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Fútbol y política en Chile: el grito de Eugenio Mena

El futbolista apoya a quienes protestan, a quienes, cuentan, están cuestionando el país surgido tras la dictadura. Esas imágenes que recuerdan otros tiempos, otros nombres.

No es el metro¡¡¡, se leía en el primer mensaje. Y, debajo, las codas. Es salud. Es educación. Es pensiones. Es vivienda. Es el sueldo del Parlamentario. Es el aumento de la luz. Es el aumento de la bencina. Es el robo de las fuerzas armadas. Es el perdonazo al empresario. Es la dignidad de una sociedad ¡¡¡ Luego otra fotografía. De Salvador Allende. Con una frase suya. Ellos les harán creer que ustedes no tienen razón. Defiéndanse.

Eugenio Mena tiene 31 años y es futbolista. Nació en Viña del Mar y, a día de hoy, juega en el Racing de Avellaneda. Chileno que se gana la vida por Argentina. Lateral, más de medio centenar de internacionalidades, ligas en tres países diferentes, un par de Copas América con la Roja de Chile. Y manifestaciones, estos días. Mensajes en redes sociales, más bien, que es la forma de comunicarse de estos tiempos nuestros. Apoyando a quienes protestan, a quienes, cuentan, están cuestionando el país surgido tras la dictadura. Esas imágenes que recuerdan otros tiempos, otros nombres. La toma de posición que hace Mena es inhabitual, quizá, dentro de los deportistas de alto nivel. Pero en modo alguno inédita. En Chile lo saben, en Chile lo han vivido. Porque en sus tiempos más oscuros también hubo quien levantaba la voz.

Eugenio Mena, durante un partido con la selección de Chile contra México.

La asociación de ideas entre Dictadura Chilena y deporte es automática. Tiene una imagen, un sonido. Siniestro, aterrador. El campo de concentración más grande de toda América Latina, lo llamaron. El templo de tantas pasiones, antes y después. Estado Nacional de Santiago. Un símbolo.

Ocurre ya en los primeros días después del 11 de septiembre. Muchos, tantos, son detenidos en Chile. Y se los llevan a un penal. Uno particular, único. El sitio donde la selección jugaba sus partidos, nada menos. Allí permanecen encerrados por semanas. Duermen sobre suelo de cemento, sin más sábanas que sus propias ropas, cada vez más sucias. Las mujeres no, las mujeres tenían estancia propia, colchonetas llenas de bichos y polvo. Por el día sentarse en las gradas del estadio. Recordar, quizá, tiempos pasados. Por ahí está Víctor Jara, o Charles Horman. Y vigilar con el rabillo del ojo. El número, siempre menor. Las manos que tiemblan cuando aparece él. Nadie sabe su nombre, nadie sabe quién es. Solo llega por las mañanas, cabeza cubierta con una capucha, acompañado por guardias. Camina entre los retenidos, se detiene frente a uno, señala con su dedo. A ese se lo llevan, seguramente nadie lo vuelva a ver. Si regresa será alguien cambiado. Moretones, quemaduras, dientes que faltan, un espíritu en quiebra.

Para el 21 de noviembre de 1973 sacan a todos los presos de allá. Ese día hay partido. Nada menos que la clasificatoria para el Mundial de Alemania, que habrá de jugarse un año más tarde. Dejen esto limpio, que los muchachos de la FIFA vean lo hacendosos que somos. Así que mandan a los reos de ningún delito al desierto de Atacama, infierno de sol y sed. Que no nos jodan el partido. Solo que aquel día no hay rival alguno. La Unión Soviética se niega a viajar a Sudamérica. En una carta enviada al máximo organismo del fútbol se puede leer que “por consideraciones morales los deportistas soviéticos no pueden en este momento jugar en el Estadio de Santiago, salpicado con la sangre de los patriotas chilenos”. No importó. Stanley Rous, presidente de la FIFA, dio el visto bueno a aquella mascarada (total, ya había defendido la participación de la Sudáfrica del apertheid en competiciones internacionales, así que una barbaridad más no iba a molestarle). Asistieron a la farsa 17.000 espectadores. Chile metió un gol ante ningún oponente, con sus jugadores avanzando, trote cochinero, hasta lo que debía ser la portería de la URSS. Jolgorio, celebración, un puntito de vergüenza ajena. En los días siguientes, vaciadas las gradas, militares y policías volvieron a llenarlas de presos políticos…

“Pinochet respetaba a los futbolistas”, contaba años más tarde Leonardo Véliz. “Aunque hubiera jugadores de izquierda, él no nos tocaba. Al fútbol había que mantenerlo arriba”. Porque era el deporte del pueblo, porque era perfecto para aumentar popularidad y acallar protestas. Por eso Colo Colo o Universidad de Chile, los dos grandes del país, jugaban siempre el 11 de septiembre. Para que coincidiera ese partido con las manifestaciones de protesta y éstas quedasen olvidadas hasta por quienes podían simpatizarlas. El balompié como circo del pueblo, como nuevo opio. Los Carabineros intervinieron varios equipos, su antiguo director, Eduardo Gordon Cañas, llegó a ser Presidente de la Asociación Central de Fútbol. Todo estaba mediatizado por el poder.

Relean lo anterior. La Dictadura respetaba a los jugadores, porque eran ídolos populares. Aunque fuesen manifiestamente contrarios a Pinochet. Pero no pasaba lo mismo con los otros. Parientes, amigos, correligionarios. Esos sufrían. A veces el doble, por ellos y por la figura intocable. Ocurrió, por ejemplo, con Carlos Caszely. Tipo de ideas claras. Rudo, convencido. El primer jugador que vio una tarjeta roja en toda la historia de los Mundiales. Y uno de los más críticos con el golpe de estado. Tanto que se negó a dar la mano a Pinochet cuando el dictador recibió a la selección chilena en otoño de aquel año infausto. Días antes, el 17 de septiembre (vuelvan a leerlo…el 17 de septiembre de 1973) Caszely y Leonardo Vález habían desviado el autobús de la selección hasta la Penitenciaría de Santiago. Allí se encontraba Álvaro Reyes, el médico de su Colo Colo querido. Así los muchachos verán lo que es esto, así sabrán lo que hay…

Hubo consecuencias, claro. Caszely emigró de Chile, jugó en España, en el Levante, en el Espanyol. La madre, Olga Garrido, sufrió aquello que estaba reservado para el hijo. Secuestro, vejaciones, tortura. “Nunca conté todas”, dijo años después, “por respeto a mis hijos, a mi esposo, a mi familia”.

Peter Tormen, ciclista, también soportó en sus carnes el secuestro. Primera persona. Tras dos días fue liberado, la vista cubierta por una venda, en una céntrica calle de Santiago. Era 1974 y tenía solo 14 años. Cuando se quitó el trapo de los ojos contempló que estaba solo. Su hermano, Sergio Tormen, jamás aparecería. Será para siempre una presencia ausente, un fantasma del pasado.

Otros deportistas se manifestaron claramente durante el Plebiscito de 1988, ese en el que los chilenos habrían de votar sobre la permanencia o no de Augusto Pinochet como “presidente” de la República. Los hubo que hicieron campaña por el “No”, como Raimundo Tupper, o los citados arriba. Otros, más conservadores, no dudaron en apoyar al militar. Elías Figueroa, Patricio Cornejo, Manuel Balmaceda, Jaime Bretti, Jorge Socías. Futbolistas, corredores, atletas, tenistas. Finalmente un 56 % de los chilenos invitaron amablemente al general a marcharse a su casa. “Corrió solo y llegó segundo”, titulaba Fortín Mapocho tras saberse los resultados.

Eran otros tiempos. Hoy manifestarse políticamente supone casi una extrañeza para el deportista de élite. Ciudadanos acomodados que buscan huir de la confrontación de ideas y se escudan en el manido “deporte y política no se deben mezclar”. Por eso resulta tan llamativo lo de Eugenio Mena. Por eso muchos, cuentan, prefieren no olvidar a Caszely y los suyos.

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