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Beautiful Boy y la eterna incertidumbre

La película no tiene ninguna pretensión de adoctrinar. Simplemente deja que cada uno llegue a sus propias conclusiones

En escenarios oscuros somos capaces de aguantar más incluso de lo que imaginamos. Llegamos a acostumbrarnos a los males simplemente por su continuidad, su hábito. Pero cuando no existe esa continuidad, cuando saboreamos la luz y nos condenan a una indefinida oscuridad es cuando descendemos verdaderamente a los infiernos. Es esta incertidumbre la que nos descoloca en Beautiful Boy, que adapta las memorias de David y Nic Sheff, un padre y su hijo que lucharon durante mucho tiempo contra la drogadicción del joven.

Felix Van Groeningen dirige un duro relato sobre la droga sin el habitual morbo audiovisual a través de los ojos de un padre superado por la impotencia. En su incansable búsqueda, descubrimos a qué se reduce el aislado mundo de un adicto, atrapado en un bucle de desintoxicación y recaída (ambas igualmente dolorosas) que anula su personalidad. Timothée Chalamet logra a la perfección encarnar esa actitud de falsa seguridad en sí mismo, de autoengaño y de progresiva autodestrucción.

Para muchos, Steve Carrell siempre será Michael Scott en The Office, pues es uno de esos tipos que te hacen reír simplemente por aparecer, pero parece que el actor se ha empeñado en reivindicarse en el drama. Y lo hace estupendamente conmoviéndonos a través de sus ojos de padre preocupado. Un gran actor cómico que, como en la mayoría de los casos, se desenvuelve bien en el drama. Algo que no suele ocurrir al revés.

Todo ello contado con una sensibilidad que sólo puede proceder de quienes lo han vivido a través de una interesante pero confusa cronología de saltos en el tiempo hacia adelante y hacia atrás. No estoy hablando de flashbacks, sino de grandes elipsis y falta de transiciones que disimulan con música descontextualizada y reflejan lo eterno de esta lucha. Aunque pretenda ser lo más cercano a la realidad que el cine puede permitir, este ritmo desconecta un poco al espectador de lo conmovedor de la historia.

La película no tiene ninguna pretensión de adoctrinar. Simplemente deja que cada uno llegue a sus propias conclusiones. Queda patente, sin embargo, el carácter invisible de esta enfermedad (por muchas víctimas que se cobre) y la falta de recursos para detener esta pandemia. Algo particularmente sensible en Estados Unidos y sus bien conocidas carencias en la sanidad pública, pero que se extiende a todo el mundo. España la sufrió silenciosamente en los ochenta, y al igual que para David Sheff, la búsqueda de las causas queda en blanco, sólo queda luchar con todas tus fuerzas.

Un desastre curioso que trata de expresar lo que el arte le hace a su cabeza, a veces sobre los escenarios, a veces sobre el papel.

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