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Putin, con Maradona.

Mundial Rusia 2018

Putin reelegido: ¿permitirá el boicot al Mundial?

El presidente ruso renueva mandato por otros seis años con un problema sobre la mesa: la tensión con el Reino Unido crece y el Mundial se juega en tres meses.

Esta es una historia de espías. Como se destapó en el Reino Unido, empezó por ser un asunto reservado a las portadas locales. Un viejo espía ruso y su hija se desplomaron el 4 de marzo sobre el banco de un parque en Salisbury. Al ser encontrados estaban muy cerca de la muerte, todavía lo están. Al poco se supo que habían sido envenenados con un gas nervioso de fabricación rusa denominado novichok, un pariente químico del gas sarín. Inmediatamente se apuntó a Rusia. A partir de aquí se suceden los acontecimientos. Theresa May, primera ministra británica, hace una acusación formal. Rusia se siente agredida, o lo finge. El gobierno del Reino Unido anuncia la expulsión de 23 diplomáticos rusos considerados «agentes no identificados». Rusia responde con la expulsión de otros 23 diplomáticos. La tensión crece cada día y es imposible no proyectarla sobre el Mundial de Rusia, que se inaugurará dentro de tres meses. ¿Existe la posibilidad de que Inglaterra boicotee la Copa del Mundo? En tal caso, ¿podrían sumarse otros aliados al boicot?

Iremos por partes, pero sin desatender a los espías. Lo primero es rebajar los temores deportivos. Fútbol y boicot son conceptos que han ligado mal históricamente. Los países europeos que renunciaron al Mundial de Uruguay de 1930 lo hicieron por razones marítimas y no políticas. Era un viaje demasiado largo y costoso. Cuatro años después, nadie puso pegas a la Copa del Mundo que Benito Mussolini organizó para mayor gloria de su persona y del fascismo que le abrigaba. Allí estuvieron las selecciones de Estados Unidos o Francia, pocos años después enemigos de guerra. Visto el éxito de Italia (campeona por decreto), Hitler depuró la maquinaria propagandística en los Juegos de Berlín de 1936 (boicoteados por España).

Argentina no acudió al Mundial de Brasil de 1950 porque Juan Domingo Perón se sintió traicionado por su homólogo brasileño, Getúlio Vargas; aquella Copa del Mundo debería haberse celebrado en tierras argentinas, pero la FIFA siempre ha sido una organización veleidosa. En este caso tampoco se pueden esgrimir razones estrictamente políticas.

La Unión Soviética no boicoteó el Mundial de la Alemania Federal, aunque la política sí intervino decisivamente en su ausencia. De hecho, la URSS hizo lo posible por clasificarse y llegó a jugar la repesca contra Chile. Después de empatar a cero en Moscú, los soviéticos propusieron una sede alternativa para el partido de vuelta. Habían pasado solo dos meses del Golpe de Estado de Pinochet y el Estadio Nacional se había transformado en un centro de detención y tortura. Ni la Junta Militar ni la FIFA admitieron el cambio. El bochorno fue máximo cuando miembros de la FIFA revisaron el estadio, divisaron a lo lejos a los presos (unos 7.000), y lo declararon apto.

Cartel realizado por el colectivo para el boicoteo de Argentina 78.

Antes de Argentina 78 se registró en Francia una mínima pero tenaz oposición al Mundial. Se reclamó el boicot de la selección francesa y L’Equipe salió en defensa de la participación con la excusa de no mezclar política y deporte. En Holanda fue el Partido Laborista el que pidió el boicot y el gobierno quien lo rechazó: «Un boicot no cambiará la violación de derechos humanos en Argentina. Deberíamos aprovechar el Campeonato del Mundo para dar a conocer lo que sucede en ese país».

Para la historia de las Eurocopas quedará la renuncia de España a jugar en Moscú en los cuartos de final del primer torneo. Franco lo impidió por miedo a un contagio comunista y la Unión Soviética lo agradeció como corresponde: se proclamó campeona. Cuatro años después, Franco no tuvo inconveniente en que los soviéticos jugaran la final en el Bernabéu; eso sí, con los españoles vestidos de azul, no se confundiera nadie.

La conclusión es que los torneos fútbol no despiertan la movilización política que antes generaban los Juegos. Y hago hincapié en el pretérito perfecto: la ética política (valga el oxímoron) pasó a mejor vida en los Juegos Olímpicos de Pekín, cuando no importaron las sistemáticas violaciones de los derechos humanos. Tampoco hubo boicot en Sochi 2014, la primera gran acción propagandística de Putin, a pesar de la represión a los homosexuales y la crisis de Crimea. La protesta internacional se quedó en un plante mínimo: los presidentes de Estados Unidos, Alemania, Francia y Polonia, así como los primeros ministros de Bélgica y Canadá, se negaron a acudir a la ceremonia inaugural.

Algo semejante podría suceder en Rusia. El torneo se estrena con un partido entre la selección rusa y la de Arabia Saudí que resultaría muy oportuno para reivindicar la libertad, la democracia y los derechos humanos. No obstante, no se puede descartar que el dinero, lubricante universal, sirva para rebajar las tensiones actuales. De momento, la única baja segura será la del Príncipe Guillermo, tal y como ha señalado el gobierno británico.

Volvamos a los espías. Y a los que dan las órdenes. La victoria de Vladimir Putin en las elecciones presidenciales con dos tercios de los votos tiene varios significados. El primero es que el presidente Putin prolongará su mandato otros seis años, que serán 24 en el poder cuando finalice esta nueva legislatura. La segunda derivada se relaciona con los sentimientos de una mayoría del pueblo ruso: para ellos, Putin es el único político capaz de mantener el protagonismo de Rusia en el tablero internacional. Todos esos ciudadanos nostálgicos del equilibrio de fuerzas de la Guerra Fría habrán agradecido que su presidente haya respondido a la expulsión de los diplomáticos rusos con otra expulsión igual en número y energía.

Ahora bien, resultaría muy extraño que el reelegido presidente Putin tensara tanto la cuerda con el Reino Unido como para provocar un boicot. El gobierno ruso ha invertido en la organización de la Copa del Mundo un total de 10.000 millones de euros, incluido un aumento de 510 millones sobre el plan inicial y que fue anunciado el pasado octubre. Demasiado dinero como para exponerse a un boicot como el que dejó tiritando los Juegos de Moscú 80; entonces, Estados Unidos y otros 50 países declinaron su participación por la invasión rusa de Afganistán.

De existir la misma solidaridad de hace 40 años, y de escalar la tensión dramáticamente, el plante del Reino Unido podría encontrar el apoyo de otros socios occidentales como Alemania, Francia, España y Portugal, todos ellos clasificados y con las máximas aspiraciones. Y la especulación no es periodística: ha sido mencionada por parlamentarios británicos, igual que fue publicado en The Times, a partir de «fuentes de Defensa», que el boicot era «una de las opciones sobre la mesa». Y el fútbol no se ha mantenido al margen. La FA ha hecho un comunicado en el que indica que trabajará estrechamente con el gobierno al respecto de su participación en el Mundial de fútbol.

El laborista Chris Bryant ha ido más allá al comparar a Putin con Hitler, en cuanto que el Kremlin aprovechará el Mundial como escaparate de glorificación de su régimen, lo mismo que los nazis hicieron en la Olimpiada de 1936. Otras fuentes oficiales han dejado caer en Sky News que, si llega a demostrarse la implicación de Putin en los envenenamientos, sería un «descarado acto de guerra» de Rusia contra el Reino Unido.

Por si faltara algún ingrediente, la OTAN también ha manifestado su preocupación por lo que considera «una violación flagrante de las normas y los acuerdos internacionales» sobre armas químicas.

Entretanto, Sergei Skripal (66 años) y su hija Yulia (33) se debaten entre la vida y la muerte. Él, que fue coronel de la inteligencia militar rusa, llegó al Reino Unido en 2010 como parte de un intercambio de espías que tuvo lugar en la pista del aeropuerto de Viena y que no debió ser muy distinto de lo que nos relataba Spielberg en El Puente de los Espías. Captado por el MI6 británico (tal vez en España), fue detenido por los rusos en 2004; en 2006 fue condenado por «espionaje y alta traición» y condenado a trece años de cárcel.

Hay quien considera su envenenamiento como un aviso a navegantes: en Rusia sale caro ser traidor. Existen antecedentes. En 2006, Alexander Litvinenko fue intoxicado con polonio radiactivo, supuestamente diluido en la taza de té que se tomó en el hotel Mayfair de Londres; murió entre terribles dolores. En el 2012 se encontraron trazos de gesemio en el estómago del empresario Alexander Perepilichnyy, implicado en una vasta operación de lavado de dinero. El propio Skriypal estaba rodeado de muertes sospechosas: la de su mujer, la de su hermano y la de su hijo han sido añadidas a la investigación. Es un hecho demostrado que el FSB, el servicio secreto de Rusia, es heredero del KGB (del que Putin fue miembro) y tiene relación con el crimen organizado.

Así está el panorama a tres meses del Mundial de Rusia, peligrosamente caldeado. Lo lógico es pensar que el fútbol saldrá ileso de que lo siempre se libró: la intromisión política. Ni la Copa del Mundo ni sus ricos patrocinadores pueden permitirse un plante que sólo beneficiaría, y levemente, las opciones de la mediocre selección local.

 

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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