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Alejandro Valverde, con el maillot arcoíris. Imagen de archivo de Cordon Press

Ciclismo

El ansiado Mundial de Valverde, un oasis en el Imperio británico

El murciano ha sido de los pocos corredores que ha podido asomar la cabeza durante una temporada donde los grandes protagonistas han entonado el Dios Salve a la Reina

Pocas dudas quedan ya a estas alturas de que el ciclismo actual viene dominado por los corredores británicos y por un equipo Sky, también de las mismas islas, que tras una década tiranizando el Tour lo dejará después de 2019. Durante esta última temporada, las tres Grandes Vueltas han sido ganadas por tres corredores que entonaron en el podio final el Dios Salve a la Reina; Chris Froome remontó en un Giro de infarto, Geraint Thomas capitaneó el Tour en todo momento y Simon Yates fue el más constante en la Vuelta.

Pero a su lado han surgido otras figuras que han asomado la cabeza y por encima de todas ellas ha brillado con una intensidad demoledora la del legendario y eterno Alejandro Valverde. El de Las Lumbreras, a sus 38 años, se ha regalado una de sus mejores temporadas justo unos meses después de recuperarse de aquella lesión de rodilla que cerca estuvo de retirarlo. Pasional y enamorado de su deporte, Valverde regresó como si no se hubiese ido nunca, ganando, ofreciendo toneladas de clase y rematando su carrera deportiva con el sueño de su vida, el maillot arcoíris. Casi habíamos perdido el derecho a soñar con ello.


Innsbruck, ciudad para la historia


En Innsbruck, en aquel durísimo circuito, la Selección española completó uno de sus mejores mundiales, dando siempre la cara, estando delante en cada movimiento y controlando la carrera para que Valverde pudiera rematar en los kilómetros finales. Como si de una novela romántica de final feliz se tratase, el murciano tomó el control en el repecho final, vio como el pelotón se desangraba uno a uno y tuvo la serenidad de los elegidos para ganar en el sprint a Romain Bardet, plata, Michael Woods, bronce, y Tom Dumoulin, que llegó más tarde y nunca tuvo opciones de pelear.

Durante el resto de la temporada todos comprobamos el poderío británico, centrado en dos focos fundamentales, el equipo Sky y los hermanos Yates. Dominaron las tres Grandes Vueltas con puño de hierro. Chris Froome fue renqueando durante casi todo el Giro, parecía estar lejos de su mejor estado de forma, todos se olvidaron de él durante buena parte de la carrera, pero en el momento de la verdad, con el temible Finèstre como testigo, el campeón de cuatro Tours ofreció un recital inolvidable destrozando el Giro, vistiéndose de rosa y dejando para el recuerdo cuatro horas de un ciclismo inolvidable. Fue el mejor momento deportivo de la temporada.


Geraint Thomas, rey de Francia


En el Tour de Francia, cuando todos miraban a un Froome que perseguía el sueño de entrar en el selecto club de los cinco, Sky trazó un plan diferente e hizo campeón al galés Geraint Thomas, que demostró ser el mejor, el más constante, el que más piernas tuvo y además contó con el beneplácito de un pelotón que nunca se fió de la estrategia británica. Al final se vivió el mismo Tour de siempre, Sky controló a su antojo y prácticamente nadie movió un músculo por inquietar su tiranía. Dumoulin y Roglic fueron los más valientes, al tiempo que el equipo Movistar, con sus tres líderes en competición (Quintana, Landa y Valverde) naufragaba a lo grande como tantas otras veces le ha pasado en la prueba reina del ciclismo mundial.

Ya en septiembre, en la Vuelta a España, llegó el momento de Simon Yates, que acarició el Giro de Italia y que encontró su redención por las carreteras nacionales. Se batió a lo grande con Alejandro Valverde y con el nuevo talento del ciclismo español, el jovencísimo Enric Mas, que se presentó a la élite de su deporte en España, mostrándose siempre valiente y ofensivo y recordando a la figura de Alberto Contador.

El resto de la temporada tuvo los protagonistas esperados; Vincenzo Nibali sorprendió en San Remo, aunque luego tuvo la mala suerte de sufrir una fuerte caída en el Tour que terminó ahogando su segunda parte de la campaña; Niki Terpstra se llevó Flandes ante el marcaje a un Peter Sagan que, una semana después, se exhibió para ganar su primera París Roubaix. En Lieja encontró la gloria Bob Jungels, que aprovechó la cantidad y calidad del Quick Step para llevarse la victoria en solitario y en el último Monumento de la temporada, en Lombardía, se llevó el triunfo un inconmensurable Thibaut Pinot, quien, tras olvidar lo de pelear en las generales, ha reconvertido su trayectoria y se está convirtiendo en un ciclista de leyenda.


Marc Soler, otra esperanza


Dentro de las carreras de segunda fila, Marc Soler se presentó al mundo ganando desde lejos y como si fuese Indurain la París Niza, mientras que Primoz Roglic fue otro de los nombres del año, ganando con autoridad en País Vasco y Romandía, tras un apasionante duelo ante el joven Egan Bernal, llamado a ser el próximo gran dominador del ciclismo de tres semanas.

También fue una gran temporada para el ciclismo femenino. Van Vleuten y Van der Breggen se repartieron la flor y la nata de las carreras, al tiempo que las españolas crecieron bajo el amparo que les da el nuevo equipo Movistar. Corredoras como Eider Merino y Mavi García, que siempre nos parecieron de segunda fila, dieron tres pasos adelante y mostraron que son capaces de mirar a los ojos a las mejores del mundo. Fue el segundo (o tercero o cuarto) oasis de un ciclismo español que sigue teniendo pilares en los que sustentar uno de los deportes que más gloria nos da.

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