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Música

Camilo Sesto y algo de mí

Su Getsemaní ponía los pelos como escarpias. Camilo tenía garganta para ser Jesús, Judas y hasta María Magdalena si le hubiera dado la gana.

Reconozco que, consciente o inconscientemente, empiezo a despedirme de ciertos personajes mucho antes de hora. Cuando el mito empieza a comerse al ser humano —bueno, salvo en el caso de Elvis, que fue al revés—, a mí me puede el olvido. Excesos, cirugías estilo Dorian Gray y, sobre todo, la muerte natural de sus musas, acaban con mis ganas de seguir fiel a sus carretas. Hoy ha muerto Camilo Sesto y yo le tenía en esta lista. Minutos después empecé a recordar que era de los nuestros.

Soy poco de llevar cebada al rabo de nadie, pero Camilo era Camilo. Mi primer amor, ese que duele en el alma cuando termina y que completa tu puzzle de hormonas cuando comienza, surgió con dos miradas encontradas, pero se fraguó entre las últimas filas de un cine de barrio y bailando “Jamás» y “Vivir así es morir de amor» en una discoteca de San Blas. Podría haber sido en otro cine y con otras canciones, pero es que fueron ese y esas. Así que, gracias Camilo, por la parte que te toca.

Advierto también que el manual del machista que seguíamos todos los chavales de finales de los 70, impedía reconocer en público que escuchabas a Los Pecos, Sandro Giacobbe o al mencionado Camilo. Pero al igual que Aznar dice que habla catalán en la intimidad, la nuestra estaba llena de muchas canciones que jamás reconocíamos públicamente poner en nuestros tocadiscos. Y les juro que aunque lo de Aznar no hay quien se lo crea, lo nuestro era verdad de la buena. Macho, machote, puro engañote. Tiernos por dentro y pura apariencia por fuera. Quizá con más sinceridad hubiésemos triunfado donde muchas —y merecidas— veces nos dejaron plantados.

Afortunadamente, llegó un momento en el que Camilo Sesto tomó el camino que luego seguiría el gran Alfredo Landa. Cambió de registro de tal manera que ya hasta para los chicos de la época quedaba bien decir “Este tío me gusta». Jesucristo Superstar nos puso a todos en fila a admirar a este hombre. Su Getsemaní ponía los pelos como escarpias. Camilo tenía garganta para ser Jesús, Judas y hasta María Magdalena si le hubiera dado la gana. Pero un hombre con esa voz siempre corre el peligro de perder la razón a medida que se le empieza a acabar. No digo que esto le sucediese a Camilo, pero tampoco que no sea lo que de verdad le ha pasado.

Saber envejecer y adaptarse a los cambios físicos del cuerpo que nos acompaña durante nuestra andadura en la vida es lo que dicen que te da equilibrio mental. Es fácil afirmarlo cuando nunca se ha sido una pegatina en casi todas las carpetas de las adolescentes de España.

Descanse en paz, Camilo, porque creo que su vida tampoco ha sido un camino de rosas. La distancia que hay entre ese Getsemany y el taladrante sonido del “Mola mazo» puede que resuma su vida. Eso sí, acuérdese, allá donde vaya, que también es un pedazo de la mía.

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