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Real Madrid

Cartas de un madridista millennial: del fichaje de Neymar

El Madrid tradicional (el de Juanito, el de los García, el de la Quinta incluso) resulta absolutamente contradictorio con lo que representa Neymar.

Estimado P.:

Quiero estrenar este epistolario explicando su finalidad. Me gustaría que sirviese como intento de unión de dos corrientes del madridismo en apariencia muy distanciadas. La tuya: concienzuda, austera, erigida en torno a Ligas y Copas setenteras y ochenteras acumuladas sin descanso, humilde de puro castiza —“casi nunca la mejor plantilla, casi siempre el mejor equipo”—. La mía: inconstante, feliz, amparada por éxitos en Europa sin parangón, pródiga, un punto diletante. Lo hago jugando con tus reglas, o sea, empleando un formato de tu época —desconozco quién escribe cartas aún, para los millennials Correos solo existe a la hora de votar—, y también un canal más cercano a tu edad; lejanos se hallan los tiempos en que los periódicos derrochaban prestigio, ora por su contenido ora por su condición de coraza antitérmica para los héroes que bajaban a tumba abierta el Tourmalet.

Al tratarse esto de un periódico, pues, el banderín de enganche tendrá que constituirlo la actualidad. Vamos allá. Habrás oído los insistentes rumores acerca de la posibilidad de que el Real Madrid, nuestro Real Madrid, acometa el fichaje de Neymar Jr. Ya imagino tu ceja alzada ante la estratosfera, en una mueca de fastidio. El Madrid tradicional (el de Juanito, el de los García, el de la Quinta incluso) resulta absolutamente contradictorio con lo que representa Neymar. Confieso encontrarme casi igual de incómodo que tú ante la situación. No obstante, quizá sea justo esquivar un instante los prejuicios y analizar detenidamente los pros, que los hay.

La mayoría, no nos engañemos, son de naturaleza morbosa y pivotan en torno a su condición de ex azulgrana. Vestirlo de blanco supone un torpedo a la línea de flotación rival: el recordatorio de que el fútbol, al final, no es más que un juego. Lo que permite descender de la nube el discurso pomposamente solemne de cierto barcelonismo, ufano y encantado de conocerse. Algo bastante terapéutico, igual que los liberales convencidos de la absoluta bondad del mercado y la mano invisible necesitan que una crisis económica periódica les baje los humos. Además, la camiseta del Madrid es experta históricamente en acoger almas pendencieras para con ella e insuflarles, siquiera momentáneamente, algo de luz. Te nombraré a Petrovic y asentirás. Por otro lado, la dosis de piadoso materialismo no se limita a la reinserción del antiguo antimadridista, hijo pródigo, sino que también replica al fatigoso idealismo blaugrana, en sus formas futbolística y moral. Frente al relato pretendidamente superior de un estilo de juego depurado, el Edén balompédico al que todos quieren llegar, el Madrid presentaría su habitual pragmatismo desacomplejado y desenfadado: el principal y único plan es acumular talento. Total, los ataques, como las oscuras golondrinas, iban a regresar inexorablemente. Y sin variar un ápice sus greatest hits: “El Madrid no juega a nada”. Ya escuchaste a Simeone el otro día. ¡A Simeone! Te tienes que reír.

Deportivamente, y a pesar de la unanimidad acerca de considerar a Neymar como el heredero de Messi, no estoy seguro de si hay más pros que contras. La carrera de los brasileños ofrece suspicacias y si Kaká fracasó pasando las tardes leyendo la Biblia, qué podemos decir de alguien que viene con semejante séquito a cuestas. Como millennial, Dios me libre de ser partidario de que todos nuestros jugadores desposen a María Ostiz, pero tampoco me agradaría ver a Vinicius entrar en una espiral que lo lleve a desembocar en Supervivientes en dos temporadas. Porque esa es otra cuestión principal: el contagio. No solo en el ámbito de falta de profesionalidad, sino en el vil asunto pecuniario. Por último, está el ruido alrededor de la institución. El Madrid ya ha tenido en anteriores ocasiones algunos jugadores cuya entidad mediática tenía un peso, digamos, de por sí imponente al margen de la del club. La sinergia suele ser beneficiosa, y, como dije antes, Florentino ha edificado su iglesia sobre esto: la identificación parcial del Madrid con la Metro Goldwyn Mayer, más estrellas que en el cielo. Pero, en este caso concreto, la polémica que envuelve al jugador resulta difícilmente disimulable con humo y espejos. Solo los goles y el metal garantizados —algo que Neymar no ha demostrado en París— podrían maquillarla. Sobre todo si el precio a pagar en escándalos se añade, insisto, a una base de 38 millones de euros netos anuales.

Confío en que a estas alturas ya no lo tienes tan claro y sopesas, como yo, envuelto en un mar de dudas. Acaso finalmente sí que haya una solución de continuidad entre nuestros Madrides, el del siglo XX y el del siglo XXI. Porque ambos configuran el mayor mito deportivo construido a partes iguales, y de manera paradójica, a partir de la perenne tensión entre la ilusión y el realismo.

Saludos afectuosos.

P.

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