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La soga (1948), Alfred Hitchcock
Alfred Hitchcock, dentro del arcón, durante el rodaje de 'La soga' (1948).

Cine

Películas teatrales, cine inteligente

Hitchcock fue de los primeros en iniciar el camino de este fenómeno que casi se puede elevar a la categoría de género cinematográfico. ‘La soga’ cumple 70 años.

Hay una estrategia narrativa superior a otras que está infravalorada. El cine teatral es el más inteligente, aunque esta no es más que una de tantas teorías ambiciosas. Son películas en las que la sintaxis del cine y el teatro confluyen. Uno nació antes que el otro, pero los dos mantienen una relación estrecha, como la que suelen disfrutar padre e hijo. Tanto es así que, al principio, el cine, antes de que se independizara por completo, no era otra cosa que teatro filmado. El paso del tiempo, junto con la evolución de la técnica, la tecnología y los cambios en la narrativa, ha hecho que las películas ya no sean funciones filmadas, pero, de vez en cuando, se ven algunas que evocan la representación de una obra encima de un escenario.

Alfred Hitchcock, por quién era y lo que supone para la historia del cine, fue de los primeros en iniciar el camino de este fenómeno que continúa su viaje y que casi se puede elevar a la categoría de género cinematográfico. Hitchcock, en La soga (1948), de la que se cumplen 70 años de su estreno, planteó lo que para él era el crimen perfecto, un juego macabro con el que, al final, redescubrió y trajo para el cine una vieja fórmula infalible. Años más tarde, a esta idea se unieron otros preciados directores como Sidney Lumet, con Doce hombres sin piedad (1957), Luis Buñuel, con El ángel exterminador (1962), o Joseph L. Mankiewwicz, con La huella (1972). El método, la regla de las tres unidades aristotélicas, de sobra conocido por el teatro clásico, consiste en aunar el tiempo y la acción, que transcurren de forma lineal, en un mismo espacio.

Naturalmente, Hitchcock sabía lo que era el suspense, una receta habitual en este tipo de cine. Tan solo le hacía falta encerrar un cadáver en el arcón que sirve de mesa para la cena de una fiesta. Aquellos galanes y aquellas damas están en peligro de extinción —si es que todavía viven—, pero, por suerte, las películas teatrales no. De tantas que hay, cada uno podría hacer una lista diferente, aunque La soga estaría en todas ellas. Puede que las películas de ahora no ostenten tanta elegancia como esta, porque los tiempos han cambiado, o porque quizás lo hayamos hecho nosotros.

El cine teatral tiene que ver con un escenario único, habitualmente cerrado, siendo principalmente la interpretación de los actores y los diálogos los elementos que captan nuestra atención. Los actores, por mucho que vayan vestidos, se muestran completamente desnudos, y no es necesario que miren fijamente a la cámara, ni que desafíen o apelen al público como cuando están sobre un escenario. Es como escuchar a un músico cantar a capela, solo ante el peligro, pudiendo desafinar, sin que ningún instrumento capaz de camuflar un error lo acompañe.

El método (2005)

‘El método’ (2005).

Lo mismo sucede con el guion, el capitán de cualquier proyecto, la joya. A veces, rubí y otras, papel plata. Aquí, adquiere mayor consideración si cabe. Con uno bien elaborado, confeccionado y estructurado, el propósito de lograr hacer una buena película está más cerca. Luego influyen otros factores, pero si el guion ya es malo, el resultado es irreversible, mala será también la película. No todos son reseñables en las películas teatrales, por supuesto. El método (2005) y Exam (2009) están relacionadas, precisamente, con la obra de teatro El método Grönholm, de Jordi Galceran, pero la adaptación de la segunda, a diferencia de la primera, no es igual de satisfactoria, el texto no funciona —los intérpretes tampoco demasiado—. En la dirigida por Marcelo Piñeyro, siete aspirantes a un puesto de trabajo se enfrentan a una aguda y desleal prueba de acceso. En la británica, la elección del candidato definitivo se convierte en un juego oscuro de supervivencia, solo puede quedar uno, literalmente. Una propuesta similar a la de La habitación de Fermat (2007), donde cuatro matemáticos que no se conocen absolutamente de nada son invitados por un misterioso anfitrión. Ellos también tienen que resolver una serie de acertijos para salir vivos de la habitación en la que se encuentran.

Perfectos desconocidos (2017)

‘Perfectos desconocidos’ (2017).

La importancia del guion, con sus giros y sorpresas, es todavía mayor en las cintas teatrales porque la relevancia de la realización no es tanta. Existe un claro predominio de los planos secuencia, similar a la mirada del espectador en un teatro. El movimiento de los actores es suficiente frente al montaje dinámico, aunque hay honrosas excepciones. Álex de la Iglesia lo hace continuamente en su versión de Perfectos desconocidos (2017), con consecutivos cambios de cámara, muy vertiginosos. El resultado es una película ágil y divertida, llena de situaciones tragicómicas y surrealistas. A través de cuatro parejas, aparentemente felices, sentadas alrededor de una mesa, dispara de manera intachable contra la sociedad actual.

The Party (2017)

‘The Party’ (2017).

El ritmo aquí tiene que ver con la discusión que establecen unos y otros, y el buen pulso narrativo del director. Casualidad o no, para que una película teatral salga adelante debe de cumplir con ese requisito, tiende a haber un asunto a debate de índole familiar, amistoso o laboral. En The Party (2017), expuesta en un cuidado blanco y negro, el tema recurrente es la lucha por el amor en una sociedad infeliz. Varios amigos celebran el nombramiento como ministra de uno de ellos, pero su marido es incapaz de compartir la alegría de su esposa.

Un dios salvaje (2011)

‘Un dios salvaje’ (2011).

Una broma desafortunada que se va de madre puede acabar con cualquier relación. Ese es el motor de El nombre (2012). Vicent les confiesa a su hermana y a su cuñado, además de a un viejo amigo, el nombre que, presuntamente, va a llevar su primer hijo. Nada más y nada menos que Adolf. La polémica prosigue en Un dios salvaje (2011), adaptación de Roman Polanski de la obra teatral homónima escrita por Yasmina Reza. Los protagonistas son dos matrimonios, compuestos por los incontestables Kate Winslet, Christoph Waltz, Jodie Foster y John Reilly, que se citan para hablar, en principio, de forma civilizada, de la pelea que han tenido sus hijos en el parque.

Denzel Washington lleva al cine y protagoniza Fences (2016), una obra que ya había interpretado en Broadway. El oscarizado actor encarna a un padre afroamericano que, en los años 50, lucha contra los prejuicios raciales y, al mismo tiempo, contra sus ilusiones, plasmadas ahora en las ambiciones de su hijo, que quiere ser jugador profesional de béisbol. La pelea verbal entre ambos resquebraja la unidad familiar.

 

Fences (2016)

‘Fences’ (2016).

7 años (2016), original de Netflix, hará el camino inverso: próximamente, se estrena en Teatros del Canal. Aquí, cuatro socios fundadores de una empresa se encierran a cal y canto en las oficinas de la sociedad. Hacienda descubre desviaciones de dinero a paraísos fiscales. Con la ayuda de un mediador, pretenden que la culpa, y, en consecuencia, la pena de cárcel, se la lleve solo uno.

Por tanto, al contrario de lo que se suele pensar, en el cine teatral suceden muchas cosas. Desde luego, es mucho más que dos personas o un grupo de personajes hablando sin parar. Las películas que conforman la trilogía del Antes bien podrían ser calificadas de teatrales, o ser representadas en dicho lugar, a pesar de que abarcan y recorren ciudades inmensas en vez de situarse en lugares más reducidos —Viena, París y, por último, una de la península del Peloponeso—. Richard Linklater, de la mano de Julie Deply y Ethan Hawke, destapa, a partir del arte de la conversación, que la vida es el auténtico viaje y que para que valga la pena no es necesario ningún decorado de excepción, eso no es más que un contexto. Aunque tampoco tiene por qué significar simplicidad escénica.

El catálogo se alarga, es infinito. El propósito no es definir cuáles son las mejores películas teatrales, sino explicar por qué dicha fórmula, bien ejecutada, es sutil, ocurrente, ingeniosa e inteligente, en definitiva. Normalmente, cuestionan nuestra ética y reflexionan sobre temas sociales trascendentales, y lo hacen por el camino más sencillo —o eso parece—. Quizá sea porque, como en su día sentenció Arthur Miller, el teatro es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma. No es tanto lo que vemos en ellas, que también, sino lo que nos hacen ver, que es mucho mejor.

Periodista vigués. No trabaja en el Daily Planet, ha estado en el decano de la prensa nacional y ahora va A la Contra, buscando siempre la mejor opción. Colabora con Radio Marca. Su debilidad no es la kryptonita, sino la Cultura y el Deporte, pero en el buen sentido. No vive en Smallville. Su nombre no es Clark Kent, tampoco es Superman, solo es periodista.

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