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Bernardo García de Paz en su jamonería con Alfredo Varona.

Atletismo

De promesa del atletismo a dueño de una jamonería

Bernardo García de Paz tiene 53 años y es dueño de una de las jamonerías más prestigiosas de Galicia. Su historia nos traslada a una España que ya no existe y al atleta que pudo ser y no fue.

Pertenece a una España que ya no existe y que merece la pena recordar. Contársela a nuestros hijos y escuchársela a nuestros padres. A los 12 años trabajaba en su pueblo de León cargando camiones de pollos a toda velocidad. Terminaba a la noche y al día siguiente se levantaba temprano para ir al colegio. Pero entonces no existía el cansancio.

A los 15 años, marchó a La Coruña a trabajar a esta misma jamonería, que era la de su tío. No tenía ni idea de cómo cortar el jamón, pero no había problema: se podía aprender.

De hecho, lo aprendió.

Se llama Bernardo García de Paz. Tiene 53 años. Una mirada de la que uno siempre se fiaría y un lenguaje que no procede de la universidad, sino de la vida, que también es cultura.

Hoy, es el dueño de esta jamonería que hace quince años le terminó de comprar a su tío: de esta misma jamonería que está en un extremo de La Coruña, en un sitio en el que no se puede ni aparcar el coche. Sin embargo, es el cuarto clasificado en Trip Advisor entre los 900 restaurantes que hay en Galicia.

Pero yo no he venido aquí para hacerle publicidad. Ni para pegarme un gran atracón a comer. Es más, no me tomo ni una Coca Cola y no porque no me la ofrezcan. Pero siempre entendí que la independencia es magnífica y, en realidad, hoy solo pretendo contar esta historia a la gente joven de ahora que la imagina imposible; rescatar valores, en definitiva.

Conocí a Bernardo gracias al atletismo. Pudo ser un buen mediofondista si no hubiese sido por este trabajo: doce, catorce horas diarias de pie, a veces más. Los siete días a la semana por norma. Pero el atletismo le dejó un legado superior a las marcas o a aquel 6 de agosto de 1986 en el que estaba en la grada de Riazor y en la que vio a Said Aouita quedarse a 47 centésimas de batir el récord del mundo de 5.000 metros: 13’00″86.

El atletismo sigue presente en su vida y en su cuerpo, que colecciona 46 maratones y que le demostró que, en realidad, la vida es un reflejo del maratón. «No te puedes enriquecer en dos días como pretende hacer la gente ahora», explica.

Bernardo recuerda cuando era un camarero raso en esta misma jamonería en la que hoy cotizan a la Seguridad Social seis empleados. Recuerda aquellos domingos por la tarde en los que cerraban y él se iba a la mejor jamonería de la ciudad para ver cómo trabajaban ellos. Pedía un bocadillo de chorizo de 25 pesetas y no perdía detalle de nada. Se pasaba toda la tarde mirando.

Hoy, la mejor jamonería es la suya.

Pero este no es su trabajo, esta es su vida: no te habla de una profesión sino de una pasión y él, por muy jefe que sea, sigue al pie del cañón. Cada mañana, cada tarde. Al estar a su lado, uno tiene la sensación de estar en una imparable centralita. Su nombre va de un lado a otro como el sonido de un teléfono.

Por eso seré breve, entre otras razones porque no imagino el periodismo de otra manera. Si no te gusta que los demás te cansen a ti no canses tú a los demás.

Además, cuando el mensaje está claro no hay necesidad de excederse. Y aquí, un hombre que ya tiene blanco el poco pelo que le queda, te ayuda a expresarlo como si fuese un personaje de Hemingway.

Y ese hombre es Bernardo. Si los domingos por la mañana una de sus rodillas no le permite correr sale al mar a hacer piragüismo. Y allí vuelve a recordar que él no es más importante que el chaval que llegó aquí con 15 años y que no imaginaba que, detrás de la barra, se podía llegar tan lejos. Pero eso es lo más maravilloso de la vida. La demostración de que por todos los caminos se puede llegar a Roma.

A Bernardo la vida le demostró que hay una palabra que puede ser la más importante del mundo: actitud.

Es la misma palabra que hoy pone de ejemplo a sus empleados y a los atletas que le piden consejo. A veces, hasta les recuerda el caso de su hermano, que tenía unas facultades magníficas para correr y al que a los 16 años los entrenadores le metían tiradas de 22 kilómetros. A los 18 lo habían quemado.

Se habían olvidado de que la vida es paciencia. Por eso Bernardo recuerda aquello y no se le olvidará nunca.

Y yo ya me voy, pero él se quedará aquí. El día será largo, hasta las once o doce de la noche quizás. Pero esta es su vida. Ni siquiera descarta morir aquí sin que esto signifique que sea un hombre atrapado. Porque cada día, que cierra de tres a cinco, va a entrenarse y, gracias a su pasión por el atletismo, ha viajado por medio mundo y ha creado un club, Jamonería La Leonesa, donde regresa la voz de la experiencia.

Él empezó corriendo de niño en León con José Manuel García, que luego fue atleta de elite, Premio Príncipe de Asturias tras el Mundial de maratón de Atenas 1997.

Pero en aquel León de los setenta los dos eran niños e historias como esta quizás eran más corrientes. Para contarla no hubiésemos tenido que regresar a una España que quizás ya no existe y que uno ha fotografiado hoy a través de su pelo blanco.

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