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Cine

La vida a trescientos por hora

O sobre cómo el cine puede volvernos adictos a un deporte

De pronto, la banda sonora de una vida empieza a cambiar. Los pelotazos, los gritos, los cánticos, todo empieza a transformarse. El sonido que los reemplaza es más agudo, definitivamente más escandaloso pero también, aunque no le encuentre explicación, bastante arrullador. Mientras la mirada de Frank Williams se pierde en el pasado, acompañada por la estridencia aguda de los motores, también, de alguna forma, se pierde la mía, hipnotizado como un niño por una historia que recién descubro, una puerta que conduce a un camino infinito y desconocido. Aterrador e ilusionante.

Hasta hace algunos días, sabía de Formula 1 lo que sabe casi cualquier persona de mi generación que se precie de amar los deportes: que Ayrton Senna murió demasiado temprano, que Schumacher rompió los esquemas, que Ferrari era algo así como el Real Madrid del automovilismo, que Hamilton era todo un campeón y siempre estaba bien rodeado y que Mónaco era la capital mundial del glamour y la velocidad. La enumeración no parece tan raquítica, pero seguro que lo es, porque lo que sabía era nada.

Hoy solo sé un poco más, y se lo debo a un par de amigos y a Netflix. Insistían mis amigos –dado que me dedico básicamente a esto- en que tenía que abrir mi mente a otros deportes, que el fútbol y el baloncesto estaban bien pero había otro mundo por descubrir. Yo rechazaba sus sugerencias argumentando que no tenía tiempo, que entre la Premier League, la Serie A y la NBA no sobra nada para vivir de manera decente, asistir a algunas reuniones familiares y no descuidar a la esposa y los amigos. Pero en el fondo –o no tan en el fondo, realmente- sabía que terminaría cayendo.

Mi acercamiento a la Fórmula 1 es reciente y probablemente no haya sido el más ortodoxo. Estos amigos, a quienes ahora culpo parcialmente por haber disparado otra adicción, entendieron que la mejor manera de engancharme era a través de una narración. Lo que ellos me contaran y los resúmenes que podría ver en YouTube no era suficiente: tenía que ir más allá. Tenía que entrar al mundo del automovilismo gracias a una historia –o varias- para entender realmente su magnitud.

Y todo empezó con Senna, el documental dirigido por Asif Kapadia, que, por lo menos en América Latina, puede verse por Netflix. Ahí empecé a entender un poco más de qué iba este maravilloso deporte, cuál fue la influencia del brasileño en la Fórmula 1, cómo se construían idolatrías alrededor de estos superhombres que conducían máquinas futuristas. Después de Senna, seguí al pie de la letra las instrucciones de mis amigos y vi Life On The Limit, un documental –disponible íntegro y subtitulado en YouTube- que trata de contar, en poco menos de dos horas, la evolución de la disciplina desde sus inicios. Descubrí que habían muerto muchos más pilotos de los que pensaba, que sus esposas sufrían como si sus maridos hubieran ido a la guerra y que, felizmente, eso ha cambiado para bien.

Luego volví al presente a través de la serie documental de Netflix Drive To Survive, que sigue a los pilotos de las diez escuderías que participaron en la temporada 2018. Fue gracias a ese serie que terminé de engancharme por completo. Entendí cómo funcionaban las mentes de los superhombres, siempre entre la arrogancia y la elegancia, y cómo el espíritu competitivo podía llevarlos hasta la locura. Entendí que los autos de hoy llegan a picos de velocidad ridículos pero, aún así, es casi imposible que un piloto muera en una carrera. Aprendí que la temporada que ya empezó tiene el menor promedio de edad de pilotos desde 1950, y que, entre los más jóvenes, hay un par de chicos que probablemente entrarán en la historia grande del deporte: Max Verstappen, Charles Leclerc y Lando Norris, entre otros.

No cuento esto en vano ni tengo ningún afán autobiográfico porque mi vida es tan aburrida como la de cualquiera. Lo cuento porque creo que Internet, las páginas de streaming y la casi infinita capacidad de producción de contenidos audiovisuales de calidad pueden cambiar la manera en que nos acercamos a los deportes, además de muchos otros oficios y fenómenos sociales. Cuando no hay tiempo para ver las carreras desde que se concibió el deporte o para leer un libro de historia, estos documentales y series tan accesibles son una herramienta invaluable para engancharnos con alguna disciplina.

Después de los títulos que describí, recomiendo ver Williams (también en Netflix), un documental sobre la increíble vida de Frank Williams, el fundador de una de las escuderías más queridas de la Fórmula 1, para entender, también, que este no es un deporte sólo de ricos y famosos. Hay una infinidad de películas, series, documentales, cortos, resúmenes y vídeos explicativos para entrar en el mundo de la Fórmula 1, y reemplazar los gritos de gol por los sonidos de motores que van a más de 350km/h.

La capacidad de narrar historias que conmuevan y afecten la vida de las personas es quizás la virtud más sagrada de un cineasta, un escritor o un periodista, y los creadores de estos productos audiovisuales cambiaron un poco la mía. Ahora soy víctima de una nueva adicción: mi navegador de Internet tiene muchas más pestañas abiertas, tengo más temas sobre los que escribir y enseñar en la universidad, y, sobre todo, soy un poco más feliz esos dos domingos al mes en los que, como Frank Williams, puedo cerrar los ojos y disfrutar del estruendo, transportarme, vivir al límite por un par de horas.

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

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