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Cartas de fútbol

«¡Yayo, que somos campeones!»

Uno de los momentos más bonitos de mi infancia se repetía cada sábado a las 9 de la noche, cuando me iba a ver el partido en abierto con él y mi abuela

Hola, Emmanuel.

Mi abuelo murió el viernes. Se ha ido de repente y de manera inesperada, dentro de todo lo inesperado que puede ser que fallezca alguien de 88 años. Hace dos semanas tuvimos nuestra última charla futbolera, porque mi abuelo –mi yayo, como le llamábamos todos los primos- y yo pasábamos rápidamente del qué tal a cómo están el Madrid y el Barça. Siempre tuve la sospecha de que su cabeza se mantenía en su sitio gracias a ver tanto deporte y a leer los periódicos deportivos a diario. Ese esfuerzo involuntario (lo hacía porque le encantaba) por mantenerse al día, por aprenderse nuevos nombres aunque a veces tirara de atajos (“el de la coleta” era Bale, “el de los bocados”, Luis Suárez) seguro que le hizo bien a su capacidad cognitiva.

Una de las primeras imágenes que guardo sobre fútbol es la de Luis Enrique sangrando con la nariz rota, y la vi en casa de mi abuelo, donde raramente había en la tele otra cosa que no fuera deporte. Los últimos años se los ha pasado cambiando de Gol a Teledeporte y viceversa.

Uno de los momentos más bonitos de mi infancia se repetía cada sábado a las 9 de la noche, cuando me iba a ver el partido en abierto con él y mi abuela, enferma de Alzheimer. Mi yayo me preparaba la cena, siempre la misma, mi favorita: trozos de longaniza con pan. Si como escribió Jabois hace poco, recogiendo una frase de la madre de Camilo Sesto en sus memorias, “la patria no es la infancia, sino la comida”, mi bandera es roja y blanca.

Mi abuelo era (duele usar esta forma verbal) del Barça y le gustaba preguntarme “¿qué le pasa al Madrid?” cuando tocaba crisis en el Bernabéu. Disimulaba su disfrute pero yo lo percibía. Últimamente estaba desencantado con su Barça porque sentía que lo excluían con la posición política del club: en un mundo tan globalizado se saltan a los aficionados que tienen a la vuelta de la esquina. Messi lo mantenía a flote, como al propio Barça. Cuando alguna vez le preguntaba si el argentino era lo mejor que había visto contestaba: “Kubala era muy bueno, Di Stéfano era muy bueno, Pelé era muy bueno, Cruyff era muy bueno, Maradona era muy bueno y Messi es muy bueno”. Quizás la obsesión por hacer listas históricas es más propia de nuestro tiempo y puede que sólo haya que sentarse a disfrutar de los muy buenos de cada época sin el complejo de Marie Kondo, sin querer ordenarlo todo.

Al fútbol le debo mi relación con mi abuelo, como para no considerarlo una de las cosas más importantes del mundo. Cuando España ganó el Mundial, lo primero que hice fue llamarlo por teléfono: “¡Yayo, que somos campeones! ¡Y pensábamos que no lo veríamos!”. Sólo recuerdo eso de mi celebración porque al final todo se difumina menos lo que te llega sin filtros al corazón.

Mi abuelo era cariñoso, trabajador y humilde, fue emigrante en Francia durante casi 20 años, no le gustaba discutir sobre fútbol ni política, y veía todos los deportes que televisaran. No le caía bien Florentino, no soportaba la chulería de Cristiano, detestaba los aspavientos Cholo y sonreía con las jugadas de Messi. Si hay un después, hoy estará contento.

Qué gran terapia son estas cartas, Emmanuel.

Un abrazo,

Juan Carlos.

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