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Ángel Cappa.

Fútbol

Cappa: «El capitalismo ha robado el fútbol a la gente»

«El dinero no sobra nunca y, en mi caso, menos: tengo una hija periodista y un hijo sociólogo».

Fue un entrenador de mundo. Su última experiencia fue en Perú hace ya seis años. Quizá porque el entusiasmo se marchó a otra parte o la edad impuso su deber. Al fondo queda una biografía incansable con la maleta y la palabra, capaz de trasladarnos a todas partes y de perseguir un mundo mejor. Todavía lo hace hoy Ángel Cappa (Bahía Blanca, 1946), que no se declara un jubilado al uso. Hace un año escribió, junto a su hija María, un libro ‘También nos roban el fútbol’, donde atenta en contra de la desigualdad. Pero así es esta vida en la que, pese a todo, siempre nos quedará la conversación de Cappa. Un juego de contrastes que esta vez aterriza en la precariedad laboral. “Con una hija periodista y un hijo sociólogo, no me puede sobrar el dinero”, advierte hoy sin alejarse nunca de su pasado. “El fútbol me traslada a un mundo en el que encontré la felicidad”.

—“También nos roban el fútbol”, ya era lo único que nos faltaba.
—Sí, efectivamente. El fútbol es un bien común, un derecho o una necesidad que siempre perteneció al pueblo. Pero el capitalismo se lo ha arrebatado a la gente y lo ha convertido en un negocio, en una herramienta para ganar dinero que es la conclusión a la que llegamos en el libro que, en realidad, es una investigación periodística de mi hija en la que yo sólo le presto mi apoyo.

—¿No es usted periodista?
—No, no, por favor. Nunca tuve esa vocación. He tenido otras, pero casualmente ésa vocación no llegó a mi vida.

—¿Y por qué?
—No lo sé. Las vocaciones no se programan, no se compran en los supermercados. Cada uno es de donde viene. Nací en Villa Mitre, en un barrio marginal, donde el fútbol era nuestro nexo con la vida. Y en ese escenario mi principal vocación era la de jugar en el primer equipo de mi barrio. No conocía otra mejor.

—¿Podría ser eterno Ángel Cappa?
—No, no, ¿quién ha dicho eso? Ojalá lo fuese, pero el día a día, la vida, me demuestra que sólo soy uno más en medio de la muchedumbre y de una sociedad en la que hay un 1% de ganadores y un 99% de perdedores y yo formo parte de ese 99% de perdedores. Y no pasa nada. No hay problema porque la derrota no me asusta, entre otras razones porque siempre nos queda la posibilidad de luchar frente a ella.

—“Nadie es perfecto”, se decía en Faldas y a lo loco de Billy Wilder.
—Es una frase memorable. Todos somos imperfectos. No se puede pretender que la vida de nadie sea perfecta como ya vimos en aquella frase de Jesucristo: «aquel de ustedes que este libre de pecado tire la primera piedra». Nadie tiró esa piedra.

—Le veo a usted como un jubilado feliz.
—No, jubilación, no. No sé ni tan siquiera lo que quiere decir esa palabra. Hay recuerdos, efectivamente, que me trasladan a mundos en los que encontré la felicidad. Incluso he aceptado que ya tengo muchos años para volver a entrenar, que perdí ese entusiasmo o que todo tiene un final. Pero no me he desentendido de la vida ni de la política, porque política está en todas partes, en nuestra manera de relacionarnos, de vivir, de elegir lo que vas a leer y hasta de hablar de fútbol por la radio como hago ahora.

—Toda la vida hablando de fútbol. ¿No le cansa hablar tanto de fútbol?
—Nunca, porque en el fútbol no está todo inventado. Los grandes jugadores, como los grandes escritores, siempre inventan otra vez. Otra cosa es que haya caminos o herencias del pasado, pero eso no quiere decir que no haya más que inventar. Ese día no va a llegar nunca en el fútbol, porque no puede llegar.

—¿Qué equipo hoy no deja de sorprenderle?
—Sin duda, el Manchester City. La idea, la honestidad que demuestra con la pelota, la sensación que da de que, siendo respetuoso con la pelota, se puede llegar a todas partes y, como decía Xavi, de que si se gana jugando bien, se gana dos veces.

—Sin embargo, el City fue clamorosamente eliminado de la Champions.
—Pero eso no quiere decir nada. No tiene nada que ver. Sólo nos recuerda que no hay nadie infalible y que en el fútbol pasa como en cualquier otra profesión: no se puede ganar siempre y hay que aceptarlo. Hay que aprender que no todo es ganar. Es una manera honesta de caminar por la vida, de entender que hay unos objetivos que se pueden cumplir y otros que no.

—¿Qué objetivo no ha cumplido?
—Cumplí el primordial. Quise jugar en el primer equipo de mi barrio, el Villa Mitre. Mi infancia giraba entorno a esa idea. No lo puedo olvidar nunca. El día que debuté fue la emoción más grande de mi vida futbolística.

—¿Por qué no hay posibilidad de que vuelva a entrenar?
—Si tuviese la edad necesaria, sí, pero…

—La edad es muy relativa. A los 60 años, Quique Setién vive su época dorada como entrenador.
—Sí, efectivamente, porque cada uno tiene su mundo. No son edades. Son mundos y en el mío ahora prefiero hacer otro tipo de cosas que no hacen más que recordarme que el fútbol ha sido muy importante en mi vida pero no ha sido toda mi vida. Hay que saber diferenciar. Otra cosa es si tuviera una necesidad económica urgente… No es el caso.

—¿Entonces le sobra el dinero?
—No, no me sobra el dinero (risas). El dinero no sobra nunca y, en mi caso, menos, con dos hijos que no tienen un trabajo estable: tengo una hija periodista y un hijo sociólogo y escritor que hacen cosas por aquí y por allí, pero…

—Vamos a acabar hablando de la precariedad.
—Sí, esto es el capitalismo. Es lo que decíamos al principio. El capitalismo es desigualdad. Una ínfima cantidad de gente tiene más que el resto del mundo, disfruta del esfuerzo de los demás. Es un sistema que mata. Pero esto es de lo que tratan de convencernos las grandes multinacionales, de que se puede seguir siempre así, y no; este no es el camino.

—¿No hizo nunca un Master usted?
—Si hubiera tenido la facilidad de no ir a clase, tal vez me hubiese anotado a esa posibilidad. Pero no, no las tuve.

—¿Y cuánto le costaron los Masters que estudiaron sus hijos?
—¿Acaso los hicieron? Si los han hecho se los pagaron ellos con sus chapuzas, yo no tengo constancia de haberlo hecho.

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