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Tour de Francia

Bernal y las mariposas amarillas

Al ser interrogado por la confección del recorrido de la 106ª edición, un suspiro y una sonrisa antecedió a la respuesta de Christian Prudhomme: «Se diseñó alrededor del centenario del maillot amarillo. El maillot amarillo es la excelencia y la excelencia mira hacia arriba». Justo cuando miró hacia el techo del set del programa Europa 1, recordó como quien rememora una travesura, que a sabiendas de que los corredores no rinden de la misma manera más allá de los 2.000 metros de altura, se incluyó este ingrediente aleatorio a la carrera, «aunque será mínimo para los colombianos, acostumbrados a rodar a esta altitud», concluyó. Atentos a la entrevista, de inmediato, quien dudó, resolvió sus dudas con google maps, y en fracciones en de segundos, se ubicó en los andes colombianos, justo donde hay ascensos que pueden llegar fácilmente a los 4.000 metros de altura. Para el buen entendedor, no podía haber más señal de que el Tour de Francia quería celebrar su centenario con café excelso.

Aplazadas las emociones para última semana, cuando ninguno quería perder pero nadie se decidía a ganar, contra todo pronóstico, el primero en intentarlo fue Nairo Quintana, justo en el Galibier a 2.692 metros de altitud, tan cerca de las nubes como del apocalipsis. El cóndor dio un golpe de tal magnitud que vivió una regresión en términos freudianos con efectos erga omnes. Nos devolvió a aquella Vuelta a España de 2016, en la que doblegó a Froome atacándole a 103 kilómetros antes de llegar a la meta. Recuperando su mejor versión, en las cuentas virtuales llegó a acariciar el liderato y todos rompimos en llanto. En un travelonge de 22 minutos y 28 segundos, Nairo tuvo tiempo hasta de saldar cuentas con las ONGs (denunciantes del codo) y recordó a que en su país algunos muertos, al día siguiente, gozan de buena salud. No sólo coronó la etapa, sino que rompió el récord de superar por un minuto la marca del legendario Frank Schleck.

Al finalizar el día, el aroma del café derramado avisaba que lo mejor estaba por venir. En la etapa 19, Ineos recupera la cordura y el único desencadenado fue Egan Bernal que atacó en el Col del Iseran. Domando con ferocidad el pavimento más alto de los Alpes (2.770 metros de altitud), con un ritmo aplastante a 22 kilómetros hora, tan solo miró atrás para asegurarse de que había dejado a Alaphilippe en la jaula de los lobos. Sin reparar en el tiempo, le vimos llegar sobre los últimos supervivientes de la escapada. Era tal el trance de la bestia, que cuando por el auricular alguien le dijo que parara se rehusó a obedecer, recordó que en etapas anteriores ya le habían frenado y no estaba para órdenes del jefe. Era su carrera. Solo volvió en sí, cuando en nítido español escuchó “debes parar, la carrera ha sido neutralizada por cuenta del granizo y del derrumbe. Has ganado el jersey amarillo”. Si el protagonista no lo podía creer, imagínense los espectadores a expensas de los nervios de reporteros in situ.

Cuando el mundo entero le vio vestirse de líder, se escuchó un grito que superó los límites de los decibelios permitidos en el continente. Desde entonces, se han vivido horas de locura. Colombia no duerme, sólo quiere llegar a París, contemplar a Bernal sin dejar de acariciar a Nairo. Sabe que entre los Andes y los Alpes, se teje un sueño que asusta tanto como pensar en el futuro. Desde Cien Años de Soledad hasta hoy, no se habían vuelto a sentir revolotear las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia.

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