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Política

Brexit en el Casino

La partida empieza a parecerse a las tensas escenas de casinos en las películas de Hollywood y todas las fichas están sobre la mesa.

Llegaba dispuesto a hablar de fútbol, algo mucho más simple y más agradecido que la política, pero la cantidad de acontecimientos sucedidos en las últimas horas entorno al gobierno de Boris Johnson ofrecen contenidos para llenar una novela de intrigas, abogados, buenos y malos. Ya le hubiera gustado a John Le Carre encontrarse semejante argumento.

Hace unos días Boris Johnson quiso dar un golpe de autoridad (o, para algunos de nosotros, simplemente un golpe de estado) intentando eliminar el poder del Parlamento para evitar un Brexit duro. Para ello necesitaba de una suspensión inusualmente larga, sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial, y del consentimiento de la Reina, que realmente no tiene poder para evitar los planes de Boris Johnson. Personajes importantes en el gobierno de Johnson, como los inexplicables e insoportables Michael Gove o Jacob Rees-Mogg, habían sugerido antes que una acción como ésta era antidemocrática. Esto era antes de que tal acción beneficiara sus intereses.

Hagamos un breve alto. Primero, por si había duda tras el párrafo anterior, creo que la salida del Reino Unido de la UE es un error, negativa para el resto de la Unión y altamente dañina para el propio Reino Unido. Se han filtrado múltiples informes del propio gobierno advirtiendo del caos en los puertos, la caída del PIB o la carencia en algunos medicamentos. Pese a todo, los más recalcitrantes de los políticos favorables al Brexit sin acuerdo insisten en su misión. Lógicamente, tratándose de gente de alto poder adquisitivo y familias tradicionalmente poderosas, no van a sufrir. Si acaso, aumentarán la distancia que les separa de los pobres. Sorprendentemente, es justo entre esa demografía donde el Brexit duro ha encontrado sus mayores puntos de apoyo, aquellos que van a pagar la factura. Y precisamente esto hace la situación ya de por sí triste, por la separación y por deshacer todo lo que ha avanzado desde la Segunda Guerra Mundial, lo sea todavía más.

Volvamos al presente. Las reacciones ante la suspensión del Parlamento han incluido varias demandas ante los juzgados, tanto en Edimburgo como en Londres. Mientras tanto, ha dado comienzo un juego de póker con algunas cartas marcadas y los humos por las nubes.

Johnson sabe que entre sus parlamentarios hay quien se opone al Brexit duro, entre ellos el antiguo Ministro de Economía, Phillip Hammond. En una reunión mantenida en Downing Street, Johnson acusó a Hammond de querer entregarle el gobierno a Corbyn, líder del partido laborista. Cuando Hammond replicó que su intención es entregar el control al Parlamento, Johnson insistió en que se lo iba a dar a una junta en la que se encontraba Corbyn. Parece que a Johnson no le cae bien su rival.

Antes de la reunión, uno de los colaboradores de Johnson increpó al grupo de rebeldes. Algunos periodistas que estaban allí presentes se han ido haciendo eco de la tensión en sus cuentas de Twitter. También ha transcendido que en la reunión Johnson ha amenazado a su propio partido con elecciones anticipadas, un segundo referéndum y hasta con revocar el artículo 50, en otra muestra más de su manera particular de entender la democracia. Boris Johnson, una imitación de “todo a 100” de Trump, ha puesto todas sus fichas en el centro de la mesa, jugándoselo todo a Brexit duro o permanecer en la UE. Algunos analistas creen que Johnson puede haber menospreciado la mano de su rival.

Tanto es así que forzar a sus miembros del parlamento a no ser candidatos le ha costado la mayoría parlamentaria: Phillip Lee ha dejado el partido conservador y se ha unido al grupo parlamentario de los liberales democráticos, partido decididamente pro-EU. No olvidemos que, si bien los parlamentarios se deben a su partido, son elegidos personalmente por sus distritos electorales y se deben a ellos.

En el otro lado de la balanza el equilibrio no es sencillo, en parte por la tibieza de Corbyn en cuanto a la permanencia en la UE. Temerosos de perder los votos de los trabajadores que votaron por la salida de la Unión, el partido laborista, favorable a la legislación comunitaria y sabedor de que los conservadores eliminarán varios derechos a los trabajadores sin el “yugo” de Bruselas, no se atreve a posicionarse claramente a favor de la permanencia, aunque sí está a favor de un segundo referéndum.

Junto a Corbyn están muchos conservadores favorables a la permanencia en la Unión y los que querrían salir con acuerdo, los mencionados liberales democráticos, los nacionalistas galeses —también partidarios de salir con un acuerdo negociado— y los escoceses, que quieren permanecer en la Unión. Encontrar una estrategia común para evitar el Brexit duro entre tan diverso grupo es complicado, de ahí que Johnson amenace con elecciones el 14 de octubre: quiere hacer pensar a los miembros del partido conservador que perderán las elecciones y Corbyn gobernará, y que en el mejor de los casos impondrá un acuerdo de salida favorable a los trabajadores y contrario a lo mas rancio del partido conservador. Este grupo de parlamentarios necesita mostrarse unido y tener un sólo objetivo: evitar la salida de la Unión Europea el 31 de octubre sin acuerdo, y una vez impuesta esa prohibición podemos debatir si queremos un segundo referéndum, revocar el articulo 50 o celebrar unas elecciones generales, pues ya hace unos meses que no pasan los británicos por las urnas y no estará de más tener un Primer Ministro (o una) como resultado de una votación y no de las intrigas internas de un partido.

Las primeras noticias que llegan de Westminster es que los parlamentarios opuestos al Brexit duro han logrado una primera victoria, imponiendo en la agenda el debate de la moción. Y desde Europa se ha confirmado que desde la llegada de Johnson a Downing Street nada se ha propuesto como alternativa a la frontera irlandesa, ni que se ha hecho avance alguno en la negociación del acuerdo de salida.

La partida empieza a parecerse a las tensas escenas de casinos en las películas de Hollywood y todas las fichas están sobre la mesa. El problema es que las fichas somos nosotros. Esperemos que los ases no estén en la mano de Boris.

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