No esperen bombones en La Bombonera - Libertadores - A la Contra
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La Bombonera, en pleno partido. CORDON PRESS

Libertadores

No esperen bombones en La Bombonera

Hay tanto en juego que no se jugará demasiado. Pero hay tanta vida alrededor, que se vivirá hasta casi morir.

El titular alude al partido de ida de la final de la Copa Libertadores más palpitante de la historia y aspira a convertirse en un aviso universal. Funciona para el reparo contenido del hincha de River Plate y para el deseo incontenible del fanático de Boca Juniors. Sentimientos, por otra parte, compartidos e intercambiables por estas dos insalvables trincheras de la vida en Buenos Aires; obligadas, ahora más que nunca, a manejarse en el corte exacto de un acantilado de emociones: ¿te imaginas que ganamos?, se ilusionan y parecen volar unos en los segundos impares; ¿te imaginas que perdemos?, susurran en los pares los mismos, angustiados y deseando desaparecer ya antes de jugar, no vaya a ser… Y al tratarse de un aviso universal, funciona del mismo modo para todo el mundo en todo el mundo, neutrales en Argentina —haylos— y neutrales en el resto del planeta fútbol. También en España, claro. Aquí podrá verse en directo (salvo diluvio persistente), a las 20:00h, en el canal #Vamos (dial 8) de la plataforma Movistar+.

¿Quién llega mejor a esta final a doble partido y donde los goles en campo contrario no valen doble? La pregunta es un acertijo sin solución. Hace menos de un mes, River era candidato claro al título según los analistas más considerados y Boca, por boca de los mismos, apenas era más que una víctima propiciatoria para el imponente Palmeiras en semifinales. Hoy River parece algo menos y Boca se antoja bastante más. Y se sabe que en una final pesa mucho el momento de cada uno, aunque todo momento puede cambiar en apenas un segundo.

River Plate asume el partido más áspero de su desbordante historia huérfano de Leonardo Ponzio, capitán y padre espiritual. El mediocentro rosarino, ex del Zaragoza y actual ícono deportivo del club, se perderá este partido de ida de la final —o primera final como acentúan allí, siempre intencionados y casi siempre precisos— por una lesión muscular, que es un drama en sí misma, y que se produjo ante Gremio en la vuelta de las semifinales. Se lo espera, se lo reza, para el partido de vuelta, donde puede convertirse en el capitán con más edad en levantar la Copa Libertadores… Nacho Scocco, goleador serial y azote en la última visita a La Bombonera (0-2, doblete suyo) es duda razonable, también por molestias físicas, y será suplente en el mejor de los casos.

Desde el desahogado barrio de Núñez, se maneja la opción de que River se ordene con el mismo doble pivote que asfixió a Boca en el último antecedente entre ambos, ya comentado. Ahí, Ponzio y Enzo Pérez se las negaron todas a los creativos rivales y hasta procuraron varias emboscadas en la salida del balón al mediocentro colombiano Wilmar Barrios, quizá el futbolista de Boca Juniors que con más fuerza llama a las mejores puertas del fútbol europeo. Sin Ponzio y con la vuelta en El Monumental el próximo 24 de noviembre, sábado, a la misma hora, la siderurgia se impondrá a la artesanía, y Bruno Zuculini será el socio industrial de Enzo Pérez. Ambos, además, deberán proteger a sus centrales, Maidana y Pínola, apercibidos de sanción y cuya ausencia en la vuelta, en caso de ver una amarilla, obligaría al técnico Gallardo a un recambio inédito y dudoso.

En esta ocasión, si Marcelo Gallardo maneja alguna duda, será en la zona ofensiva. Con el pretendido —por el Real Madrid— Exequiel Palacios y con el muy talentoso Pity Martínez —traspasado ya, para enero, al Atlanta United del Tata Martino por 15 millones de dólares— como fijos, un centrocampista de buen pie —Ignacio Fernández—, otro de mejor —Quintero—, un delantero posicional —Pratto— y un segunda punta agitador —Santos Borre, ex Atlético y Villarreal— se juegan dos puestos, sin que se aprecie muy claro todavía qué dos serán los elegidos de inicio. Quizá sean Nacho y Pratto. Seamos valientes, y atrevámonos a poder errar en el intento por acertar. No hay nada más responsable que ser valiente.

Valiente será Boca, desde el resguardo de saber que una final se tarda 180 minutos en ganar y mucho menos de uno en perderla. Se intuye que lo será, al menos un poco más que su rival en este primer partido, por jugar en casa —una casa incomparable, que late y te hace volar— y porque viene en cierta crecida. La lesión del portero titular Andrada y la entrada de Rossi no ha sido la tragedia que se preveía, por más que el nuevo arquero sigue obligando a santiguarse en cada balón aéreo. ¿Ha habido algún cambio táctico que haya impulsado esta versión más vigorosa y saludable de Boca? Sin duda, sí. Barros Schelotto ha renunciado a la figura del segundo delantero —y no era uno cualquiera: la posición la alternaban Mauro Zárate y Carlos Tévez…— priorizando el refuerzo de una zona central, donde las altísimas pulsaciones del uruguayo Nández auxilian a Barrios y a Pablo Pérez en un trivote mucho más fiable que vistoso. El central Izquierdoz es el cacique de la defensa, los extremos Pavón y Villa exhiben más colorido desde que entró la primavera austral —otoño en nuestro hemisferio— y arriba se turnan dos demonios: uno para las defensas (Ábila) y otro para los porteros (Benedetto).

Si el fútbol es un estado de ánimo, como compartió con clarividencia Jorge Valdano en su momento, el de esta tarde va a estar tan inflamado que quizá quede algo deformado. Si se juega como se vive, brillante apunte para la hemeroteca de Juanma Lillo, nos aguardan 90 minutos inolvidables, más por la tensión que destile cada disputa que por otras virtudes más próximas al buen gusto o a los modales exquisitos. Hay tanto en juego que no se jugará demasiado. Pero hay tanta vida alrededor, que se vivirá hasta casi morir. No esperen bombones en La Bombonera, quizá haya que verlo con gafas de soldador antes que con lentes bifocales, pero véanlo. No se lo pierdan. Quizá sea una obsesión, como cantan ambas hinchadas desde que arrancó esta edición de la Copa Libertadores. La mayor obsesión de todas en el fútbol latinoamericano.

Cefalópodo. Activista de imposibles renovables. Dueño, como nadador, de un diploma paralímpico único en Londres 2012. Único... porque no ganó más (50 espalda) y porque nunca nadie ha alcanzado uno igual: con 33 años y sin haber entrenado nunca antes de los treinta. Doctor Honoris Causa en México y conferenciante motivacional sin fronteras en www.delospiesalacabeza.org, regresa a la redacción deportiva tras fatigar teclados en Heraldo de Aragón y en As a principios del siglo

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