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Real Madrid

¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!

Solo espero que, llegado el momento, la grada se ponga en pie y despida a Benzema con el honor que se merece entonando el poema de Walt Whitman.

Anoche el Bernabéu vivió una jornada histórica en un nuevo enfrentamiento del Real Madrid en la Champions League. Aunque usted esté pensando en Rodrygo como su protagonista, se equivoca, no me refiero a la fastuosa presentación del joven brasileño ante el auditorio futbolístico europeo. Con su glorioso o perfecto hat-trick, un gol de cabeza y otros dos, cada uno con una pierna, no cabe duda que hoy acaparará todas las portadas y será foco de todas las miradas, con portadas del tipo: “Ha nacido una estrella”. Siendo este un hito reseñable y muy notable en lo que respecta a la carrera del joven Rodrygo en el club de Concha Espina, yo no quería referirme a este acontecimiento, sino a algo más poético y menos estridente y prosaico. Me refiero a la entrada de Karim Benzema en el salón de la fama madridista, de las leyendas que han escrito con sangre y fuego la historia triunfante de este club, ocupando un sitio preferencial. Con sus dos goles de ayer Karim ya ha conseguido la inestimable cifra de 50 dianas en Europa y supera a nivel goleador a don Alfredo Di Stefano, la figura más emblemática en la historia del club a nivel deportivo, situándose solo por detrás de Raúl y Cristiano Ronaldo.

Karim se incorporó al club en julio de 2009 junto a Cristiano Ronaldo y Kaká, en la segunda etapa de Florentino Pérez al frente del club, como una apuesta personal del presidente en su intento de ir reconstruyendo un equipo venido a menos con el que plantar cara al fulgor del Barcelona, eterno rival tanto a nivel futbolístico como de mercado de imagen; no en vano se asume como cierto que fue el propio presidente quién, de motu proprio, se acercó personalmente y de manera imprevista hasta la casa del jugador en Lyon para convencerle de su fichaje por el Real Madrid. Este episodio transcendental en la historia de la llegada del jugador al club ha contribuido a minusvalorar los logros del mismo a nivel deportivo a ojos del aficionado medio, quién frecuentemente ha cubierto estos de una pátina de impostura en base a un paternalismo injustificado y una excesiva protección por parte del presidente. Bien es cierto que esta postura del aficionado hacia Karim está, hasta cierto punto, legitimada pues por un lado, como ocurre con los buenos caldos, el galo no ha destapado el tarro de las esencias sino hasta bien entrada su madurez y, por otro, la controvertida vida del francés, que abría con más frecuencia la sección de sucesos de los noticiarios que las de deportes, no ayudaba demasiado. Si el MHP Josep Tarradellas dijo en su día que en política se podía hacer de todo, menos el ridículo, en el Real Madrid, sus aficionados en particular, se suele perdonar todo menos aquellas actitudes que manchan la impoluta imagen del señorío, la educación y las buenas costumbres. Quizá por aquí encontremos alguna explicación a la reticencia del madrismo a auparlo a unos altares que bien se ha ganado por méritos propios. En su descargo podríamos decir que aquellos que ya hemos entrado en cierta edad le comprendemos hasta cierto punto; suspiramos por el atrevimiento a pecar que va intrínsecamente ligado a la juventud y que hemos dejado olvidado en el cajón de nuestra comodidad.

Su excelso desempeño e inteligencia futbolística se intuía desde hace mucho tiempo, ya incluso durante su incipiente irrupción a nivel internacional con el Olympique Lyonnais. Se atisbaba en detalles de excelencia suministrados en pequeñas dosis, en gotas de ingenio que dejaba flotando en el aire, pulverizadas por aquí y por allá, cómo se aplican los buenos perfumes, dejando un aroma de savoir faire inescrutable como ocurre con todos los grandes genios. Pese a ese aire d’enfant terrible que emana de su figura cuando está serio y que transmuta en ingenuidad infantil cuando una sonrisa se dibuja en su cara, quizá le haya faltado algo de atrevimiento e inconformismo para haber llegado antes a los corazones blancos; pero convendrán conmigo que es harto difícil brillar cuando se está a la sombra de una estrella tan gigante como Cristiano Ronaldo. Levitando de puntillas sobre el césped, buscando recodos imposibles en su camino hacia la meta o danzando en hipnótica coreografía para atraer la atención del contrario, como un Nuréyev balompédico, en no pocas ocasiones ha conseguido levantar al público del Bernabéu de sus asientos, algo al alcance de pocos, siendo este un público tan exigente. Es cierto que su aparente desidia en ciertos momentos también ha exasperado al respetable; pero como explicarles que no está en la esencia de un fino pianista el ponerse a picar piedra. Las manos que se concibieron para acariciar seda, difícilmente empuñaran un guante de boxeo.

Algún día, con el único fin de hacer justicia, habría que analizar cuánta de la grandeza de los logros de Cristiano en el Real Madrid no tuvieron un aliado sine qua non en los sibilinos movimientos de Karim que, como un espía en la noche agazapado en un oscuro callejón, moviéndose con el sigilo de un felino y ajeno a la atención del espectador, da cuenta del enemigo sin levantar sospecha alguna. Así ha sido su paso por la historia de este club, laborando en silencio, lejos de todos los focos mediáticos, horadando la más dura roca con la perseverancia de un fino hilo de agua de deshielo; una gota malaya sobre la cabeza de los contrarios.

Si Zinedine Zidane y Cristinano son dos colosos sobre los que se alza esta última etapa victoriosa del equipo blanco, Karim es el tercer hombre de Graham Green, el desconocido que hilvana las piezas que se unen para dar sentido a esta historia. Sus apariciones estelares como actor secundario en las últimas Champions League conseguidas por el club blanco: el gol que abre la lata en la ida de semifinales de la décima contra el temible Bayern de Guardiola y su magistral temple en el pase en profundidad a Bale en el recordado 0 a 4 del Bayern Arena, el regate imposible, caminando como frío funambulista sobre el alambre de la línea de fondo, frente a tres contrarios, en las semifinales de la duodécima en el Calderón (qué mejor estampa futbolera para despedir un lugar tan emblemático del futbol español) o su gol de pillo, de chico de barrio, en la final de Kiev frente a un aturdido Karius, le avalan como una de las figuras clave en la consecución de todos estos éxitos.

Liberado del yugo de Cristiano, con un grado de madurez impensable años atrás, ha dado un paso al frente en esta última etapa acaparando las miradas que otras veces renegaron de su luz, ejerciendo de verdadero capitán en la sombra, asumiendo galones en el terreno de juego y acompañando, aconsejando y ayudando a crecer a los nuevos chicos que se incorporan al equipo. Se ha puesto al frente, a la vanguardia de un cuerpo de batalla que trata de reverdecer viejos laureles y reconquistar terreno perdido, aún a riesgo de ser blanco de las iras y los reproches de su propio público, y ello nos ha permitido descubrir y disfrutar del Karim más completo, aunando la capacidad goleadora que se presume a un delantero y por la que tanto fue criticado en su día, con la sutileza del más fino orfebre que únicamente es capaz de concebir obras de arte y el amor de un padre que, con desbordante cariño, le muestra el camino de la vida madridista a los nuevos llegados.

Como ya ocurre con Ramos, Marcelo y Modric, pronto ha de llegar el día en que las fuerzas no acompañen para defender su madridismo sobre el terreno de juego y le veamos exhalar un postrero suspiro de aliento mientras derrama sus últimas gotas de sudor y sangre sobre el eterno césped del Bernabéu. Solo espero que llegado el momento, en lugar de reproches e insultos, la grada se ponga en pie y despida a uno de los nuestros con el honor que se merece entonando el poema del viejo y querido Walt Whitman: ¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha terminado, la nave ha salvado todos los escollos, hemos ganado el anhelado premio.

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