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Tarantino Zidane

Real Madrid

Cartas de un madridista millennial: Tarantino y el Madrid de Zidane

Quiero películas de Tarantino gangsteriles y violentas, y un Madrid que gane en el minuto noventa.

Estimado P.:

Como buen hijo de mi tiempo, el otro día fui al cine a ver la última película de Tarantino, cita imperdible para todo millennial que se precie. Tu mirada escéptica hacia el de Tennessee tiene menor justificación en esta ocasión, pues la ambientación pretende honrar al Hollywood de los años sesenta —terreno familiar para ti—y, singularmente, a uno de los géneros preferidos de tu generación: el western. A priori, tus aspavientos desconfiados de la modernidad que impregna al polémico director debieran sustituirse por una curiosa expectativa. Aunque, una vez visto el resultado, me temo que solo a priori.

La cinta, técnicamente exquisita, a quien verdaderamente homenajea es a la intrascendencia. Pero no mediante un canto existencialista que conmueva el alma, sino contagiando una abulia, por momentos, desesperante. Contemplar a Pitt y DiCaprio desperdiciar su evidente química en circunloquios absurdos y en subtramas incapaces de articular un contexto coherente resulta exasperante. Hasta tal punto que no pude evitar que mi mente se dispersara recordando las anteriores películas del director, mucho más sugestivas, o que directamente buscase similitudes con los temas verdaderamente relevantes de la vida. Verbigracia, la trayectoria del Madrid de Zidane.

Cierto que comparar el cine de Tarantino y el Madrid de Zizou no resiste si nos acercamos a los detalles concretos: a diferencia de la meticulosa obra tarantiniana, los blancos son un equipo solo concentrado y ordenado a ratos. Y en ningún caso propenso a la violencia, leitmotiv indispensable en los films de Quentin. Ni siquiera el más pragmático de nuestros jugadores, el inefable Casemiro, puede identificarse con algún personaje; su brusquedad es torpe, desmesurada, y sus entradas se acompañan siempre de un encogimiento de hombros y de una cara infantil de ingenua incredulidad —“yo no derramé la miel, lo juro”—, lejos de las cínicas sutilezas cruelmente conscientes del Señor Lobo. Ambos solucionan problemas, sí, pero cada uno a su manera.

No obstante, y a pesar de mostrar rasgos muy diferentes, hay una circunstancia que permite salvar, siquiera forzadamente, el improvisado paralelismo. El Madrid actual de Zidane y la última película de Tarantino sí tienen algo en común: ambos han supuesto una ruptura respecto a las sendas idiosincrasias previas. El Real de la segunda venida del marsellés poco recuerda al de su primera etapa. Período en el que, si bien el guión específico de los encuentros resultaba impredecible, el triunfo final estaba garantizado. Para regocijo de los aficionados, que podíamos permitirnos faroles constantes, y para desesperación de los enemigos, que trataban de achacar esa querencia inapelable por los finales felices a supersticiones y azares inexplicables, englobados en un término, “flor”, que escupían con patética rabia. ¡Como si, en el fútbol o en la vida, la fortuna fuese un valor del que avergonzarse! Por su parte, Érase una vez en… Hollywood  también constituye un cisma respecto a la filmografía anterior. Los signos de identidad reconocibles, desde el fetichismo por los pies a los arrebatos de ensañamiento, aparecen de forma salpicada y suponen más excepción que norma.

No faltarán analistas que alaben la versatilidad y el atrevimiento en pos de nuevos caminos cinematográficos a explorar. Incluso habrá quien vea el vaso lleno en la ausencia de un gol postrero que disimule los desajustes defensivos que permitieron a Sergi Guardiola desnudar las vergüenzas madridistas. No es mi caso. En mis gustos yo soy una persona ordenada, casi jerárquica. Quiero películas de Tarantino gangsteriles y violentas, y un Madrid que gane en el minuto noventa. Y abandonar la sala o el estadio con la sonrisa complacida del que acostumbra a revisitar clásicos cada domingo. Pues, en un tiempo de precariedad inestable en lo material, adquieren mayor relevancia que nunca los asideros simbólicos.

Saludos afectuosos.

P.     

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