pocos lunares. Abrazado a la sensatez y al sentido común, al extremeño se le achaca el exceso de celo en sus planteamientos. También la falta de valentía en los días claves. Y la situación ahora exige valentía, arrojo y decisiones comprometidas. Es ahí donde el culé se pregunta si Valverde es el indicado para agitar ese vestuario, para recuperar la ilusión, para espantar los fantasmas. Asumir ese reto requiere también un ejercicio de amnesia, olvidar Roma y Liverpool, y dar algún que otro golpe encima de la mesa.

 


Y la planta noble, ¿qué?


Ha sido esta junta directiva la que desde hace años ha intentado sacar al Barça de su órbita. Llevan tiempo argumentando que el fútbol ya no gira alrededor del balón, o que al menos no es este su astro principal, y que el balompié ha evolucionado hacia un juego más físico, donde la presión lo domina todo y el juego de posición ya no triunfa. La ascensión de Pep Segura hasta la dirección deportiva y responsable máximo del fútbol azulgrana viene a confirmar esa deriva. “El modelo es presión, posesión y posición”, dijo en octubre de 2018. Frase que reafirman fichajes como los de Paulinho, Arturo Vidal o André Gomes con fiascos de todos los colores desde Coutinho a Malcom, pasando por los estrambóticos Yerry Mina, Murillo y Boateng. Después de aferrarse a la idea de que “con Arturo Vidal no hubiese pasado lo de Roma”, el fútbol sacó los colores a Segura, Abidal y compañía.

Si el fichaje de Luis Enrique y entregar el equipo a la MSN ya supuso un desvío en la idea original del juego de posición, la llegada de Valverde y la concepción de la plantilla ha terminado por descarrilar el modelo: “Lo que teníamos que hacer en Liverpool era atacar, no tener el control sino atacar, no podíamos tener el balón en nuestro campo para pasarnos el balón entre los defensas y el portero porque eso es fomentar la presión del rival”, dijo antes de la final de Copa Valverde, al que un resultado, no debería hacerle saltar por los aires, si verdaderamente se confía en él. Bartomeu lo ha ratificado por activa y por pasiva y ahora se abre un nuevo escenario con el fichaje de De Jong para que el equipo vuelva a gravitar desde el centro del campo. Se necesitan en cualquier caso más fichajes en una plantilla vieja y acomodada, necesitada de una sacudida emocional y deportiva, que reactive a las mejores piezas y exprima lo mejor de ellos en su recta final. La solución para volver a ganar quizá la tengan De Ligt y Griezmann, pero ellos no serán suficiente para recuperar un estilo de juego que el Barça solo utiliza para hacer marketing y eslogans pero que luego no pone en práctica sobre el césped. El diagnóstico reclama una cirugía profunda, colocar prótesis y erradicar las células muertas. Pero está por ver si el cirujano Bartomeu se atreve con el bisturí o se enreda de nuevo entre segundas y terceras opiniones médicas.

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