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Foto Twitter Servando Sánchez.

Fútbol

Una gran luna naranja coronaba el cielo gaditano

Una luna imponente y señorial, una mandarina agujereada, el postre de un gigante. Quise inmortalizarla con el móvil desde mi asiento de tribuna. Cuando miré la foto, apenas vi un punto blancuzco y esmirriado, ningún parecido con el hermoso espectáculo celeste. Aquella fue la segunda decepción de la noche.

La primera la protagonizó el Girona, una constelación de estrellas que se vio reducida a un desangelado conjunto de oscuros meteoros que deambularon por el césped del Carranza sin rumbo ni destino. Su derrota por dos tantos a cero fue el producto de su demérito y, por supuesto, del buen hacer defensivo de los gaditanos.

Apenas el balón comenzó a rodar, las dos escuadras dejaron claras sus intenciones. Los catalanes intentaban jugar el esférico desde la portería, pero la circulación era excesivamente previsible: Granell se ocupaba de las primeras zancadas, los laterales se pegaban a la cal, Borja García buscaba la conexión con Stuani… Cifuentes apenas si tuvo que intervenir en algún disparo lejano.

Por su parte, los andaluces seguían el guion mil veces repetido: aplicación defensiva, robos, contragolpes veloces. Garrido, muy activo toda la noche, echaba arena en el engranaje visitante y cortocircuitó no pocas jugadas. Álex, en su línea habitual, (es decir, excelente) consiguió conectar un par de veces con Salvi, veloz y afilado.

El encuentro, en fin, seguía los parámetros previstos por Cervera. Las rutilantes figuras foráneas (Diamanká, Samu Saiz, Jairo) estaban opacadas por la solidaridad y la disciplina amarillas. Aquí una pierna de José Mari, allá un pie de Carcelén, allí el pulmón de Espino. Imposible superar el entramado.

Como suele ocurrir en los partidos del Cádiz, parecía que no pasaba nada, que el único horizonte posible eran las tablas.

Y entonces apareció Perea, bendecido en este inicio de temporada. Progresó por la banda izquierda y, en lugar de recortar hacia dentro, probó con la zurda. El balón rebotó en Alcalá y terminó fundiéndose con las mallas.

El 1-0 no hizo sino exacerbar las características del choque. El Girona seguía con su circulación aseada, ahora con un punto de ansiedad. El Cádiz seguía empeñado en demostrar que el esfuerzo plural y concertado siempre suma más que un grupo de individualidades. Pese a las intentonas de los de Unzué, lo cierto es que no consiguieron crear ni peligro, ni ocasiones, ni nada. Buen día para el colectivismo.

Dadas las circunstancias narradas, el partido terminó según mandan los cánones clásicos.
Por un lado, la estrella del equipo presuntamente superior terminó desquiciada y duchándose antes de tiempo. Stuani —quién, si no— tuvo un rifirrafe con Carcelén que le supuso la segunda amarilla y consiguiente expulsión.

Por otro, el descuido permanente de la retaguardia visitante trajo como consecuencia el segundo gol de los gaditanos. En un contragolpe fulgurante, Salvi sacó un centro que se coló entre las piernas de Alcalá —vaya nochecita la suya— y llegó a Álex, que fusiló a placer.

El 2-0 sellaba con lacre la victoria más plácida de la temporada frente al rival más poderoso. Volvieron los cánticos, los aplausos, la comunión de palmas y coplas. Saqué el móvil y fotografié a los lejanos jugadores amarillos. Sus sonrisas aparecían enormes y resplandecientes, sin dejar espacio alguno a la decepción.

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