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Opinión

Bienvenidos, señores robots

Los robots no son los responsables de la precariedad del periodismo, ni de su falta de prestigio social. Esa desgracia es responsabilidad nuestra o de nuestros mayores.

Dentro de quince años, el 90% de las noticias publicadas en los medios de comunicación estarán escritas por robots. Así lo ha vaticinado Kristian Hammond, cofundador de Narrative Science, una de las empresas pioneras en la aplicación de Inteligencia Artificial al periodismo. No creo que nadie ponga en duda sus predicciones, seguramente porque nadie que pertenezca al sector se atreve a mirar tan lejos. El mañana ya nos parece suficientemente tenebroso como para ponernos a imaginar el futuro.

Durante los últimos tiempos, los periodistas hemos desarrollado un finísimo sentido del pesimismo. Olfateamos cualquier mal augurio y generalmente acertamos. Es lógico, por tanto, que la robotización de una parte del proceso informativo sea recibida como la última plaga bíblica, la que nos borrará de la faz de la tierra.

Personalmente, no creo que sea así. Nuestra extinción, caso de llegar, no estará provocada por este meteorito. Que una máquina sea capaz de generar noticias a partir de fuentes de datos no es una amenaza para el periodista, o no debería serlo; diría, más bien, que sitúa al profesional en una dimensión más elevada que la actual, pues lo libera del trabajo más alienante de una redacción, aquel que no exige ni capacidad creativa ni imaginación.

Cubierto el trabajo al por mayor, los medios de comunicación necesitarán, quiero creerlo, periodistas que hagan una interpretación que trascienda lo numérico, y será la calidad de los análisis y los analistas la que distinga a la empresa periodística de sus competidores, como siempre ha sido hasta que dejó de ser.

Pongo un ejemplo. Cierto medio de comunicación rechazó la posibilidad de introducir la Inteligencia Artificial en sus procesos de trabajo “porque esa labor ya la hacían los becarios”. No es necesario añadir que los becarios, además de realizar la tarea en cuestión, todavía salen más baratos. Como se puede apreciar, en el caso expuesto no existía el menor afán de proteger la profesión, sino el negocio.

Sobra decir que el problema del periodismo no son los robots, sino aquellos periodistas que para proteger sus privilegios han dejado de defender los intereses de su gremio y han roto el equilibrio que debe existir entre la Redacción y la Administración. Antes, el periodista era lo más importante del negocio periodístico. Ahora lo son los directores de marketing o los gurús del SEO.

Llegará el momento en que la robotización sea todavía más barata que los becarios o, para ser más exactos, más rentable. Y será la rentabilidad la que amenace con pervertir la utilidad de la tecnología. Ya ha ocurrido antes. Establecida la equivalencia entre tráfico e ingresos, los responsables al mando optaron por la producción desaforada de noticias, anécdotas y burdos reclamos para propiciar el pinchazo. La línea editorial pasó a integrarse entre los gráficos de la cuenta de resultados.

Es muy probable que con la Inteligencia Artificial suceda otro tanto, al menos en principio y seguramente en España. Los que valoran el periodismo al peso saturarán el espectro de noticias robotizadas sin importar ni el tema ni el contenido. Confío en que para entonces el volumen no sea el único criterio que motive la inversión comercial. En cualquier caso, ante el empate técnico que provocará la avalancha de noticias automáticas, cada vez más baratas y más extendidas, el periodista volverá a emerger como el factor diferencial.

El viaje no será sencillo, al menos en nuestro entorno. En Estados Unidos, la convivencia del periodismo con la Inteligencia Artificial se ha normalizado hasta el punto de que los grandes medios no tienen inconveniente en hacer público el número de noticias robotizadas. En su primer año de trabajo con la Inteligencia Artificial, el Washington Post publicó 500 noticias automáticas, 300 sobre los Juegos de Río y 200 sobre las elecciones, lo que se tradujo en 500.000 pinchazos obtenidos sin intervención humana. Su objetivo es desarrollar un sistema que sea capaz de crear artículos “explicativos y perspicaces”, misión que corresponderá a Heliograf, su programa de Inteligencia Artificial. Lo más próximo es conseguir que Heliograf actualice permanentemente artículos ya publicados, lo que eliminará de las búsquedas las noticias obsoletas.

El Post entendió que la robotización permite atender a muchas pequeñas audiencias que habían quedado desatendidas por la falta de recursos o la desaparición de los medios locales. Así, además de temas generales como el deporte o las elecciones, se generan noticias automáticas sobre partidos de high school en Washington DC.

En España hay más reparos a la hora de admitir la presencia de los robots en los medios, siempre hemos sido vergonzosos. Generalmente se disimulan con firmas genéricas, no se sabe si por no irritar al gremio, a los trabajadores o al público. En principio se enfocan hacia competiciones menores, siguiendo el ejemplo del Post de la agregación de nichos. El problema, siempre hay uno, es que las audiencias minoritarias, cuando tengan satisfecha la necesidad básica de información, demandarán textos más elaborados y opinativos, lo que devolverá al periodista al centro del escenario. Por expresarlo de algún modo, si el partido llega a los penaltis, los periodistas siempre serán los lanzadores.

Más allá de la nostalgia y las consideraciones éticas, no tiene ningún sentido ponerse en mitad del camino del elefante; es preferible aprender a cabalgarlo. Los robots no son los responsables de la precariedad del periodismo, ni de su falta de prestigio social. Esa desgracia es responsabilidad nuestra o de nuestros mayores.

La polémica está servida y desde A LA CONTRA nos ha apetecido abrir el debate a partir de la entrevista a David Llorente, CEO de Narrativa, una empresa española que está introduciendo la Inteligencia Artificial en los medios. ¿Qué queremos ser y qué queremos leer? Si a la hora de discernir entre máquina y humano alguien tiene dudas, al periodista se le distingue fácilmente: es el que comete erratas y el que, en determinadas condiciones de presión y temperatura, puede emocionarnos o hacernos pensar.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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