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Gerardo Berodia, con la camiseta del Adarve.

Fútbol

De conducir 12 horas un taxi a hacer lo que te gusta

Motivadora historia del futbolista Gerardo Berodia, que pasó de ser un ídolo en Bolivia a taxista en Madrid, donde entendió lo que quería hacer el resto de su vida. Representante de gente como él: futbolistas.

La primera vez que hablé con él fue inolvidable. Acababa de volver de Bolivia, donde jugaba en un estadio de 40.000 personas. Llevaba la camiseta del número 10. Llegó a ser el icono publicitario de BMW. Se podía tirar 40 minutos seguidos firmando autógrafos. Descubrió a los 31 años lo que significaba ser un futbolista realmente importante «y lo que eso conlleva. El hecho de que la felicidad de tanta gente dependa de lo que tú puedas hacer en el campo». Nunca lo había vivido en su propia carne porque, hasta llegar a Bolivia, Gerardo Berodia siempre había jugado en equipos de Segunda B. Las gradas casi nunca estaban llenas y el impacto no era el mismo.

No importaba que él se hubiese criado en el Real Madrid en la misma generación de Iker Casillas. Tampoco importaba que entonces hubiese sido elegido el mejor futbolista infantil de Europa. Y no importaba porque la vida es así. No siempre llegan los mejores. Ni siquiera los que más se lo merecen. El destino también tiene sus cosas como aquel momento en el que a Berodia, en pleno crecimiento como futbolista, le diagnosticaron un cáncer de tobillo. Desde entonces, ya nada fue igual pero a los 32 años siempre le quedaría Bolivia, la camiseta del número 10 del Jorge Willstermann en Cochabamba, a 2.600 metros de altitud. La oportunidad de ser un ídolo. La sabiduría de aprovecharla hasta que llegó aquel accidente de su hijo, la necesidad imperiosa de su mujer de regresar a Madrid, la imposibilidad de estar en dos sitios a la vez. Siempre pasa cuando hay que tomar una decisión.

Gerardo Berodia volvió a Madrid, a jugar en Tercera División, a matar el rato en el Navalcarnero y ése fue el futbolista que yo conocí. El que me contó esa historia en un rato libre, en una parada del taxi que entonces él mismo conducía diez o doce horas al día. El mismo taxi en el que una vez se montó un ciudadano boliviano que no concebía de ninguna manera que el taxista fuese él, Gerardo Berodia, el ídolo, el mejor en Cochabamba, patrimonio de tantos recuerdos. La historia lo tenía todo para aspirar al premio Pulitzer. Pero o yo no la supe contar o la vida no siempre es justa. El caso es que años después he vuelto a escuchar su nombre con motivo de la huelga de taxistas. Gerardo Berodia concedió entrevistas hablando del problema e imaginé que aún seguía al volante por las calles de Madrid. Qué vida ésta.

Pero el caso es que no. Aún conserva la licencia, pero ya no trabaja de taxista como comprobé el día que volví a llamarle, 31 de enero, casualidades de la vida, justo el día en el que se cerraba el mercado invernal en el fútbol. Él tenía el teléfono a tope y no disponía de tiempo. Se pueden imaginar. Trabaja ahora de representante de futbolistas y quedamos en hablar otro día más tranquilo. Y ése día fue ayer en el que, tras escucharle, entendí que este hombre vuelve ahora a protagonizar una gran historia. La segunda parte de una historia en la que ha decidido abrirse camino como representante de futbolistas «porque todos tenemos derecho a intentar hacer lo que nos gusta en la vida».

El taxi fue un medio de vida en su momento pero no era el lugar en el que quería pasar el resto de su vida. Y ha sido valiente. Y se ha arriesgado a salir y a profundizar en un mundo difícil como el de la representación y en el que trata con gente que probablemente pasa por los problemas que él ya pasó. Porque ha sido futbolista. Es más, aún es futbolista en el Adarve de Segunda B, donde sigue haciendo grandes cosas con la pelota y descubriendo algo quizá más importante a los 37 años: el futuro. Su futuro.

El que le obliga a viajar, a pasar horas de teléfono pero el que le deja grandes satisfacciones como este pasado mes de enero «en el que conseguí un equipo importante para un futbolista de 25 años que estaba agobiado porque sentía que se le estaba pasando el arroz». Y ese momento fue uno de los que volvió a entender, «al ver la cara de ese futbolista, la importancia de ayudar a los demás». Porque ayudando a los demás también te ayudas a tí a entender lo que quieres hacer en la vida. Y hoy el único objetivo de esta historia es la de contarlo. Pero para lograrlo el primer paso depende de uno mismo como comprendió Gerardo Berodia aquellos días en los que se tiraba diez o doce horas en el taxi. Comprendió entonces que en el futuro ya no se trataba de ser un ídolo, sino de dedicarte a lo que te gusta. Sea lo que sea, pero que te guste.

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