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Premier

Todo bajo control

Esta versión del Manchester City pareció más madura que la de la temporada 17/18, en la que batió todos los récords.

La euforia no pareció tan desmedida como la del año pasado. Lo más probable es que nada iguale nunca la emoción de una primera vez, pero no creo que ese haya sido el caso de los jugadores del Manchester City. Por supuesto que sabían que estaban haciendo historia, que volvieron a hacer una temporada perfecta, inigualable, inesperada. Pero algo había cambiado.

El camino de Guardiola y sus pupilos sigue en ascenso y nos preocupa genuinamente hasta dónde puede llegar. El equipo ha cambiado, por más que Pep insistía hace un par de años, cuando el equipo no ganó nada, en que su estilo de juego no cambiaría, y lo ha hecho para bien. El City ha aprendido a tomarse un respiro, a esperar con paciencia y, sobre todo, a controlar el juego. Casi siempre, lo que suceda en el partido depende exclusivamente de lo que haga el equipo de Guardiola.

La temporada pasada, en que batieron todos los récords, los jugadores parecían dispuestos a comerse al rival: presionaban más, corrían más rápido, pateaban más al arco, no descansaban. El equipo de Guardiola tenía cosas de los de Klopp en el sentido de que la suya parecía más una banda de rock que una orquesta sinfónica. Este año, como si hubieran sofisticado sus gustos o aprendido a leer partituras más complicadas, los futbolistas del City son menos estruendosos y más armónicos. Suben los decibeles cuando es estrictamente necesario, pero el resto del espectáculo lo realizan casi en silencio, hipnotizando.

Este City ha marcado menos goles que el año pasado en buena medida porque así lo ha decidido. En la mayoría de partidos de la segunda parte de la Premier, el equipo de Manchester marcó en los primeros quince minutos y se dedicó a controlar el partido. A defenderse con el balón, a desesperar al rival y a no perder nunca la calma. Por lo mismo, muchos de los encuentros del City fueron más bien aburridos, monólogos que se repetían una semana tras otra y cuyos finales se anunciaban desde el principio. Ver al City era sentarse a ver el capítulo de una serie sabiendo cómo había acabado, e imaginando claramente cómo terminaría la temporada.

Si bien Guardiola ha aportado muchísimo en el fútbol a nivel estético, este Manchester City ha conseguido ser bello sin ser demasiado emocionante. Es fácil querer a este equipo, aunque no sé qué tan fácil sea enamorarse de él. Del otro lado está el Liverpool de Klopp, una banda de locos apasionados que van siempre al frente, con el cuchillo entre los dientes y los ojos desorbitados. Ese equipo sí que nos garantiza emoción y pasión, sí que nos invita a enamorarnos.

Pero la pulcritud del City ha sido demasiado incluso para el heavy metal de Klopp. En cualquier otra liga, como bien dijo el alemán, su Liverpool con 97 puntos se hubiera coronado campeón hace varias fechas, pero tuvo la mala suerte de cruzarse con este equipo de época que ha armado Guardiola. Un equipo que ha crecido y que parece no tener un techo a la vista. Más allá de que la Champions sigue siendo esquiva, parece ser solo cuestión de tiempo, porque si algo ha demostrado Pep es que el City será mejor el año que viene.

Sus mejores jugadores esta temporada –Raheem Sterling y Bernardo Silva- han dado un inmenso salto de calidad y se han consolidado como líderes dentro del campo, a falta de que Kevin De Bruyne se recupere de las lesiones que lo aquejaron este curso. Ambos tienen 24 años y sólo seguirán mejorando. del gremio de jugadores ingleses. Para un chico que hace tres años parecía estar tomando todas las decisiones equivocadas, lo de Raheem es un ejemplo. Y tiene mucho camino por delante.

El City ha demostrado una madurez impactante, algo que deberá aprovechar el próximo año para levantar la Champions y callar, de una vez, esas voces que piden oro a toda costa, que se comparan con los demás por los quilates de sus tesoros, y que piensan que el fin siempre justifica los medios. En frente seguirá estando Klopp, un enemigo entrañable, lo que garantiza otra edición fabulosa de la Premier League, el mejor campeonato del mundo. 

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

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