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Alves y su esposa, Joana Sanz, en la alfombra verde de la gala The Best. PA Wire/PA Images / Cordon Press

Fútbol

Estrellas en otra alfombra verde

En The Best, Ramos lució esmóquin con chaqueta blanca, Alves volvió a destacar por sus atrevidos estilismos y los hijos de Marcelo fueron los reyes.

Las galas de premios son el gran invento del siglo XX para la exhibición de la propia industria. Hay que vender el pollino, que diría Montes. The Best fue el invento de la FIFA tras su divorcio con el Balón de Oro y en sus dos ediciones ha conseguido ser una fiesta de tipo mediano que consigue lo que pretende: espectáculo a medio camino entre la fiesta de fin de curso de los clubes de sus hijos y el glamour hollywoodiense.

Puede sonar a poco cuando se reúne en el mismo teatro londinense (el Royal Festival Hall) a las máximas estrellas del fútbol mundial, una de las mayores industrias globales. Pero lejos de artificios la gala es medida, pero ágil; seria en lo estilístico, pero con Diego Alves.

Porque sí. La gala, como todas, empezó con una alfombra roja (verde) en la que el brasileño siempre destaca. Lejos del encorsetamiento de la moda masculina en estas ocasiones, Alves siempre opta por lo diferente. Muy diferente, que diría mi madre. Traje de terciopelo y plateadas alas angelicales a cada lado de la pechera. Arreglado, pero informal. Como Ramos, que optó por una americana blanca, de esas que si te has bebido dos cócteles las confundes con la de un camarero. Lo cortés no quita lo valiente: elegante y acertada combinación del defensa con su esmoquin de pantalón negro. Benedict Cumberbatch ya lo lució en los Oscars y calló bocas. Dos dandys.

 

Aunque para outsiders del traje azul marino Ronaldinho, que se presentó en el Royal Festival Hall con camisa sin corbata, americana tipo sport con raya diplomlática, boina blanca abombada y gafas de sol. Y olé. Y ni aún así fue el protagonista de la alfombra roja (verde). El rey fue Marcelo. Y no lo digo por la estúpida manía de tener que llevar zapatillas (blancas) hasta cuando uno se pone pajarita. Lo digo por su maravillosa prole: todos vestidos con mini esmóquines y haciendo diabluras (caños a Seedorf incluidos) en todo el pasillo de entrada. Adorables es poco.

 

La seriedad y pulcritud llegó con la gala en sí, después del rap (¿se sigue llamando así?). Porque tuvo que aparecer Idris Elba en el escenario para saber que de lo que esto iba era de entregar premios a las y los mejores del mundo, según la FIFA, claro.  Y con él el primer giro de la noche: Elba, top-10 en los hombres más guapos del mundo según la ciencia, aportaba el gracejo y la imagen; Anne-Laure Bonnet, periodista y copresentadora de la gala, asumía el papel profesional de la experta. Un pequeño boom en un mundo en que los hombres son hegemonía. Quizá alguien en la FIFA esté pensando en estas cuestiones. Quizá sea este un pequeño paso, pero con importante significado. Porque lo más importante de las galas es vender el pollino. Y no hay mejor manera de hacerlo que incluir en la industria a cada vez más gente. ¿Verdad FIFA?

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