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Brasil debería deshacerse de los fantasmas del 2014

La selección de Tite será local en la Copa América y tiene una oportunidad de oro para dejar en el pasado el fracaso del Mundial del 2014. Es la gran favorita.

Hoy arranca en Brasil  una nueva edición del torneo de selecciones más antiguo del mundo, cuya reputación sobrevive a pesar de que están tratando de destrozarla. Además de organizarla con una frecuencia incomprensible e injustificable y de invitar a países del otro lado del mundo, la Conmebol ha anunciado que la Copa América del 2020 (sí, otra vez dos copas en años consecutivos) se disputará entre Colombia y Argentina y que incluso la final se jugará a ida y vuelta, un partido en Bogotá y otro en Buenos Aires. Y también, como no podía ser de otra manera, contaremos con la presencia de las muy hermanas selecciones de Australia y Catar. En fin, volvamos a Brasil.

 


Neymar, ¿un problema menos?


En principio, la grave lesión que sufrió Neymar en el amistoso frente a Catar, y su posterior baja, fueron pésimas noticias para la selección brasileña. Después de todo, el jugador del PSG es la gran figura del equipo, uno de los líderes en el vestuario y el rostro más carismático de un equipo que busca reivindicarse con su exigente afición. Sin embargo, la estrella brasileña atraviesa una delicada situación judicial tras ser denunciado por violación, por lo que su apartamiento del plantel de Tite podría ser más bien positivo. Toda la atención de la prensa mundial hubiera estado puesta sobre Neymar, y, por lo tanto, sobre la selección brasileña, que ha demostrado no soportar demasiado bien la presión mediática.

Es evidente que la ausencia de un jugador tan determinante en el campo afectará el juego de Brasil, pero una selección tan rica en variantes no debería sufrir demasiado para reemplazarlo. Tite convocó a Willian en el lugar de Neymar, pero bien podría haber llamado a Vinícius Jr. o a Lucas Moura, lo que habla de la inmensidad del universo de jugadores brasileños. La ausencia de Neymar le dará todavía más protagonismo al incisivo Richarlison, de buen rendimiento cada vez que ha jugado para su selección.

La localía, como quedó demostrado en el 2014, puede ser un arma de doble filo. La torcida brasileña, una de las aficiones más exigentes del mundo, reemplaza las notas de samba por el hiriente “burros” con una facilidad alarmante. Los jugadores sienten esa presión que, sumada a la ausencia de títulos importantes desde el 2002, corre el riesgo de paralizarlos. Aún así, Brasil es la gran favorita de la Copa que organiza: tiene el mejor plantel, uno de los técnicos más experimentados y un problema extra futbolístico menos con la salida de Neymar.

 


Rivales de peso


Por historia, la otra favorita debería ser Argentina, pero, a pesar de contar con el mejor jugador del mundo, la selección albiceleste atraviesa un momento de profunda incertidumbre. El mal desempeño en Rusia justificó el despido de Sampaoli, técnico cuestionado y polarizador. La caótica AFA optó por ratificar en el cargo a Lionel Scaloni, uno de los asistentes de Sampaoli, por lo menos hasta el final de la Copa América de Brasil. Argentina no tiene una idea clara de juego y se aferrará, como es costumbre, a la genialidad de Messi, que se enfrenta a una de sus últimas chances de levantar una copa con la selección mayor.

A pesar del contexto, descartar de arranque a los argentinos es un poco osado, dada la calidad de algunos de sus jugadores. Sin embargo, está claro que la albiceleste se encuentra claramente por detrás de Uruguay, la selección con más chances de competir con Brasil por el título. En su decimotercer año como técnico de la selección, el maestro Tabárez ha renovado el mediocampo con nombres importantes —Torreira, Bentancur, Vecino, Valverde— que se complementarán con los Godín, Giménez, Suárez y Cavani, estrellas y líderes de la celeste. Además de la riqueza de su plantilla, Uruguay contará con un importante contingente de hinchas, lo que la vuelve una de las favoritas.

Un poco detrás de la campeona del 2011 se encuentra Colombia, que encara un período de renovación con el portugués Carlos Queiroz en el banquillo. El plantel colombiano es importante: Ospina, Sánchez, Mina, Uribe, James y Falcao forman una columna vertebral que le planta cara a cualquier selección del mundo. Sin embargo, todavía es temprano para lanzar conclusiones sobre un equipo acostumbrado a los métodos de José Pékerman, bajo cuyas órdenes trabajó por seis años. Colombia tiene variantes en todas las líneas, sus jugadores trabajan en las mejores ligas del mundo y tienen mucha experiencia, de manera que no podemos descartarla para llegar lejos.

 


La nueva clase media


Claramente por debajo de Colombia vive un grupo de selecciones que peleará por el quinto puesto para clasificar, teniendo en cuenta que la presencia de las cuatro mencionadas líneas arriba está casi garantizada. Chile, Perú, Ecuador y Paraguay, la nueva clase media de la región, buscará dar la sorpresa pero, sobre todo, prepararse de la mejor manera para las eliminatorias porque ninguna –salvo Perú- puede darse el lujo de perderse el Mundial de nuevo.

El caso chileno es conocido: la generación de oro que consiguió dos Copas América consecutivas empieza a envejecer y el recambio es bastante más mediocre. Reinaldo Rueda es un técnico inteligente y experimentado, pero el éxito de Chile dependerá, más que nunca, de lo que puedan hacer Alexis Sánchez y Arturo Vidal, los líderes de la vieja escuela. Paraguay, por su parte, cuenta con un grupo de jóvenes prometedores a los que Eduardo Berizzo sacará el jugo. El problema es que el argentino lleva poco tiempo trabajando con el plantel y muy probablemente necesite unos meses más para consolidar su proyecto.

Ecuador pasó de liderar las eliminatorias por varias jornadas a quedarse fuera de Rusia en una de las actuaciones más extrañas de una selección en Sudamérica. La llegada del querido y experimentado Bolillo Gómez —que llevó a Ecuador por primera vez en su historia a un Mundial, en el 2002— aporta una sensación de tranquilidad al equipo, aunque no parece muy probable que llegue lejos: la gran arma de la tricolor es su admirable manejo de la localía que ostenta en el Atahualpa de Quito, donde es casi invencible.

Perú, por su lado, tiene la ventaja de que cuenta con un equipo armado y que se conoce bien. Ricardo Gareca mantiene la misma idea –y el mismo once, básicamente— que lo llevó a Rusia. Sin embargo, el argentino se ha visto obligado a reemplazar a sus veteranos centrales por jugadores más jóvenes, lo que explica la convocatoria del experimentado Carlos Zambrano después de años de haber sido excluido por su mal temperamento en el campo. Por lo tanto, la solidez defensiva –una de las grandes armas de Perú en la eliminatoria pasada— no está garantizada, así como tampoco lo están los goles de Paolo Guerrero, cuyo nivel, a sus 35 años, empezará inevitablemente a decaer. El problema más grave de la selección peruana es la escasez de recambio, lo que lleva al cuerpo técnico a confiar básicamente en sus titulares, muchos de los cuales no están para jugar noventa minutos.

Finalmente, todo parecería indicar que Venezuela, Bolivia, Catar y Japón aprovecharán la Copa para consolidar sus proyectos, de manera que no deberían ser una amenaza para los cuatro grandes y la nueva clase media.

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

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