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El Celta se mostró muy superior al Atleti. / Foto: Cordon Press

Rayo

El Celta inutiliza a un indefinido Atlético de Madrid

Los goles de Maxi Gómez y Aspas en la segunda mitad certificaron la superioridad celtiña

Después de un igualado e insulso periodo inicial, el Celta de Vigo se impuso al Atlético de Madrid en una segunda mitad en la que los vigueses mostraron virtudes de las que los rojiblancos, desconocidos y desorientados desde que superaron por fin al Real Madrid en una final europea, adolecieron: contundencia, control, paciencia, verticalidad y acierto. Apelativos que solían ser de los equipos de Simeone y que, en este inicio liguero, son recurrentes para definir a sus rivales.

Y es que la primera mitad fue más interesante por los planteamientos teóricos que por los hechos prácticos. No en vano, mientras Antonio Mohamed apostó por la continuidad tras la victoria celtiña ante el Levante, su amigo Simeone, después del dubitativo triunfo ante el Rayo Vallecano, presentó hasta cuatro novedades en la alineación titular: Giménez en el centro de la defensa (Savic se desplazó al lateral derecho), Thomas en una fortalecida medular y la vieja guarda, Filipe y Koke, Koke y Filipe, en la banda izquierda. En cualquier caso, ninguno de ellos mejoró a un Atleti tan timorato e indefinido como la semana pasada, a medio camino entre lo que fue y lo que quiere ser, en alguna parte intermedia entre la nada y la nadería, al menos momentáneamente. Sería, de hecho, demasiado atrevido hurgar más allá: tal vez la explicación a la extraña indecisión atlética sólo sea el periodo estival. Hay gente a la que le pasa.

Durante esos primeros cuarenta y cinco minutos, sin embargo, el Celta, a la espera de prender la mecha de la explosión, tampoco fue más allá del rigor táctico y de la rapidez al contragolpe que se le presupone (un par de disparos fuera de Aspas contrarrestaron la mejor ocasión, por decir algo, de la primera mitad, que fue, pese a todo, a favor del Atleti: Griezmann lanzó fuera desde la frontal tras una dejada de Diego Costa después de un regalo de Lobotka al propio ariete hispano-brasileño). Pero la mecha apenas se hizo esperar y prendió tras el tiempo de descanso: Filipe Luis cedió hacia atrás, Godín se resbaló, Maxi Gómez se internó en el área y su disparo cruzado en el mano a mano superó a Oblak (1-0 minuto 46). El infortunio del uruguayo lanzó a los locales, que sentenciaron el encuentro mientras Filipe Luis no encontraba rematadores a sus internadas por la izquierda, apenas seis minutos después del traspié de Godín: Aspas, totalmente solo dentro del área, cabeceó a la red un centro desde la frontal de Maxi Gómez. El tanto del pontevedrés, olvidado por Luis Enrique en su primera lista como seleccionador nacional, fue el primero que le marca en su trayectoria a un Atlético de Madrid que, a esas alturas del partido, no era más que un complicado puzle destrozado en mil pedazos.

No en vano, tras el primer gol vigués, los cuarenta y cinco minutos restantes (sí, en serio, Mateu Lahoz alargó siete minutos de descuento) se resumieron en tres apuntes. Primero, la incapacidad de reacción (Griezmann, ya en el minuto 97, tuvo la mayor aproximación rojiblanca de la segunda mitad) pese a los cambios de un Atleti que se quedó con diez jugadores en el minuto 70 tras la expulsión por doble amarilla de Savic. Segundo, la cercanía de los celtiñas para consumar una goleada que nunca terminó de llegar: el VAR anuló por fuera de juego el cabezazo inapelable de Cabral, Oblak apareció en el mano a mano con Hugo Mallo y Fran Beltrán disparó su lanzamiento fuera. Y tercero, la continuación de una duda atlética que, tras la euforia europea, empezó en Valencia, se amplificó ante el Rayo y volvió a aparecer en Vigo.

Tal vez sólo sea por culpa del verano y tenga receta. La del partido a partido, ya saben. O, también, la que hoy le enseñó el Celta: acierto, verticalidad, control, paciencia y contundencia. Los apelativos que ahora escapan del Atleti.

Periodista en retirada. Escritor de varias novelas que se negó a publicar y de una que sí publicó. Gris en un mundo en blanco y negro. Franquista de Battiato y marxista de Groucho. Adscrito a la religión de Billy Wilder. Ideólogo del Happysmo y creador de Los Jonastruebistas, pese a que nadie sepa muy bien lo que son. De Guadalajara a Madrid, aunque siempre volviendo al punto de partida. Se marchó a vivir a Estados Unidos porque estaba cansado de trasnochar para ver deporte y dormir poco, pero ahora las ojeras en la cara vuelven a ser su seña de identidad. Fantasea con formar parte de Los Nikis desde que era pequeño, si bien hasta el momento se conforma con utilizar como estado de whatsapp frases salidas de sus canciones. Le encanta decir "estribaciones de la sierra de Albarracín". Va al cine cada vez que reestrenan una película de Stanley Kubrick. Tiene un río favorito y un libro firmado por Jeffrey Eugenides. Prefiere tomar el aperitivo en la Sacrestia Farmacia Alcolica. Si te ve en la fila del autobús a las seis de la mañana es muy probable que te salude al llegar te conozca o no en persona

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